Aquella noche no podía conciliar el sueño del todo, me dormite durante mucho tiempo y por ello escuché a alguien entrar al baño, pero un extraño instinto me hizo pararme y dirigirme hacía ese lugar de la casa. La luz del baño seguía prendida y toqué un par de veces, sin embargo, nadie me respondió del otro lado y me agaché cuando vi un pequeño objeto carmín frente a aquella puerta. Lo peor fue ver que se trataba de una cápsula y pude oír mi corazón martillear y el pánico allanar mi cuerpo por completo, la puerta tenía seguro así que de alguna manera empuje y forcejeó la puerta hasta romperla despertando a Victoria.
Entré y me encontré el cuerpo inerte en el piso y sentí que se me heló la sangre, corrí hasta donde estaba y tomé la cabeza de Sergio cuando Victoria se asomó y quedó petrificada al vernos en el baño. Hicimos contacto visual por un instante y le dije con voz tosca que llamara a emergencias y la vi desaparecer en cuestión de segundos.
-¿Por qué, Sergio?— balbuceaba con su cuerpo inconsciente—, ¿por qué lo hiciste?
Cuando los paramédicos llegaron ya era demasiado tarde; Sergio oficialmente se había suicidado con todas las pastillas y medicamentos que encontró en la casa. Su padre me denunció por ineptitud y pasé una par de noches en prisión aunque Pablo logró librarme, ni siquiera se me permitió ver a Victoria para despedirme de ella. De alguna manera, ese tipo consiguió que ahora me consideran un peligro para ellos, en lugar de a él.
-Lo siento mucho, mi cielo— dijo Pablo mientras me abrazaba y yo lloraba desconsolada en sus brazos por todo lo sucedido.
-He perdido a mis pequeños, Pablo, perdimos a nuestros niños— sentía una rabia crecer en mí, estaba tan molesta que mi fé tembló varias semanas en las que no fui a la iglesia en ningún momento. Sentía que Dios me había abandonado en ese momento.
[Una noche]
Por primera vez no tenía idea de en dónde estaba, normalmente soñaba con paisajes sacados de alguna pintura o lugares en donde había estado antes; no obstante, en esta ocasión estaba en una habitación de paredes claras y un sofá crema que no lograba identificar. Observé el tragaluz frente a mí y el asiento vacío donde solo había una taza de té humeante.
“Daría”.— una voz grave resonó en todo el espacio.
“¿Quién eres?”— pregunté confundida.
“Tú lo sabes, Daría”.— me respondió sin más.
Antes de que pudiese preguntar algo más, una brillante luz apareció frente a mí, justo en el sofá que estaba al frente y poco a poco pude vislumbrar a la figura que apareció. Era mi pequeño Sergio, quien me sonreía con tranquilidad.
“Tía Daría, ¿aún estás molesta conmigo?”— me preguntó con calma.
“No, corazón, no estoy molesta contigo”.— le respondí automáticamente.
“Estoy muy bien aquí, no deberías estar molesta como Dios… yo le pedí que me trajera con mamá”.— su sonrisa decayó y tomó mis manos, para mi sorpresa su toque fue cálido—. “Aunque también te extraño a ti, a Victoria y al tío Pablo”.
“Nosotros también a ti, corazón”.— sentí cálidas lágrimas rodar por mis mejillas.
“Por favor, no estés molesta conmigo. Porque siempre te estaré agradecido por tu cariño, tía Daría”.— con su mano limpió mis lágrimas y sonrió cálidamente—. “Recuerda que de alguna manera nos veremos después. Vive feliz, tía Daría; lo mereces”.
Aquella luz volvió y desapareció Sergio con ella, por lo que nuevamente estaba sola en aquella habitación, pero ahora me sentía mucho más tranquila que antes. Sergio de alguna manera se despidió de mí y eso fue lo único que necesitaba y parecía que Dios lo supo y permitió que Sergio me hablara en sueños. Aquel día volví a ir a la iglesia de nuevo, además de agradecerle a Dios por permitirme hablar con mi niño una última ocasión.
[Tres años después]
-Dios mío, es ridículo que esté tan nerviosa por esto— me movía dentro de la habitación de un lado a otro—, ¿tiene sentido para ti, Alicia?
Ella me miró comprensiva y sonrió antes el manojo de nervios que me había vuelto aquel día. Tenía el vestido color hueso a medio poner con la espalda descubierta al no cerrar aún el cierre; se supone que era un evento pequeño y con apenas poco más de treinta invitados, pero recordar que soy la anfitriona y centro de atención me abrumada.
-¿No lo crees?— la escuché reír por lo bajo—. ¡Por Dios, Alicia! Ya tengo casi cuarenta y dos años y es la segunda vez que estoy en este tipo de evento y aún así soy un manojo de nervios.
-Según sé es la primera vez que vas completamente enamorada al altar— hizo una pausa para acomodar el tocado que venía con un pequeño velo de red—. La primera vez dijiste que fuiste un poco más… pragmática. Ahora no vas a entregar el corazón en el altar, porque eso ya lo hiciste hace tiempo al igual que Pablo.
-¿Crees que se arrepienta?— las ideas ansiosas llegaban una tras otra—, ¿o que ni siquiera se aparezca?
-¡Por Dios, Daría!— estaba apunto de estallar en carcajadas—. Es más probable que seas tú la que haya, ese hombre cayó rendido desde el primer día en que te vio.