Xalvator aprovechó el instante en que las sombras permanecían congeladas, inmóviles como estatuas de tinta, y se deslizó con sigilo por los salientes de roca. Su cuerpo se movía sin ruido, más atento que nunca. Aquella presencia no lo atacaba… lo observaba, y eso despertó su curiosidad.
Cuando se acercó lo suficiente, sus ojos parecieron mentirle. La sombra no tenía forma definida: ni alas, ni garras, ni rostro. Solo densidad. Oscuridad concentrada. Pero el aura que emanaba de aquella entidad lo golpeó como un recuerdo enterrado demasiado profundo.
Xalvator se detuvo en seco y su sonrisa habitual desapareció.
—Maldición —murmuró, con un tono que rara vez usaba—. Esto se pondrá feo.
Conocía esa presencia y no esperó a confirmarlo más.
Con un movimiento ágil y casi reflejo, su cuerpo se contrajo y se distorsionó, reduciéndose en una nube oscura hasta adoptar la forma de un cuervo, cuyos ojos brillaban con inteligencia demoníaca. Batió las alas con fuerza y se elevó rápidamente, atravesando corrientes de aire ardiente sin detenerse.
Voló directo hacia Helenka.
—¡Bruja! —croó al aterrizar cerca de ella, recuperando su forma a medias—. No es una sombra cualquiera.
Helenka lo miró, ya tensa. —¿Quién es?
—Darok, y presiento que tiene intenciones de controlar a su hijo.
Helenka y Xalvator se ocultaron entre salientes de roca y columnas partidas, buscando un respiro imposible para pensar. No podían quedarse de brazos cruzados mientras Soragor, el Errante y ahora Darok tensaban el Averno como una cuerda a punto de romperse.
—Tres horrores mayores en un mismo plano… —murmuró Helenka, llevándose una mano a la sien—. Esto no es casualidad. Alguien quiere que todo colapse.
Xalvator apoyó la espalda contra la roca, cruzando los brazos.
—O alguien cree que puede controlarlo —respondió—. Destripe: nadie puede.
Antes de que pudiera decir algo más, un sonido grave interrumpió la conversación. No fue un rugido, no fue una explosión. Fue el crujido lento y pesado de la piedra cediendo. Ambos giraron al instante.
Detrás de ellos, una sección del terreno comenzó a desmoronarse con parsimonia inquietante. Rocas ennegrecidas rodaron cuesta abajo, cayendo una tras otra en el abismo. De entre la nube de polvo y ceniza, una mano humana emergió temblorosa, aferrándose al borde como si la vida dependiera de ello.
—Espera… —susurró Helenka, abriendo los ojos—. No puede ser…
Con un gemido ahogado, el joven soldado que había sido tragado antes por la fosa logró arrastrarse hacia afuera. Su armadura estaba destrozada, cubierta de grietas y sangre seca. Una de sus piernas colgaba en un ángulo imposible, y cada respiración parecía desgarrarle los pulmones.
Pero estaba vivo.
—Por… la luz… —jadeó, cayendo de costado—. Pensé… que no saldría…
Xalvator se arrodilló a su lado de inmediato, dejando de lado toda ironía.
—Vaya —murmuró—. Eres más difícil de matar de lo que pareces, humano.
Helenka se acercó con rapidez. Al posar la mano sobre el pecho del muchacho, sintió el caos que reinaba en su interior: huesos rotos, órganos dañados, la marca corrosiva del Averno aún devorándolo lentamente.
—No debería estar vivo —dijo en voz baja—. Algo… lo dejó salir.
El soldado abrió los ojos con dificultad.
—No fue algo… —susurró—. Fue alguien.
Había… una voz… en la oscuridad.
Helenka y Xalvator intercambiaron una mirada cargada de alarma.
Porque si el Averno había decidido devolver a uno de los suyos, no lo había hecho por misericordia. Lo había hecho por mensaje.
—Mi padre —pronunció la mujer. Luego añadió —te enviaré a casa. Xalvator, necesito que te lo lleves y regreses cuanto antes.
—¡A sus órdenes.
Sin perder tiempo, tomó al soldado con cuidado, sosteniéndolo antes de que su cuerpo cediera por completo. Sus alas comenzaron a delinearse en sombras a su espalda.
—Aguanta, humano —murmuró.
Xalvator no esperó a que se cerrara del todo. Dio un salto y desapareció con el herido entre sus brazos, rumbo al plano terrenal.
El portal se selló con un chasquido seco.
Helenka quedó sola de nuevo, rodeada de fuego, sombras y horrores antiguos. Respiró hondo, consciente de que acababa de perder a uno de sus pocos aliados… aunque fuera solo por un tiempo.
—Ahora —murmuró para sí—, que la luz llegue a tiempo.
Abajo, Soragor rugía, el Errante aguardaba, Darok observaba y el Averno, impaciente, comenzaba a moverse otra vez.
Igor y Fyodor observaban desde las alturas sin poder dar crédito a lo que acababan de presenciar. Sus miradas seguían el punto donde el portal se había cerrado, aún resonando en sus oídos el eco del cuerpo herido siendo arrancado del Averno.
—Un humano… —murmuró Fyodor, aún incrédulo— sobrevivió a las fosas.
Igor no respondió de inmediato. Sus ojos, endurecidos por décadas de guerra, reflejaban algo poco común en él: asombro.