Una vez reunidos en el gran salón, los miembros de la Patrulla Dorada ocuparon sus puestos alrededor de la mesa de piedra. Las antorchas encendidas proyectaban sombras alargadas sobre los muros, como si el Averno aún los siguiera incluso allí. El ambiente estaba cargado de cansancio, pero también de una determinación silenciosa.
—Lo que está ocurriendo ya no es una amenaza aislada —comenzó Igor, apoyando ambas manos sobre la mesa—. Los acontecimientos en el Bajo Mundo afectan directamente al plano terrenal. Debemos asumir que cualquier punto puede convertirse en un frente.
Los murmullos recorrieron la sala.
Fyodor tomó la palabra a continuación.
—Dividiremos las fuerzas. Un grupo patrullará los límites de la fortaleza día y noche. Otro se desplazará hacia las aldeas cercanas para mantener el orden y tranquilizar a la población.
—¿Y si los portales vuelven a abrirse? —preguntó uno de los capitanes.
Igor asintió con gravedad.
—Habrá un destacamento preparado exclusivamente para eso. Si el Averno intenta cruzar de nuevo, lo sabremos de inmediato.
Ekaterina observaba en silencio. Sabía que aquellas decisiones no solo eran tácticas, sino humanas. Cada nombre asignado a una patrulla implicaba riesgo, cansancio… y posibles pérdidas.
—No busquen gloria —añadió Igor con voz firme—. Busquen resistencia. Protejan a los inocentes. Y recuerden que, aunque no podamos ver el campo de batalla completo, nuestras acciones aquí siguen importando.
Los soldados asintieron uno a uno. La Patrulla Dorada no era invencible, pero estaba unida. Mientras el plan se definía y los grupos comenzaban a organizarse, todos compartían la misma sensación: la guerra ya no se libraba solo con espadas y magia, sino con vigilancia, sacrificio y decisiones que marcarían el destino de ambos mundos.
Cuatro días habían pasado, la patrulla dorada seguía al pie de la letra todas las órdenes de los capitanes, pero había algo que los tenía preocupados; Vladimir.
El plano terrenal estaba muy tranquilo y aunque era lo ideal, para los soldados no era buena señal.
En aquella montaña, bajo la paz del lugar, dominada por tan solo el canto del viento helado, los soldados tiritando de frío buscaban el modo de calentarse mientras que la joven rubia insistía en su intento por invocar a Helenka.
—¡Vamos! Sé que puedes escucharme, Helenka. —susurró —Por favor, déjanos pasar.
¡Hija! —habló Igor con la voz cansada —Debemos buscar un refugio o moriremos congelados al caer la noche.
Ekaterina dejó de insistir, se quedó inmóvil con la mirada fija en el suelo.
La joven soldado estaba perdida en sus pensamientos sintiendo una enorme necesidad de volver al averno por su amigo, pero debía descansar y resguardarse durante la noche.
Mientras que los soldados acampaban, en el bajo mundo la pelea interminable entre el bien y el mal no daba tregua. Aquella noche corría lentamente; el frío parecía susurrar los nombres de aquellos valientes soldados, la montaña parecía cobrar vida y observarlos desde su punto más alto. Ekaterina no lograba conciliar el sueño y el plano terrenal aparentaba estar sereno. Intempestivamente los soldados corrieron buscando más altura.
—Rápido! —Gritaba Igor —¡Ekaterina, sube!
La joven obedeció sin protestar, no preguntó la razón, pero un estridente ruido respondía su inquietud parcialmente.
Habiendo llegado a la cima, los soldados divisaron al tan temible errante seguido de Xalvator, quien poseía la forma de un cuervo gigante.
—¿Qué está pasando? —Cuestionaba estupefacta ante aquel suceso —¿qué es eso?
—¡Oigan! —habló Xalvator con firmeza —¿Qué hacen allí? ¡Lárguense!
Xalvator seguía enfrentándose al errante cuando los soldados avanzaron alejándose del lugar, pero hacía falta alguien: Ekaterina.
La joven había sido arrastrada por una mano grisácea con aspecto putrefacto hacia el averno. Por tal motivo, la patrulla dorada se armó de valor y planeó rescatarla.
Mientras tanto en el averno…
Ekaterina Seguía siendo arrastrada por un ente que no tenía una forma definida, sino que cambiaba constantemente. Parecía una nube espesa de color negro, aunque por momentos tenía extremidades largas, pero desaparecían por segundos. Los pasos de aquella entidad eran acompañados por un sonido de cadenas.
La joven, débil y adolorida no se movía. Tenía la cara empapada en sangre y su armadura estaba raspada por la fricción con las rocas.
«No puedo moverme» pensó «luego encontraré la forma de salir de aquí».
Con la vista nublada y la respiración entrecortada, Ekaterina se dejó arrastrar hacia una mazmorra hecha de huesos humanos, ubicada frente a la mazmorra de Vladimir, pues querían encerrarlo para usarlo como un arma contra el alto mundo.
De pronto, aquella entidad se detuvo dejándola encerrada y mientras caminaba de regreso a la salida, aquel sonido de cadenas arrastrándose se alejaba. Fue cuando Ekaterina pudo sentarse y observar detenidamente a su alrededor. A lo lejos pudo escuchar que Vladimir, aún con su forma demoníaca seguía peleando.