El auto se detiene frente a una casa hogareña y pequeña, ideal para que habiten cinco personas. Es de un color blanco, con decoraciones en los bordes de las ventanas y la puerta de color marrón claro, junto al contraste del verde del pequeño jardín.
La casa donde pasé mi infancia. Buenos y malos momentos resucitan en mi mente, todo en cámara lenta. Es tan familiar y a la vez tan extraño, llenándome de una sensación contradictoria, sin saber si odiarlo o estar feliz por volver.
Camino hacia la entrada, viendo las casas de mis vecinos, recordando como en sus tiempos solían señalarme y acusarme.
Frente a una de las casas estaba una señora con una manguera de agua, regando las plantas, a verme se sorprende pero después deja la manguera y corre a su casa cerrando la puerta de golpe.
Siento un poco de incomodidad pero sacudo la cabeza restándole importancia y decido entrar, dentro era igual de acogedora: una chimenea, fotografías por todos lados, macetas con plantas... todo tal y como lo recordaba, solo que ya no era lo mismo.
En la sala, se encontraban dos jóvenes, ambos con un comando de juegos en las manos frente al televisor.
Cuando escuchan que la puerta principal se cierra, se levantan y caminan hacia nuestra dirección.
—Hija, bienvenida a casa, tu cuarto sigue siendo el mismo. Como ya creciste, hay algunas reglas que deberás seguir. Pero podemos hablar de eso más tarde —dice Ciro, mi padre.
Asiento con la cabeza y volteo a ver a los dos jóvenes.
Se veían diferentes, no como los recordaba, los dos no me quitaban la mirada de encima.
—¿Qué sucede? —pregunto mientras me adentro en la casa.
—Te ves diferente. Ahora te ves más gótica, supongo que ahora te gusta el metal alternativo —dice Rubén, mi hermano mayor, su mirada no dejaba de repasar mi rostro, el cual era ojeroso y pálido por no sentir la luz del sol — Y te ves más delgada, donde están tus cachetitos de marrana.
— Supongo que es culpa de todos los medicamentos y la falta de proteínas en los alimentos que aún me vea así —le respondo, sintiendo un poco de incomodidad por el escrutinio de las personas a mi alrededor—. Solo tengo que volver a comer bien para tener más masa muscular —digo mientras me toco el abdomen, sintiendo algunas de mis costillas.
—No será un problema, como estás en casa de nuevo, obviamente tenemos que cuidar de ti —dice Dante. En ese tiempo, digamos que era el que más me mostraba su apoyo.
—Bien, ve a desempacar, iré a cocinar algo para todos—dice Ciro revolviendo mi cabello antes de ir a la cocina.
Les dirijo una última mirada a mis hermanos antes de caminar hacia las escaleras para ir a mi habitación.
Me detengo al ver una puerta rosa con un cartel con mi nombre y plumas moradas alrededor, junto con pequeñas mariposas.
Si fuera antes lo amaría, pero ahora todo me parece tan colorido que me aturde. Con vergüenza quito el cartel y abro la puerta.
Al observar a mi alrededor, es como si entrara en otro mundo, un jodido mundo de Barbie.
Hago una mueca de asco. Creo que estar todos estos años en un lugar tan oscuro como el manicomio cambió algunas cosas en mí.
Me adentro en la habitación dejando la puerta abierta y me acerco al pequeño escritorio que se halla enfrente de una ventana con vista a la parte delantera de la casa.
Abro la ventana, viendo el sol brillar con fuerza, me hace suspirar de satisfacción, es muy diferente al clima siempre nublado del psiquiátrico.
Me agacho para luego posar mi mano derecha debajo del escritorio; al arrastrarla en la parte de abajo, toco un objeto. Lo tomo entre mis manos y suspiro.
"Es el bloc de dibujo."
Me coloco de pie con el bloc entre mis manos para luego sentarme sobre el cómodo colchón de la cama.
"Es real, es real, es real."
No puedo parar de repetir esa frase en mi mente; que todo lo que pasó no fue un mal sueño. Y me odio, porque después de tantos años, aún sigo temiendo.
Temiéndole a eso...
Con manos temblorosas abro lentamente el bloc, pero en segundos me arrepiento.
Allí estaba: la figura mal dibujada de un ser que no parece ni hombre ni mujer, entre árboles de hojas secas, coloreado a crayón negro. Todo su ser gritaba peligro. Por muy mal dibujado que estuviera, la viva imagen que fue grabada en mi mente por esos acontecimientos pasados hace que recuerde que siempre estuvo conmigo, pero ahora el miedo incrementó.
Después de enfrentarlo junto a Dalia, nunca lo volví a ver, nunca lo volví a sentir. Pero lo siento; siento su presencia como aquella vez, y me aterra saber que aún no se ha ido. Sus oscuras cuencas, carentes de todo sentimiento, son como ver la oscuridad en medio de la luz; es como si no hubiera habido luz en primer lugar.
La oscuridad emana de él, tentando absorber hasta la última gota de vida de todo aquel ser que cerca estuviese.
"Bienvenida a casa, Eris", se halla escrito a rojo sangre sobre la hoja, con una exquisita caligrafía.
Un escalofrío me recorre el cuerpo entero. El miedo y la desesperación me inundan, sin poder recobrar la cordura en un buen tiempo.
Siento terror puro al escuchar un golpeteo a mi lado.
—¿Eris?
Rápidamente me giro, encontrándome con Ciro, ese ser que con su amor y el de mi madre pudieron darme vida. Él me mira de una forma extraña, analizando mi expresión, dirigiendo la mirada al bloc que llevo entre las manos y a mi rostro.
—¿Estás bien?
Y allí es cuando caigo en la cuenta. Mi rostro se siente húmedo y frío; al levantar la mano dirigiéndola a este, siento un líquido al contacto con mis dedos. Estaba llorando.
—¿Eris, hija? Me preocupas. ¿Qué es eso? —pregunta, y antes de siquiera reaccionar, él ya tenía entre sus manos el bloc que anteriormente cargaba yo.
Su rostro se contrajo violentamente al observar lo que había en él.
—¿En serio te tengo que devolver a ese lugar, Eris?
—¿Qué...? —no puedo reaccionar, estoy en shock, sigo estando en esa burbuja de miedo. Ni siquiera puedo escuchar lo que dice.