Vivencias de una anciana

Capítulo XXI

-🎼🎼🎼-

Hemos jurado anarnos hasta la muerte

Y si los muertos aman

Después de muertos, amarnos más

-🎼🎼🎼-

[31 de diciembre]

La brisa de la mañana se sentía agradable en mis mejillas, a pesar de lo nostálgica que estaba en ese momento. Después de mucho rogarle a Valeria me permitió salir al jardín junto a la enfermera que estaba detrás de mí. Aquel lugar no olía a medicamento o cloro a diferencia de la camilla en que me quedaba y eso me hizo sentir medianamente más viva aunque el dolor estaba acabando conmigo.

-Es un invierno más frío de lo normal— señalé al ver y sentir el clima.

-Recibiremos el año muy cerca de los cero grados centígrados— respondió la enfermera.

-Lo siento igual de frío que cuando mi marido se fue— me quedé observando hacía un punto fijo donde percibí su silueta, viéndome de vuelta desde lejos—; este clima me pone más nostálgica.

-Creo que nos sucede a todos— me responde con una vaga sonrisa empática.

-Los años pasan tan rápido y nosotros vivimos a veces de recuerdos que jamás volveran— suelto un pequeño suspiro viendo a la nada—. Es momento de soltar, ¿no crees?

-Probablemente— acorta sin saber qué más decir.

-Admito que me ha sido muy difícil, mi esposo siempre fue un excelente compañero que hizo frente a los comentarios de los demás a diferencia de mí— recordaba aún aquellas miradas de soslayo—. Me enseñó “a dar al mal clima buena cara”.

-¿Qué le solían decir?

-Bueno, ya sabes… que éramos muy grandes para parecer tan enamorados y que era inaudito que no tuviéramos hijos nunca por mi culpa— se formó un mohín en mi boca—. Aún así él siempre me amó y procuró como la primera vez.

Mi mente trajo aquellos recuerdos cuando lo veía en aquella camilla toser sin cesar debido al Epoc. A pesar de todo lo que le costaba me decía cuánto me amaba con sus últimos alientos o me miraba muy enamorado según lo que me había asegurado Alicia; cuando yo aparecía frente a él era como si el mundo se le iluminara, por ello es que con Pablo jamás sentí miedo y le devolvía aquella mirada porque para mí el verlo era como si hubiese salido el sol.

-Incluso hasta el final— murmuré mientras el viento hacía bailar a las hojas frente a nosotras.

-Debemos entrar porque cada vez hace más frío, además seguramente los Herson están por llegar— dicho esto me ayudó a ingresar a mi cuarto de hospital nuevamente.

Una vez que regresamos me di cuenta que ellos ya estaban ahí esperando por mí antes de irse a su viaje familiar. No los hice esperar más y cerré con la última anécdota que más anhelaba compartir con ellos porque en el fondo aún vive aquella alma joven enamorada de Pablo.

[Algunos años atrás]

Tuve varias citas con mi amado esposo, pero una que me marcaría para siempre fue cuando pasamos por una malteada debido al calor que aconteció aquel verano en nuestro primer lustro como esposos. Estamos sentados en una mesa y él pidió una malteada de fresa y yo una vainilla, ambos con una cereza como decoración. Nos mirábamos fijamente con una sonrisa boba mientras los cuchicheos y el mundo giraba a nuestro alrededor.

En el lugar había una rocola en la que varios comensales ponían tranquilamente la música que quisieran, fue entonces que comencé a tararear una de las que había seleccionado un joven que le dedicaba con una sonrisa a su pareja. Verlos así me dió una extraña alegría mientras tarareaba y entonces Pablo se dió cuenta de ello.

-¿Te gusta esa canción?— me trajo a la realidad y simplemente asentí en respuesta—. En ese caso, espero que algún día jures eso…— me quedé muda con lo que dijo— ¿qué?— sonrió divertido, pero yo no encontré la diversión.

-Deja de decir estupideces, sé que no somos tan jóvenes, pero no piensen aún en eso— lo regañé y torcí los labios con molestia.

-¿No es como jurara amor eterno?— Pablo aún conservaba aquella sonrisa divertida.

-No se juega con la muerte, Pablo— mi cólera no disminuye en lo más mínimo.

-Uy, Pablo— señaló su nombre como si estuviera maldito—. Lo siento, mi cielo. No diré cosas que te molesten, pero no me vuelvas a decir así.

-Así te llamas— enarqué una ceja con burla, aunque sabía a lo que se refería.

-Para ti soy corazón, amor o cualquier otro apodo cariñoso… Pablo es demasiado seco— me da una mirada cuál cachorro arrepentido.

-No me hagas enojar de nuevo… Pablo— volvió aquella mirada lastimera y sentí mi determinación derrumbarse— corazón…

-Como digas, mi cielo— me sonrió y casi pude admirar como meneaba feliz su cola canina.

Lo cierto fue que… “Nuestro juramento”, se volvió una realidad en su lecho de muerto porque le lloré hasta drenarme por completo, sobre todo cuando leí una de sus últimas cartas escritas para mí que me regaló junto a una pequeña rosa. Observé la pulcritud de su ortografía y caligrafía como digno licenciado que era.



#7259 en Novela romántica

En el texto hay: romace, familia, drama

Editado: 19.07.2026

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