Mientras en el plano terrenal la Patrulla Dorada se preparaba para hacer guardia, reforzando murallas y organizando turnos como si el enemigo pudiera surgir en cualquier momento, en el Averno las cosas comenzaban a salirse de control.
Allí no había disciplina ni formación que contuviera lo que estaba por desatarse.
Alarea y Darok se enfrentaban con la mirada, separados apenas por un mar de fuego debilitado y rocas agrietadas. El aire entre ambos vibraba cargado de una tensión antigua, personal, imposible de disimular. No era solo un conflicto entre el Alto y el Bajo Mundo: Era una disputa por su hijo.
Darok no estaba dispuesto a perder el control del híbrido. Para él, Soragor era poder, herencia y dominio; una extensión perfecta de su voluntad. Alarea, en cambio, sentía algo muy distinto arder en su pecho. No permitiría que su único hijo fuera reducido a un arma de destrucción, y para evitarlo debía desafiar al propio infierno.
Dos voluntades absolutas, un mismo destino en disputa. Y en medio de ambos, Vladimir, atrapado entre lo que fue… y lo que otros querían que se convirtiera.
Por otro lado, Ekaterina y su padre cabalgaron rumbo al pueblo donde Vladimir había crecido. El trayecto fue silencioso, cargado de pensamientos que ninguno se atrevía a pronunciar. Al llegar, comenzaron a preguntar a los aldeanos, describiendo al joven con cuidado, como si cada palabra pudiera traerlo de vuelta.
—Vladimir —decía Ekaterina—. Un hombre de tez delgada, alto, de piel clara, cabellera oscura y ojos claros.
Algunos negaban con la cabeza, otros dudaban, hasta que una mujer mayor, que vendía telas bajo un toldo gastado, levantó la vista con reconocimiento.
—Ah… —murmuró—. Es el hijo de Ivanovic, el vendedor de vasijas.
Ekaterina sintió un vuelco en el pecho.
—Vayan hacia el oeste de la aldea —continuó la mujer, señalando con el mentón—. Encontrarán una pequeña casa, humilde, con un frondoso árbol de albaricoque en el frente. Es el único árbol de esa clase en ese camino. No tiene pérdida.
—Le agradecemos mucho su ayuda —dijo Igor con solemnidad.
Antes de marcharse, su expresión se endureció ligeramente.
—No salgan de sus casas —advirtió—. Nosotros haremos guardia.
La mujer asintió, comprendiendo que algo grave se cernía sobre el lugar.
Padre e hija retomaron el camino, siguiendo la indicación. A lo lejos, el árbol de albaricoque se alzaba solitario, sus ramas cargadas de fruto, ajeno al caos que envolvía a los mundos. Ekaterina apretó las riendas.
En ese momento, Valentina estaba asomada a la ventana, con la mirada perdida en el cielo encapotado, cuando vio a dos figuras detenerse frente a su casa. Las armaduras doradas brillaron incluso bajo la luz apagada de la tarde.
—Ivanovich, cariño… —dijo en voz baja, girándose con inquietud—. Hay dos soldados de la Patrulla Dorada. Se han detenido aquí… y vienen hacia la casa.
Ivanovich se acercó a la puerta. Inspiró hondo antes de abrir, como si algo en su interior ya supiera que aquella visita no traería buenas noticias.
—Buenas tardes —saludó con educación—. ¿En qué puedo ayudarles?
Ekaterina dio un paso al frente, pero fue Igor quien habló primero. Su voz era firme, aunque medida.
—Lo recuerdo bien —dijo—. Hace un tiempo hablé con usted en la plaza. Iba acompañado de un muchacho.
Ivanovich frunció ligeramente el ceño.
—Vladimir —añadió el soldado.
Valentina apareció detrás de su esposo, llevándose instintivamente una mano al pecho. Sus ojos se humedecieron de inmediato.
—¿Le ha ocurrido algo a nuestro hijo? —preguntó, sin rodeos, con una mezcla de miedo y esperanza.
Ekaterina bajó la mirada por un instante antes de alzarla de nuevo. Sabía que, a partir de ese momento, nada volvería a ser igual para aquella familia.
—No hemos venido a causarles alarma —dijo con suavidad—, pero necesitamos hablar con ustedes. Sobre Vladimir… y sobre lo que está ocurriendo.
El silencio se instaló en el umbral de la casa, pesado y expectante, mientras el albaricoquero dejaba caer una fruta madura al suelo.
—Supongo que ya sabe qué relación tiene nuestro hijo con lo que ocurre, ¿no es verdad? —cuestionó Ivanovich, con la voz contenida pero firme.
Ekaterina sostuvo su mirada. No había lugar para rodeos.
—Él está luchando en el Bajo Mundo ahora mismo —respondió—, pero no está solo. Aun así, estamos aquí porque debemos llevarlos a nuestra fortaleza y ponerlos a salvo. No sabemos qué puede ocurrir… y es mejor prevenir.
Ivanovich y Valentina se miraron en silencio. En ese cruce de miradas hubo miedo, orgullo y una aceptación dolorosa. No hicieron más preguntas. Asintieron.
Los padres adoptivos de Vladimir montaron sobre Carbonero, el caballo azabache de Igor, cuya presencia imponía respeto incluso entre los aldeanos que observaban desde lejos. Valentina se aferró con fuerza a la montura, mientras Ivanovich mantenía la vista al frente, como si temiera mirar atrás y no volver a reconocer su hogar. De pronto, tomó las riendas con firmeza.