Vladimir y la hija del cazador

Capítulo 32

Habiendo regresado al plano terrenal, Xalvator no tardó en llamar la atención de los guardias apostados en la fortaleza de la Patrulla Dorada. Su presencia demoníaca provocó un instante de tensión inmediata: lanzas alzadas, arcos tensados, miradas duras y vigilantes. Sabían quién era. Sabían que era uno de los aliados… pero aun así, nadie bajó la guardia.

—¡Alto ahí! —ordenó uno de los capitanes desde la muralla apuntando con una escopeta de dos cañones.

Xalvator dio un paso al frente, mostrando las manos vacías, aunque su mirada dejaba claro que no tenía paciencia para formalidades.

—No he venido a pelear —gruñó—. Traigo a un soldado gravemente herido.

Alzó ligeramente el cuerpo inconsciente que llevaba consigo. La armadura destrozada y la sangre seca bastaron para cambiar el tono del lugar.

—Necesita un médico —añadió con urgencia—. Ahora, si quieren que sobreviva.

Los guardias intercambiaron miradas rápidas antes de abrir paso. La fortaleza, acostumbrada a la guerra, reconocía la diferencia entre una amenaza… y una emergencia y esta última no admitía demora.

Las enormes y rechinantes puertas de la fortaleza comenzaron a abrirse lentamente. El sonido del metal resonó como un lamento grave entre los muros de piedra. Xalvator avanzó unos pasos y, con un cuidado poco habitual en él, depositó el cuerpo del soldado en el suelo.

Un murmullo de incredulidad recorrió a quienes habían viajado con él al Averno y lo habían visto perderse en las fosas infernales. Sus rostros palidecieron al reconocerlo.

—¡Sergei! —exclamó una soldado, arrodillándose junto a él—. No puede ser… algo lo arrastró a las fosas.

Xalvator observó la escena con una seriedad inusual, con los brazos cruzados y las alas plegándose lentamente a su espalda.

—Para ser honesto —añadió con voz grave—, dudo mucho que viva más de doce horas.

El silencio cayó como una losa.

—Pero como les dije —continuó—, invoquen a la diosa Alarea o llamen al sabio Pavel. De lo contrario, perderán a su compañero.

Algunos soldados apretaron los puños. Otros bajaron la cabeza.

—Al menos —prosiguió Xalvator— ni su cuerpo ni su alma quedaron atrapados en el infierno para sufrir durante toda la eternidad.

Su mirada se suavizó apenas un instante.

—Sería una lástima que alguien tan joven y tan valiente padeciera en ese lugar… en vez de vivir en la gloria, junto a los dioses, como es debido.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de verdad y de advertencia porque el Averno había reclamado muchas vidas, pero esta vez, había devuelto una.

—Me retiro, tengo asuntos pendientes —dijo Xalvator, girándose ligeramente, como si el peso de lo ocurrido no le permitiera quedarse un segundo más.

Pero antes de que pudiera dar un paso, una voz se alzó desde el grupo.

—¡Espera!

Xalvator se detuvo.

Un soldado de clase media, con la armadura marcada por viejas batallas y el rostro cansado, avanzó un paso. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de urgencia.

—¿Cómo están nuestros compañeros? —preguntó—. Los que se quedaron en el Averno… Ellos… ¿siguen con vida?

El demonio permaneció en silencio unos segundos. Sus ojos recorrieron los rostros expectantes, llenos de ansiedad, esperanza y terror contenido. No había burla en su expresión. No había ironía.

—Siguen luchando —respondió finalmente—. Contra cosas que ustedes no deberían ver jamás.

El soldado tragó saliva.

—¿Y… Vladimir?

Xalvator apretó los dientes.

—Vladimir ya no es solo Vladimir —dijo con franqueza brutal—. Y aun así… no está completamente perdido.

Algunos exhalaron aliviados. Otros bajaron la cabeza, sabiendo que aquello no era una buena noticia, solo una menos mala.

—Si han de rezar —añadió Xalvator—, háganlo ahora. No por la victoria… sino por resistencia.

Sin decir nada más, extendió las alas una vez más. Antes de desaparecer, lanzó una última mirada al joven soldado tendido en el suelo.

—Sobrevive —murmuró—. No dejes que todo esto haya sido en vano.

Y con un batir de sombras, Xalvator se marchó, dejando tras de sí una fortaleza en silencio

—¡Rápido! ¡Traigan a un doctor! —ordenó uno de los soldados de alto rango que aún permanecían en la fortaleza, avanzando con paso firme hacia el cuerpo tendido en el suelo.

Se arrodilló junto a Sergei y retiró con cuidado parte de la armadura destrozada. La sangre aún estaba caliente. El pecho subía y bajaba con dificultad, como si cada respiración fuera una batalla perdida por poco.

—¡Muévanse! —repitió, alzando la voz—. ¡Tenemos que salvar a Sergei a toda costa!

Los soldados reaccionaron de inmediato. Dos de ellos corrieron hacia el interior de la fortaleza, mientras otros formaban un círculo defensivo, como si el peligro pudiera aún alcanzarlos incluso allí. Una camilla improvisada fue traída con rapidez, y con sumo cuidado levantaron al joven, evitando agravar sus heridas.



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En el texto hay: #demonios, #peleas, #magia

Editado: 28.02.2026

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