Vivencias de una anciana

Capítulo XIX

Mi primera impresión fue la sensación fresca y casi corrugada del pasto, bajo mis pies descalzos.

La brisa soplaba tranquilamente, bajo un cielo completamente despejado y brillante; sin embargo, los rayos del sol no parecían llegar hasta mí. Quizá como si algo se los impidiera así que el calor que parecía ahondar no me llegaba. Comencé a caminar sin un rumbo fijo, tratando de averiguar en dónde estaba exactamente.

Aquello parecía una pradera digna de admirar, pero no tenía tiempo, en realidad tenía mis sentidos alerta y me sentía particularmente observada sin razón aparente. De pronto, logré ver una pequeña casa a lo lejos, así que me quise acercar a ver, entonces noté que cuanto más intentaba llegar, la casa me parecía aún más lejana. Hasta que me tropecé con algo que ni siquiera podía discernir y caí de bruces hacía el pasto recién podado.

Al verlo de cerca, me pareció completamente falso, incluso cada gota de rocío parecía estar colocada con precisión sin casualidad alguna. Casi como si se tratara de una intervención humana que quería tratar de ser natural.

“Daría”.— resonó una voz baja por todo el lugar y levanté mi rostro hacía al frente.

“¿Quién es?”— gire alrededor, pero no vi nada y nadie contestó.

Me levanté algo asustada y noté que el color del cielo había cambiado puesto que ahora era de tonos violáceos y naranjas. No obstante, de pronto todo a mi alrededor cambió en un repentino instante en el que desapareció de aquel lugar.

Ahora como siempre estaba sentada en la entrada a mi casa, sobre aquella vieja silla mecedora y cubierta con un “chal” por el viento fresco. No estaba haciendo algo en particular más allá de mirar a mi alrededor con tranquilidad.

Sentía una paz infinita al estar ahí solamente observando. Noté que el cielo también tenía aquellos tonos anaranjados del bello atardecer y aquello me tranquilizó por completo. Al menos hasta que nuevamente aquella profunda voz se hizo presente una vez más.

“Daría”.— nuevamente aquella voz captó mi atención, pero curiosamente ya no sentí miedo en lo absoluto— “Todo va a estar bien, Daría. Ahora todo va a mejorar”.

Una extraña sensación de calidez me inundó el pecho, porque algo en el fondo de mi ser necesitaba aquellas palabras para tranquilizarme y logró su objetivo.

[30 de diciembre]

Abrí los ojos y noté que estaba rodeada de mis amenos visitantes, la familia Herson. Entonces recordé que yo estaba previamente contándoles algo, pero me había quedado dormida sin siquiera haberme dado cuenta de ello. Definitivamente la edad y sobre todo la vejez estaba haciendo cada vez más acto de presencia.

-Lamento volver a quedarme dormida— me disculpe con una pequeña sonrisa tímida.

-No se preocupe, señora Daría es comprensible que esté cansada— respondió la señora Lara restando importancia—. ¿Durmió bien en estos cuarenta y cinco minutos?

-En realidad…— me quedé un poco pensativa tratando de traer a mi memoria aquellos fragmentos dispersos que recordaba— creo que sí, solamente recuerdo haber sentido una tranquilidad infinita mientras dormía.

-Eso debe de ser una buena señal— sonrió el señor Felipe, quien acomodaba el bolso de su esposa para que no le molestara—. ¿Desayuno bien?

-No recuerdo con exactitud qué desayuné, pero seguramente no se parecía en nada a mis chilaquiles rojos que solía desayunar— me quejé al recordar lo que extrañaba preparar mis propios alimentos.

Los vi sonreír ante lo que dije y les sonreí de vuelta, en verdad disfrutaba de sus visitas, quizás era lo mejor que me pasaría antes de…

-¿Cómo continúa su historia?— Irene irrumpió ansiosa mis pensamientos y no pude evitar volver a sonreír por la ternura que me causaba.

[Cincuenta años antes]

-¿Por qué, Daría?— sus ojos acuosos me comenzaban a conmover.

-Pablo… creo que deberías intentarlo con alguien más yo, no soy la indicada par-...

-¿Te gusto?— me miró tan fijamente y tan decidido que me asustó un poco.

-Sí— sentí que aquella mirada avellanada me podría pedir cualquier cosa en ese momento y yo se lo concedería—, pero ya estoy muy vieja para estos “trotes”.

-No existe una edad para dejar de tener un noviazgo y ambos somos libres… no dejes que la sociedad te diga que a finales de tus treinta eres mayor para el amor.

-¿Por qué quieres esto?— frunce el ceño confundido por mi pregunta—. Quiero decir, me gustas demasiado, pero tengo más experiencia que tú, ¿no te molesta mi falta de pureza? Tú solo has tenido amores platónicos y nada más.

-Me gusta tú experiencia y… me gusta la idea de que tú me guíes en esto, además piensa en lo que tú, Daría quieres, ¿podemos ser novios?— odiaba y amaba tanto lo expresivo que era con la mirada; como un libro abierto. Oí alguna vez que los ojos son el reflejo del alma y Pablo Blanch siempre me dejaba ver su alma con total claridad y eso me abrumaba a veces.

-Tengo miedo de… equivocarme de nuevo.



#7259 en Novela romántica

En el texto hay: romace, familia, drama

Editado: 19.07.2026

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