Ekaterina estaba muerta de miedo, no del demonio colosal que rugía frente a ellos. No del Errante que flotaba como una promesa de muerte inevitable. Tenía miedo de algo mucho peor: de no saber cómo hacer reaccionar a su amigo, de no encontrar ninguna palabra, ningún recuerdo, ningún gesto capaz de atravesar aquella monstruosa forma y llegar hasta lo que quedaba de Vladimir.
Las manos le temblaban y su espada descendió lentamente hasta rozar el suelo.
—Vladimir… —susurró, pero su voz se quebró antes de alcanzar al demonio—. Por favor…
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas. Ardían al deslizarse por su rostro, no por el calor del Averno, sino por la impotencia absoluta. Lloraba allí, de pie, rodeada de muerte, sin importarle ya quién la viera.
Los soldados la observaban en silencio, atónitos.
Nunca habían visto a su compañera así. Aquella mujer firme, indomable, que avanzaba siempre al frente, ahora parecía frágil, pequeña, rota por dentro. Nadie se movió. Nadie se atrevió a hablar.
Incluso su padre estaba paralizado. El gran y temible Igor, líder de la Patrulla Dorada, azote de demonios y estratega implacable, miraba a su hija como si no la reconociera. Jamás, en toda su vida, la había visto llorar de ese modo. No en batalla. No ante la muerte. No ante el horror.
Y aquello lo aterrorizó más que cualquier monstruo.
—Ekaterina… —murmuró, dando un paso hacia ella, pero se detuvo—. Hija…
Ella no lo escuchó.
Avanzó un paso, luego otro, ignorando los gritos de advertencia, ignorando el peligro evidente. Sus ojos, empañados por las lágrimas, se clavaron en los abismos de lava que ahora eran los ojos de Soragor.
—No eres esto —dijo, con la voz rota—. No eres un monstruo. Tú… tú rezabas, has luchado conmigo enfrentando el mal, dudabas. Tenías miedo… como yo.
El demonio inclinó la cabeza.
Por un instante brevísimo, casi imperceptible, el fuego en su mirada vaciló.
Abrahel dejó de reír.
El Errante se tensó, como una bestia que presiente algo inesperado.
Ekaterina se llevó una mano al pecho, respirando con dificultad.
—Si aún estás ahí… —sollozó—. Si queda algo de ti… mírame. No nos hagas esto. No te hagas esto.
El silencio cayó como un peso insoportable.
Todos contuvieron el aliento.
Porque, en aquel instante suspendido entre la fe y la condena, el destino de todos pendía de si Vladimir aún podía escuchar su nombre.
Vladimir miró a Ekaterina. Fue solo un instante. Breve, casi accidental. El fuego de sus ojos se contrajo, como si algo antiguo hubiese rozado la superficie de aquella furia desatada. Durante una fracción de segundo, Ekaterina creyó verlo… creyó alcanzarlo.
Pero la ilusión se desvaneció. La atención del demonio se desvió de inmediato, arrastrada por una presencia más poderosa, más desafiante. Soragor giró lentamente hacia su adversario, hacia el Errante, ignorando por completo a la soldado que aún lo llamaba por su nombre.
Ekaterina sintió que el pecho se le hundía, detrás de ella, la Patrulla Dorada comenzaba a quebrarse.
—Helenka… —dijo uno de los soldados, con la voz temblorosa—. Sáquenos de aquí. Por favor. Esto… esto ya no es una misión. No podremos luchar contra estas cosas. No estamos preparados para esta clase de pelea y mucho menos para enfrentar esta clase de demonios.
Helenka cerró los ojos un instante. El Averno rugía a su alrededor, impaciente. Sabía que aquel miedo no era cobardía: era instinto de supervivencia.
Antes de que pudiera responder, una voz se alzó.
—Yo me quedo.
Oleg, apoyado torpemente en su lanza, aún aturdido por la caída, dio un paso al frente. Tenía el rostro pálido, pero la mirada firme.
—No crucé medio infierno para huir ahora.
Nedam se colocó a su lado, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano.
—Yo tampoco —dijo—. Si Ekaterina se queda, yo peleo. Hasta el final.
Igor los observó en silencio. Sus ojos se detuvieron un instante en su hija, sola frente al horror, y comprendió que aquella decisión ya no le pertenecía como comandante… sino como padre.
—No dejaré a mi hija sola en el campo de batalla. —dijo el capitán empuñando su espada. —los demás, regresen a la fortaleza, tomen un descanso y al caer la noche salgan a patrullar como siempre.
—Yo también me quedaré —intervino Fyodor —No tengo nada que perder.
Helenka inhaló profundamente.
—Bien —murmuró y alzó la voz para llamar la atención de la patrulla diciendo —Entonces escuchen todos.
Levantó ambas manos y el aire vibró con un poder antiguo.
—Los que se marchen ahora vivirán —dijo con frialdad—. Los que se queden… no prometo nada.
Algunos soldados dudaron solo un segundo. Luego, asintieron. No era una retirada vergonzosa. Era una orden necesaria.