La montaña estaba en silencio. Era un silencio extraño y tenso, que no pertenecía al mundo terrenal. Ekaterina permanecía de pie frente al punto donde el portal había desaparecido minutos antes, con la mano apoyada en la empuñadura de su espada y el corazón sosteniéndose a punta de voluntad.
De pronto, un latido golpeó en el aire.Un pulso oscuro, vibrante… familiar. El pecho de Ekaterina se tensó.
—Helenka… —murmuró.
Otro pulso, pero esta vez más fuerte. Luego una ráfaga de energía violeta que surgió como un relámpago desde la nada, golpeando la base de la montaña. Ekaterina dio un paso atrás, como si el impacto hubiese atravesado todo su cuerpo. La esencia del Averno se sintió en su propia sangre: fría, pesada, corrosiva, pero unida a un hilo invisible que la conectaba con Helenka.
Supo al instante lo que significaba.
Se giró hacia la Patrulla Dorada, cuyos miembros estaban tensos, listos pero inquietos, con los estandartes levantados y las armaduras reflejando el brillo de la señal.
—¡Es la señal! —gritó Ekaterina, alzando la voz con poder—. ¡Helenka abrió el portal! ¡La ruta está despejada!
Los soldados se miraron entre sí. estaban muertos de nervios, de duda, de esperanza contenida.
Fyodor apretó el puño sobre su espada. —¿Segura?
Ekaterina lo miró directamente a los ojos. Su voz no tembló.—Sé cómo se siente ese lugar. Y sé cómo se siente ella. Ese pulso fue de Helenka. Ella nos está llamando.
Un viento helado estalló de repente, abriendo un círculo de fuego violeta en el aire. El portal se materializó frente a ellos, retorciéndose como una herida abierta entre mundos. El Averno respiró del otro lado.
Ekaterina dio un paso adelante.No temía por sí misma, temía por Vladimir, por Helenka y por lo que pudiera pasar si los dejaban solos en ese infierno.
Alzó su arma y su voz resonó como un trueno sobre las montañas.
—¡PATRULLA DORADA! ¡Por la luz que defendemos, por nuestro mundo y por Vladimir!
El grito encendió algo dentro de los soldados. Ese nombre, ese propósito… ese juramento. Los estandartes dorados se inclinaron hacia adelante, los cascos bajaron y los escudos se alinearon.
Igor colocó su espada en alto. —¡A la carga!
Ekaterina fue la primera en cruzar. Saltó al portal con decisión absoluta, sin mirar atrás, atravesando la grieta ardiente como un rayo dorado. La Patrulla Dorada la siguió inmediatamente después. Una ola de luces, metales y gritos de guerra. Un ejército entrando al infierno sin esperar gloria… solo justicia.
El portal tembló, siseó, vibró y los tragó a todos. En un instante, las montañas quedaron silenciosas y vacías. Solo el eco del choque entre dos mundos quedó flotando en el aire.
La guerra en el infierno acababa de comenzar.
Las armaduras doradas tintineaban suavemente mientras marchaban por un sendero estrecho que descendía en espiral. Bajo ellos, ríos de roca fundida fluían como serpientes ardientes. Sobre sus cabezas, un cielo negro se retorcía, agrietado por destellos rojos que parecían relámpagos atrapados a mitad de camino.
Igor caminaba al frente, firme, aunque cada músculo de su cuerpo estaba tenso. A su lado iba Helenka, flotando apenas unos centímetros por encima del suelo, su capa negra ondeaba aunque no hubiera viento. Sus ojos observaban el camino con una mezcla de nostalgia y desconfianza. Detrás, Xalvator avanzaba como si estuviera en casa, sonriendo de vez en cuando ante los susurros que se oían en las paredes de roca.
Más atrás le seguían Fyodor, Ekaterina, Nedam y Pavel y detrás de ellos, el resto de la Patrulla caminaba con las manos firmes en las empuñaduras de sus armas, sin bajar la guardia ni por un segundo.
El primer en romper el silencio fue uno de los más jóvenes soldados.
—¿Es esto realmente… el Averno?
Preguntaba con voz baja, casi temblorosa, como si le hablara a su propio miedo.
Helenka lo miró de reojo. —No. Esto es apenas la antesala —dijo con un tono suave pero inquietante—. El Averno real aún está más abajo… donde el fuego no calienta, y la oscuridad no deja sombra.
El joven tragó saliva y apretó su lanza. Los demás intercambiaron miradas rápidas.
Nadie respondió, pero más de uno sintió un escalofrío recorrerle la columna.
Igor carraspeó para recuperar el control del grupo. —Hemos enfrentado demonios antes —dijo con voz firme—. No puede ser peor que eso.
—Puede serlo —interrumpió Xalvator, divertido—. Y será peor. Pero si sirve de consuelo… ustedes mueren rápido.
La patrulla lo miró con mezcla de odio y desesperación.
Helenka suspiró. —Ignórenlo —murmuró—. Él disfruta más la muerte que la vida.
El camino se abrió de pronto a un puente natural que cruzaba un abismo insondable. El viento que salía del hueco era helado como la muerte, pero ardía al tocar la piel. Una contradicción imposible… típica del inframundo.
Igor se detuvo a mitad del puente. Sus ojos se clavaron en la oscuridad del horizonte.
—Soldados… —dijo—. Escúchenme bien.