El Averno no gritaba ni rugía: presionaba. Cada paso que daba la Patrulla Dorada parecía hundirse en un suelo que se resistía a ser pisado por humanos. Las sombras retrocedían solo para volver a cerrarse, como pulmones infernales inhalando con paciencia. El combate no estalló. Ya estaba ocurriendo.
Ekaterina giró sobre sí misma y hundió su espada en el cuello de una criatura que había surgido detrás de Fyodor. La hoja dorada atravesó carne oscura y algo parecido a brea hirviente brotó de la herida. El demonio se deshizo en un aliento ronco… pero no cayó solo.
Otro ocupó su lugar.
—¡No se detienen! —gritó Nedam, bloqueando un impacto que le hizo vibrar todo el brazo.
—Porque no están aquí para vencerlos —respondió Helenka, alzando una barrera de símbolos incandescentes—. Están aquí para gastarlos.
Como si el palacio hubiese entendido la sentencia, el suelo se abrió unos centímetros más. De las grietas surgieron cadenas de sombra que intentaron aferrarse a las piernas de los soldados.
—¡Rompan eso! —ordenó Igor, descargando un tajo que cortó dos de ellas—. ¡Mantengan la línea!
Un alarido desgarró el aire.
Un soldado joven —apenas un muchacho, rostro cubierto de sudor y hollín— fue arrastrado hacia una abertura que no estaba allí un segundo antes. Sus dedos se clavaron en la piedra, las uñas se rompieron, la sangre brotó… y aun así, el Averno se lo llevó.
Ekaterina dio un paso hacia él.
—¡No! —gritó, extendiendo la mano.
Demasiado tarde. La grieta se cerró con un sonido húmedo, como una boca satisfecha. Por un instante, nadie habló. La Patrulla Dorada acababa de pagar su primer precio. Igor apretó los dientes. Su voz salió más baja, pero más peligrosa.
—Seguimos avanzando.
Nadie protestó. Más adelante, en lo profundo del palacio, Vladimir sintió una vez más el impacto.
No fue un sonido. Fue un tirón.
Su pecho se contrajo de golpe, como si algo invisible hubiese tensado un hilo atado a su corazón. El aire de la celda se volvió espeso, caliente, cargado de un olor metálico que no provenía del Averno… sino de la sangre humana.
Vladimir se llevó una mano al pecho, jadeando.
—No… —susurró—. Ya están peleando.
Abrahel abrió lentamente los ojos, sonrió. —Oh, sí —murmuró, incorporándose con elegancia felina—. Ya empezaron a morir.
Vladimir lo miró con furia. —Cállate.
Abrahel ladeó la cabeza, de modo divertido.
—¿Por qué habría de hacerlo? —dio un paso hacia los barrotes—. ¿No lo sientes? Cada muerte humana aquí abajo es como una campana. El Averno canta… y canta fuerte.
El suelo vibró otra vez.
Vladimir apretó los puños. Algo ardía bajo su piel. No como ira… sino como presión contenida, como una puerta cerrada desde dentro.
—Ellos no tendrían que estar aquí —dijo con voz rota—. Esto es por mí.
—Exacto —respondió Abrahel con una sonrisa lenta—. Y ahí está el problema, hermanito. Tú sigues creyendo que puedes ser el centro… sin aceptar el peso que eso conlleva.
Vladimir cayó de rodillas.
Su respiración se volvió irregular. La fe que había sido refugio comenzaba a temblar, no por debilidad, sino por conflicto. Rezar ya no bastaba. Esperar tampoco.
Arriba, en los corredores infernales, la batalla se recrudecía.
Nedam recibió un golpe directo que lo lanzó contra una columna deformada. La piedra se quebró al impacto. El soldado cayó de rodillas, tosiendo sangre.
—¡Nedam! —gritó Ekaterina, girando para cubrirlo.
Una criatura emergió del suelo justo detrás de ella.
No la vio venir.
El impacto la lanzó varios metros. Rodó, perdió el arma y el mundo se volvió rojo por un instante.
Igor rugió y se interpuso, clavando su espada en el torso del demonio. La criatura chilló… pero no cayó.
Helenka alzó ambas manos y descargó un sello que partió el aire en dos. El demonio se desintegró en una lluvia de ceniza negra.
—¡Esto no se sostendrá mucho más! —advirtió ella—. El palacio nos está probando. Quiere ver cuánto resistimos antes de enviar algo peor.
Xalvator, cubierto de sangre ajena, reía. —¡Y yo que pensaba que no vendrían en serio! Malditos demonios, me tienen harto.
Ekaterina se puso de pie, recuperó su espada y respiró hondo. Sus manos temblaban. No de miedo… de rabia contenida.
«Si Vladimir no estaba vivo… » No terminó el pensamiento, no podía permitírselo.
En lo profundo del Averno, Vladimir alzó el rostro. El tirón volvió. Más fuerte. Cerró los ojos y por primera vez desde que había sido encerrado, dejó de resistirse. No a la oscuridad, sino a sí mismo.
Algo dentro de él respondió. Los símbolos grabados en los barrotes comenzaron a agrietarse.
Abrahel dio un paso atrás, sorprendido por segunda vez. —Oh… —susurró—. Así que al fin…