2 horas con 24 minutos y 13 segundos contados. No puedo dejar de contar las horas que me quedan para salir de este asqueroso manicomio y retomar mi vida.
Aunque no toda, tomando en cuenta que llegué aquí a los 10 años como una niña y salgo con 17 como una adolescente. Y sí, he pasado 7 años en esta pocilga.
Fui internada al ser diagnosticada con esquizofrenia paranoide.
Según la gente, yo era la loca del pueblo. Muchos me temían, pero no por tener "alucinaciones"; lo hacían porque, muy en el fondo de su ignorancia y prejuicios, sabían que todas las cosas que decía eran reales.
Muchos le temen a lo paranormal, a la oscuridad, a la naturaleza y a los asesinos.
Pero no saben que antes de siquiera presenciar cualquier tragedia en su vida, ya yo lo sabía.
Porque nací con el don de ver cosas que la mayoría de las personas no podían, y por eso terminé aquí, abandonada, a la espera de alguien que me pudiera sacar de este agujero.
"Que, por cierto, se han tardado", pienso mientras camino por las oscuras y viejas baldosas del manicomio Lágrimas de Ángel en dirección al comedor.
Viendo por el vidrio de las ventanas que pasan a mi costado cómo los árboles se mueven por la lluvia que se avecina, con curiosidad me acerco a la ventana más cercana al ver una sombra pasar; solo un reflejo poco perceptible.
Una cosa bastante frecuente es ver a las almas abandonadas rondar por ese entorno tan sombrío y lúgubre que son las cuatro paredes del Psiquiátrico Lágrimas de Ángel.
Camino hasta una de las ventanas y, al observar afuera, entra en mi rango de visión una cabellera castaña, de pie viendo al bosque, inconsciente de los sonidos de los animales alrededor que advierten sobre la tormenta que se avecina.
Una figura bastante familiar de una joven cubierta del cómodo material de una bata azul holgada, una prenda que proporciona el manicomio.
Me encamino hasta el frente del edificio en el primer piso, encontrándome con la puerta principal para salir. Con pasos lentos me dirijo al último lugar donde la vi.
"Está viva".
Y no solo eso, sino que, en este lugar, se puede llamar mi única amiga. Aunque ella sí está loca de verdad.
Llego y me detengo justo en el lugar donde ella estaba minutos antes, sintiendo el viento frío mover mi cabello.
Al mirar a mi alrededor, solo veo las ramas de los árboles sacudirse con fuerza y las hojas secas en el piso formar pequeños remolinos, moviéndose por toda el área.
El cielo estaba en un tono gris oscuro.
—Oh, Dios, Eris —me sobresalto al ser sacada abruptamente de mis pensamientos—. Hace mucho frío. ¿Qué haces acá afuera? —pregunta la chica.
Al voltear, me topo con una chica morocha de cabello largo y castaño; su rostro de aspecto común es adornado por pequeñas pecas esparcidas por sus regordetas mejillas, otorgándole una belleza adorable.
—Vi que estabas afuera, no deberías salir con este clima, Dalia —le reprocho al ver a mi alrededor a esos seres que tanto me arruinaron la vida.
—Oh, sí... —dice con un aire socarrón. Me volteo enseguida, analizando su expresión, y por su comportamiento deduzco que es Zoé.
—Entiendo, solo es una excusa para venir a visitar a tus amigos, ¿no? —dice mientras da pasos lentos en mi dirección.
—¿No sabes que estarás en problemas por salir a escondidas? La vieja loca esa de seguro te castigará en la habitación del diablo. Pero ella solo lo hace por tu bien.
—Si sales a ver a tus amigos, no valdrá la pena todo el esfuerzo que puso en ti, Eris. Es malo para tu salud mental, debes entender eso, cariño —dice con burla.
—No eres la indicada para opinar sobre salud mental, Zoé. Después de todo, tener un trastorno de identidad disociativo no es algo de lo que te puedas sentir mejor que nadie —critico y vuelvo mis pasos para dirigirme al edificio.
—Vamos adentro, aquí es peligroso —digo al ver cómo una docena de espíritus se acercan lentamente a nosotras.
—¡Jajaja! Eris, ¿por qué huyes de nuestros amigos? —grita histéricamente, siendo la personalidad más loca e insoportable de todas las que tiene Dalia.
Retrocedo más al ver cómo se distorsionan, desapareciendo y apareciendo más cerca de donde me encuentro, mientras que algunos se quedan inmóviles alrededor de Zoé, observándola. Y ahí es cuando lo siento.
El olor a muerte impregna mis fosas nasales, mientras que con arcadas retengo las náuseas que me causa toda esta situación.
"Ellos están cerca, y sé que pueden hacernos daño, sé que quieren hacernos daño...".
—¡Zoé, ven aquí ahora! —grito tratando de mantener la compostura, mientras veo que les faltan unos pocos pasos para llegar a mí. Escucho cómo grita y se inclina como si sintiera dolor.
—¡¡ZOÉ!! —grito preocupada; sin embargo, justo en ese momento siento que algo se abalanza hacia mí. Asustada retrocedo, pero caigo de espalda al suelo, haciendo que mis ojos se cierren por el golpe.
Abro los ojos al escuchar una estruendosa risa. Zoé se encontraba retorciéndose mientras reía a carcajadas a unos pasos de mí.
Su expresión era bastante terrorífica, su cara estaba desencajada.
Retrocedo aún en el suelo, llevando conmigo hojas secas debajo de mis manos, impactada por la escena.
Y me doy cuenta de que todos los espíritus que segundos antes estaban allí se habían esfumado.
—¡¡Qué demonios te pasa, Zoé!! —le grito al sentir la ira hirviente en mi sistema.
—Nada. ¿Qué puedo hacer yo, Eris? Tú más que nadie sabes que yo no puedo ver lo que tú ves, no tengo ese don de ver a los muertos o saber cuándo alguien va a morir. Yo solo improvisaba —ríe para luego pasar a mi lado, caminando hacia la puerta—. Te la pasas parloteando todo el día sobre el increíble don que Dios te dio, pero eres la primera en correr cuando algo así pasa. Y vaya sorpresa que me llevé. La vieja decrépita estará interesada en esta información. No te alejarás nunca de esto, Eris, ellos siempre estarán contigo —dice mientras ve detrás de mí.