Vivencias de una anciana

Capítulo XXII

[2 de diciembre]

No hubo nada interesante que ocurriera más allá de mi rutina en el primero de diciembre, además de que mi enfermera logró tomarse el día libre. Quizás lo único que difería de la normatividad cotidiana fue que por más que lo imploraba no conseguía volver a soñar con mi esposo desde hacía dos noches, lo que no parecía mucho, pero últimamente acapara mis noches de alguna manera. O al menos así era.

-Señora Daría, ¿cómo se siente?— entró por segunda vez la doctora a verme.

-Ya sabes… sin demasiados ánimos ahora que carezco de visitas— respondí con honestidad.

-En realidad, venía a decirle que tiene visita— automáticamente fruncí el ceño confundida—. La haré pasar. Con permiso— dicho esto, salió con una sonrisa en el rostro y sin darme mayor explicación.

Me quedé confundida y procesando lo que acababa de decir, ¿acaso los Herson regresaron más rápido de lo previsto? Pues hasta donde yo sabía eran las únicas visitas posibles para mí. No obstante, al ver una única figura pasar me quedé completamente sorprendida, mientras me dedicó una cálida sonrisa al verme. Yo conocía aquel rostro.

-María…— murmuré con absoluta sorpresa recibiendo una pequeña risa de su parte.

-Bueno siempre me habías dicho lo mucho que me parezco a mi madre— sentí que mis manos temblaron sobre mi regazo—. Hola, tía Daría.

-Victoria…— exclamé entre sorpresa y alegría, mientras una enorme sonrisa se dibujó en mi rostro— mi niña.

-Al fin nos volvemos a ver— me sonrió genuinamente y yo le hice un pequeño ademán para que se acercará—. No tienes idea de cuánto te extrañé— dicho esto, tomó mis manos suavemente entre las suyas.

-Mi niña…— volví a murmurar y sentí como unas cálidas lágrimas me corrían por mis mejillas— ¡oh, mi dulce niña! Te extrañé muchísimo, perdóname… perdóname…

-No tengo nada que perdonarte, tía Daría— limpió las lágrimas delicadamente—. Siempre luchaste por nuestro bienestar hasta el final. Te agradezco por eso.

-Victoria— mis labios temblaron y apreté suavemente sus manos que aún me sostenían—. Cuéntame, ¿qué ha sido de tu vida, cariño?

-Creo que esta plática será un tanto larga— soltó una pequeña risa—. Sabes bien que me tuve que ir a estudiar a Europa y afortunadamente pude hacer una carrera. Ahora soy todo una ingeniera química— me explicó con orgullo—. Aunque admito que no fue fácil al ser una carrera con tan pocas mujeres y demasiados hombres poniendo en duda nuestras capacidades.

-Siempre supe que serías una gran profesionista— levanté mi mano para apretar suavemente su mejilla derecha—. Estoy muy orgullosa de ti.

-Gracias, tía Daría— respondió agradecida—. Me aceptaron en una fábrica extranjera en la que había hecho mis prácticas profesionales y me quedé ahí durante varios años— me explicó con calma—. Llevaba bien dinero a casa y por eso mi padre jamás se metió en mi vida privada. No al menos, hasta que hicieron un recorte de personal y me quedé sin trabajo.

Miré su rostro decaído al recordar esa parte de su vida, mientras un suspiro largo salía de sus labios y me temí saber a dónde se dirigía con aquella anécdota. Por un momento se quedó en silencio y no la forcé a hablar en lo más mínimo, solo la acerqué para abrazarla fuertemente y así nos quedamos un momento hasta separarnos y notar sus ojos llorosos que limpié lo más delicado que mis torpes y temblorosas manos me permitieron.

-Me tuve que casar con un completo desconocido porque cedí a la presión— me miró fijamente con culpa—. Lo lamento, tía Daría; no pude ser tan fuerte como esperabas.

-Cariño, eso no te hace débil en lo más mínimo y no te voy a juzgar por ello— bajé la vista al recordar mi propio camino en la vida—. Te recuerdo que yo también soporté un matrimonio sin futuro durante varios años, pero uno aprende tarde o temprano de eso.

-Lo hice, me divorcié a los tres años porque no podía continuar con aquella farsa tan frívola en la que debía estar en casa y asistir a reuniones sociales igual de frívolas que mi matrimonio— hizo un mohín con los labios—. Volví a conseguir trabajo y me mudé del país para no tener que ver a ese hombre— su voz denotaba cierto resentimiento—. Es difícil que la respeten a una en esa área, pero no me rendí; sin embargo decidí que era tiempo de volver a mi país y viajar para acá, así que tuve que renunciar después de un par de años a esa empresa.

-¿Hace cuánto llegaste?— pregunté interesada en ello.

-Hace trece años, comencé a dar clases en una escuela allá donde vivíamos— entonces enarcó una ceja y me miró con cierta molestia—. Descubrí que mi amada tía Daría se había mudado para el sur. Aunque me costó un poco, porque después de casi treinta años de haberme mudado ya todo había cambiado con excepción de unos pocos vecinos.

-¿Quién te lo dijo?— cuestioné curiosa.

-La señora de los abarrotes por supuesto, bueno en realidad ahora su hija— sonrió con diversión al recordarlo—. Casi me dan “Santo y seña” de tu vida antes de mudarte acá a la capital y el como ahora seguramente serías una “mujer citadina y alzada”— no aguantó la risa al expresar lo último mientras yo fruncí el ceño ofendida.

-Pero si yo sigo siendo la misma— me defendí de inmediato—. Mi ciudad me corre por las venas y al inicio todos notaron que venía del norte. Aún lo expresó con naturalidad y orgullo— le expliqué alzando el dedo índice al aire para con ese gesto sostener mi punto.



#7259 en Novela romántica

En el texto hay: romace, familia, drama

Editado: 19.07.2026

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