Vivir sin ti

Sara

 

Soy plenamente consciente de lo que pasa al otro lado de la mesa, de como ellos ríen desinhibidos, como si no hubiese nadie más a su alrededor. Me enferma verlos felices; me enferma ver que es otra quien le regala momentos como esos, aunque sé que en realidad no tienen nada más que una amistad, aún así no puedo evitar que los celos hagan acto de presencia.

Una punzada de dolor atraviesa mi pecho, mi cuerpo se tensa y las lágrimas comienzan a acumularse en mis ojos. Trato de no mostrar la irritación y frustración que siento. Debo mantener la máscara de dura y fría insensibilidad.

—Deja de mirar en su dirección, “cariño” —espeta Eric sentado junto a mi, con una sonrisa falsa en el rostro. 

Aprieto los dientes y le dedico una mirada furibunda. 

—No es tu jodido problema a donde mire —siseo, por lo bajo, entre dientes. 

—Sí lo es —masculla furioso—, cuando cabe la posibilidad de que me dejes como en ridículo frente a los demás.

Su mirada penetrante no se aparta en unos cuantos segundos de mí. Busca intimidarme. Ruedo los ojos y me dispongo a dejar el asiento para alejarme lo más que pueda de su odiosa presencia. Al intentarlo siento unos dedos fríos posarse en mi muñeca, el agarre es tan fuertes que empieza a hacer daño. Me mantiene fija en el sitio y con su otra mano toma mi rostro hasta acercarse lo suficiente que siento su aliento en el oído. 

—Recuerda, Sara, que no te conviene hacerme enojar.

Trago saliva, el corazón late más deprisa y una ligera capa de sudor cubre mis manos. Se aparta lo suficiente para luego besarme. Pero no es un simple beso, no. Es un beso posesivo; detecto la advertencia y la rabia que ambos sentimos. 

—Te quiero —dice en voz audible para que todos en la mesa lo escuchen. Y sin más se gira a conversar con sus amigos. 

Camino a paso rápido, sintiendo que en cualquier momento perderé la compostura y gritaré de la furia contenida delante de todos los estudiantes que quedan en ese comedor. La impotencia se apodera de mi sistema y la imperiosa necesidad de desconectar se vuelve muy tentador.

 

 

 

 

Empujo con demasiada fuerza las puertas del baño —el único lo bastante alejado y solitario—. Me adentro con las manos hecha puños y golpeo la pared de cerámicas blancas con el dorso hasta que empieza a doler.

—Sara, Sara, detente —escucho vagamente como alguien dice mi nombre pero hago caso omiso—. ¡Detente! 

Mi mejor amiga pasa sus brazos rodeándome. Inmediatamente rompo a llorar, ya no pudiendo soportar más la tensión acumulada en toda la mañana.

—¿Por qué? —susurro entre sollozos—. ¿Por qué?, ¿por qué?

Lágrimas calientes descienden por mis mejillas, el nudo en la garganta se hace cada vez más grande, y se me hace difícil respirar con normalidad. 

—Tranquilizate y respira, vamos.

Sofía, me acaricia el cabello mientras mantiene el abrazo, cosa que agradezco. Inhalo y exhalo repetidas veces hasta que logro calmarme. Me limpio las lágrimas y doy un paso hacia uno de los lavabos. Abro el grifo y meto las manos bajo el agua fría, las llevo al rostro para borrar cualquier rastro de llanto y me miro al espejo. Diviso la mirada de mi amiga, que me observa atenta por el cristal, detrás de mi. No hace falta que me diga nada para saber lo que piensa.

—¿Estás mejor? —asiento. Me acerca una toalla de papel para secarme la cara y quitar la pequeña mancha de rímel corrida. 

—¿Cómo...? —Mi voz sale entrecortada, la aclaro para continuar—. ¿Cómo has sabido dónde encontrarme? —pregunto, mientras retoco el ligero maquillaje.

—Te seguí.

Termino, giro el cuerpo hasta quedar frente a ella. Sigue con su mirada escrutadora clavada en cada una de mis facciones. Busca cualquier atisbo de desmoronamiento, como ha ocurrido en muchas otras ocasiones, y al no estar completamente segura, pregunta una vez mas:

—¿Segura que estás bien? —La duda se se hace notoria en su voz.

—Sí —sonrío para tranquilizarla.

Ella me devuelve el gesto y me regala otro abrazo el cual correspondo.

—Entonces, salgamos de aquí.

Se aleja en dirección a la puerta. Estoy por hacer lo mismo cuando me detengo y pronuncio su nombre haciendo que se detenga ella también. La miro fijamente y ella hace lo mismo. Veo como su expresión pasa de la confusión, entendimiento y asombro en un corto tiempo. Lo ha captado. Pero a pesar de saberlo niega enérgicamente con la cabeza. Le suplico con la mirada pero sigue en negación. Cierro los ojos y aprieto los dientes. La ansiedad comienza a ganar terreno y no sé cómo hacer para detener su avance. Sé que no debería estar pidiéndole esto cuando aún estamos dentro de la preparatoria y menos en un lugar donde podrían descubrirnos fácilmente, por muy poco visitado que éste sea.

«Aguanta —me digo—. Sólo son unas pocas horas. ¡Aguanta!».

Finalmente abro los ojos pasados unos segundos. Sofía aún mantiene su vista clavada en mí. Agacho la mirada y paso a su lado para salir pero su mano en mi hombro me detiene. Suspira resignada. Saca una pequeña bolsita transparente, que guardaba dentro de la cinturilla de la falda, con un contenido blanco en su interior. Me lo tiende.




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