Asustados, Ekaterina y los soldados de la Patrulla Dorada avanzaban entre el caos, escuchando aquellos gritos guturales y desgarradores que hacían temblar las paredes del Averno. No eran simples alaridos de demonios heridos; eran rugidos profundos, cargados de una furia antinatural, capaces de helar la sangre incluso de los más veteranos.
Nadie sabía qué clase de criatura estaba emitiendo esos sonidos. Y ese desconocimiento era, quizás, lo más aterrador.
—Eso… —murmuró uno de los soldados, con la voz rota— eso no es normal.
Ekaterina apretó los dientes. Su espada vibraba en su mano, reaccionando a algo que no alcanzaba a comprender. Aquellos gritos no solo sacudían el Averno: removían algo dentro de ella, una sensación oscura, incómodamente familiar.
—No se detengan —ordenó, forzando firmeza en su voz—. Sea lo que sea… está adelante. Y Vladimir también.
Los demonios seguían cayendo bajo el avance disciplinado de la Patrulla, pero cada paso costaba más que el anterior. Las sombras se cerraban con mayor rapidez, el aire ardía al respirar y el suelo parecía palpitar bajo sus botas, como si el propio infierno reaccionara a los gritos que lo atravesaban.
Luchaban, avanzaban y sangraban. Mientras se abrían paso a golpes de acero y fe, una certeza comenzaba a asentarse en sus corazones: Aquello que gritaba no estaba huyendo, parecía estarlos llamando.
—Debemos seguir esos gritos. Seguramente Vladimir está cautivo allí —manifestó Igor, sin apartar la vista del corredor que se abría ante ellos.
Sus palabras, firmes pero cargadas de tensión, sembraron una duda inmediata en Fyodor. El segundo al mando frunció el ceño, observando cómo las paredes parecían vibrar con cada rugido lejano.
—¿Y si no es él? —replicó en voz baja—. Esos sonidos no parecen de alguien que necesite ser rescatado… parecen de algo que está destrozándolo todo.
Igor apretó la empuñadura de su espada.
—Precisamente por eso —respondió—. Si Vladimir sigue con vida, está en el centro de ese infierno. Y si no lo está… entonces esos gritos vienen de aquello que lo reemplazó.
Ekaterina escuchaba en silencio. Cada alarido hacía que su pulso se acelerara. No quería admitirlo, pero en lo más profundo de su ser crecía un temor distinto al que había sentido antes: no el miedo a perder a Vladimir, sino el miedo a encontrarlo.
—No podemos desviarnos —dijo finalmente—. Si esos gritos son suyos, lo sabremos pronto. Y si no lo son… tendremos que enfrentarlo igualmente.
Un nuevo rugido sacudió el Averno, más cercano, más violento. Fragmentos de roca se desprendieron del techo y el aire ardió con un calor sofocante.
Sin decir una palabra más, la Patrulla Dorada reajustó su formación y avanzó hacia el origen de los gritos, con el acero en alto y la fe resquebrajándose un poco más a cada paso.
Porque, lo supieran o no, ya estaban marchando hacia su mayor calvario.
La Patrulla Dorada siguió avanzando, defendiéndose con dificultad de las sombras que surgían a su alrededor como si el propio Averno se negara a dejarlos pasar. Cada paso era una lucha; cada pasillo, una emboscada. El acero chocaba contra formas informes mientras los escudos se resquebrajaban poco a poco bajo el peso de un enemigo inagotable.
Helenka respiraba con dificultad. Incluso para ella, aquel lugar exigía un precio constante. A su lado, Xalvator mostraba los dientes en una mueca que ya no era diversión, sino cansancio contenido.
—No podremos mantener este ritmo —gruñó él—. Nos están desgastando.
Helenka asintió lentamente. Sus ojos recorrieron a los soldados: armaduras abolladas, respiraciones agitadas, miradas tensas. No quedaba mucho margen.
—Entonces no lo mantendremos —respondió con frialdad.
Ambos alzaron las manos al mismo tiempo. El aire se tensó de inmediato, como si el Averno hubiese percibido la afrenta. Símbolos antiguos comenzaron a arder alrededor del grupo, trazados en luz oscura y fuego espectral. Un domo translúcido se formó a su alrededor, vibrante, palpitante, resistiendo el embate de las sombras que chocaban contra él con furia contenida.
—Es un hechizo de protección —anunció Helenka—. Cuarenta minutos. Ni uno más.
—Aprovéchenlos bien —añadió Xalvator—, porque después de eso… volverá a doler.
La presión desapareció lo suficiente como para permitirles avanzar con mayor rapidez. Las sombras se estrellaban contra la barrera sin poder atravesarla, aullando de frustración. La Patrulla Dorada reordenó la formación y aceleró el paso, conscientes de que cada segundo contaba.
Ekaterina miró al frente, con el pulso acelerado y la mandíbula tensa.
Cuarenta minutos para encontrar al híbrido. Cuarenta minutos antes de enfrentarse a aquello que estaba gritando en lo profundo del Averno. Y, en el fondo de todos, una idea comenzaba a tomar forma, silenciosa y aterradora:
quizá no estaban yendo a rescatar a Vladimir… quizá estaban yendo a detenerlo.
La Patrulla Dorada avanzó apenas cincuenta metros más cuando el pasillo se abrió de golpe en una vasta cámara de piedra ennegrecida. El calor era sofocante. El suelo estaba resquebrajado, cubierto de surcos incandescentes por los que corría lava viva como venas abiertas.