Helenka había logrado contactar a dos entes poderosos, lo suficientemente antiguos y temidos como para poder poner fin a la pelea en el Averno… o destruirlo por completo. El vínculo había sido frágil, peligroso, sostenido apenas por su voluntad.
La mujer abrió los ojos de golpe.
El violeta oscuro se disipó lentamente de su mirada mientras descendía hasta tocar el suelo con suavidad. El aire a su alrededor seguía cargado, vibrante, como si la realidad misma hubiese sido estirada más allá de su límite.
—Escuchen bien —advirtió con voz firme—. Deben refugiarse. Ahora.
No dio explicaciones.
Igor y Fyodor no hicieron preguntas. Habían aprendido que, cuando Helenka hablaba de ese modo, el tiempo para dudar ya había pasado. Ambos descendieron con rapidez por las plataformas de roca hasta alcanzar a Nedam, Oleg y Ekaterina, abriéndose paso entre el caos congelado.
—Tenemos que movernos —dijo Igor con urgencia—. Algo va a ocurrir. Al parecer es algo grande.
Ekaterina miró a su padre, y nuevamente posó su mirada en Soragor, asintiendo sin necesidad de más palabras. Sabía reconocer una catástrofe inminente cuando la sentía.
Mientras tanto, Xalvator observaba a Helenka con una mezcla de curiosidad y cautela. Se acercó un poco, ladeando la cabeza.
—¿Qué fue lo que hiciste, Helenka? —preguntó, sin rastro de burla esta vez.
La bruja esbozó una leve sonrisa, cargada de picardía. —Algo que jamás creí que tendría que hacer —respondió—… ni que alguien aceptaría.
El Averno vibró y a lo lejos, incluso Darok alzó la cabeza.
El Errante se tensó, Soragor rugió, confundido y las dos presencias comenzaron a acercarse. Por primera vez desde que todo había empezado, el infierno pareció temer.
Un rayo de luz blanca descendió desde el cielo, tan intenso y puro que ningún ser vivo pudo sostener la mirada sobre él. El aire vibró, la tierra tembló levemente y el mundo pareció contener la respiración.
En el plano terrenal, las personas comenzaron a resguardarse en sus hogares. No hacía falta explicación alguna. Sabían lo que aquello significaba. Los más ancianos murmuraban plegarias olvidadas, los niños eran abrazados con fuerza y los guerreros bajaban sus armas.
Los entes que descendían pertenecían al Alto Mundo, y su llegada solo ocurría cuando el caos había cruzado un límite imperdonable.
Los demonios del Bajo Mundo habían ido demasiado lejos.
Desde las alturas, la diosa Alarea y el sabio Pavel observaron el plano terrenal con profunda preocupación. Ambos percibían las grietas en el equilibrio, el eco del Averno resonaba donde no debía, y la sombra de Darok iba extendiéndose más allá de su dominio.
—No queda tiempo —dijo Pavel con gravedad—. Si tardamos más, ni siquiera el infierno respetará los límites.
Alarea asintió en silencio. Su rostro estaba sereno, pero cargado de determinación, reflejaba algo más que deber divino. Había asuntos personales que enfrentar. Heridas antiguas que nunca sanaron. Al llegar a las montañas, la diosa alzó la mano y abrió un portal al infierno. La grieta no ardía ni rugía como las demás. Era blanca, silenciosa, absoluta. El Averno se estremeció al sentirla. Alarea cruzó sin vacilar y Pavel la siguió de inmediato.
Era hora de encarar al padre de su hijo por primera vez. No como diosa y demonio sino como dos fuerzas cuyo pasado había condenado a más de un mundo.
Habiendo llegado al Averno, las sombras congeladas se esfumaron como ceniza arrastrada por el viento. Aquellas formas inmóviles, nacidas del infierno mismo, simplemente dejaron de existir, incapaces de sostenerse ante la presencia que acababa de cruzar el umbral. El fuego del lugar comenzó a debilitarse poco a poco; ya no rugía con soberbia, sino que crepitaba con cautela, como si el propio Averno supiera que debía inclinar la cabeza.
Darok lo sintió de inmediato.
Al percibir la presencia de la diosa, retiró su control sobre Soragor. El coloso demoníaco rugió con confusión, tambaleándose por un instante, libre por primera vez desde que había sido convertido en arma. Darok, en cambio, permaneció inmóvil, suspendido en el aire, fulminando a Alarea con la mirada.
No había odio puro en sus ojos; había historia, había cuentas pendientes.
Los soldados de la Patrulla Dorada observaban la escena sin dar crédito a lo que veían. El aire era distinto. Aquello ya no era una batalla de acero, fe y supervivencia. Era un enfrentamiento entre fuerzas que estaban muy por encima de ellos.
Los valientes soldados sintieron un impulso casi instintivo de retroceder, de buscar un portal, de volver al plano terrenal mientras aún podían. No por cobardía, sino por comprensión.
—Esto… ya no es nuestra pelea —Nedam con la voz quebrada.
Ekaterina, aún temblorosa, no apartaba la vista de Vladimir, que respiraba con dificultad, atrapado entre lo que había sido y lo que había despertado. Sabía que el destino de su amigo se decidiría allí… pero no por manos humanas. Fue en ese instante que el Averno guardó silencio y la diosa Alarea avanzó un paso al frente, con su luz contenida, firme. A su lado, el sabio Pavel observaba con gravedad absoluta.