Aquel día, en que desperté y el sofá, con una voz que más bien parecía el eco de los años y el polvo acumulado en sus entrañas, me pidió que lo dejara en paz, marcó el inicio de uno de los tormentos más grandes de mi vida, era una mañana de esas que llaman perezosas, en las que uno cree que no tiene nada que hacer y que el tiempo se estirará como un gato bajo el sol, sin embargo, al ver el sofá, tan acogedor y solitario en el salón, me dejé caer en él como tantas otras veces, para entregarme a la rutina de ver películas que ya ni recordaba. De pronto, como si se tratara de un susurro llevado por el viento que se cuela por las rendijas de las ventanas cerradas, llegó a mí, proveniente del sofá que ya contaba más de quince años de servicios y confidencias, un mensaje casi telepático:
--¿Podrías hoy dejarme quieto?... yo también tengo derecho a descansar.--
Ante tal declaración, mi primera reacción fue pensar en una broma pesada, quizás de esos compañeros de trabajo que gustan de hacer el humor a costa de los demás, imaginé cámaras ocultas, pequeñas bocinas instaladas en algún rincón inverosímil del apartamento, y me lancé a una búsqueda frenética, que acabó sin hallazgos, sin cámaras ni micrófonos, solo el eco de mi propia respiración agitada en el silencio del apartamento. Me pregunté entonces si estaría perdiendo la razón, aunque me sentía tan coherente como siempre, no violento, aunque sí notablemente perturbado por la idea de que un objeto inerte hubiera decidido comunicarse conmigo. Empecé a sospechar que todo a mi alrededor había caído en un estado inanimado de vida, como si las moléculas se hubieran conjurado para hablar conmigo, dirigirse de tú a tú a este viejo científico y escritor de historias que pocos leían y aún menos recordaban. Pero no, no era un delirio, el sofá realmente había hablado, sus palabras eran claras y llenas de un desgano que pedía un respiro, así que, ni lento ni perezoso, opté por la silla del balcón frente al mar, buscando un poco de consuelo o quizás escape, y apenas me había acomodado cuando también la silla, con un tono que no admitía réplicas, me espetó:
--No creas que estoy contenta como el señor sofá de cómo nos tratas!--
Y ahí estaba yo, entre el sofá y la silla, mediando en una insólita disputa entre muebles que hasta ese día habían sido mudos testigos de mi existencia y que ahora, por alguna razón incomprensible, habían encontrado su voz para reprocharme. Era, sin duda, un giro inesperado en la rutina de mi vida.
A la verdad, que la silla frente al mar tenía razón. Usualmente, la arrastro hasta el borde de mi propiedad para tener una vista más abarcadora del mar, y quizás, cuando la arrastro, sus pies lo sienten, y no solo cuando se sientan ciento ochenta libras de carne sobre ella. En mi confusión sobre lo que estaba pasando, y sin siquiera darme cuenta de que estaba entrando en un diálogo con un objeto inanimado, le pregunté a la silla:
--¿Qué es lo que te molesta de mí?...
--Te tiras encima, me arrastras como si fuera una mula, te mueves de lado a lado, a veces se te escapa un gas del intestino, todo esto sin tener en consideración que yo también tengo una vida finita…-- respondió ella con una sinceridad que más parecía reproche.
A lo que, inmediatamente, pensé: ¿Me estaré volviendo loco? Necesitaré ayuda después de tantos años de soledad viviendo solo. Todo esto me pasaba por la mente cuando decidí contestarle a la silla, quizás con menos tacto del que hubiera sido deseable:
--Bueno, tú estás en este mundo para que nosotros te hagamos esas cosas—
--Sí, es verdad, pero si sigues con esas manías tuyas y no me tomas en consideración, te verás pronto comprando una silla más moderna que yo, y eso desata una envidia de mi parte—
--¿Envidia?... ¿Pero de qué estás hablando?, ¿ahora estamos en una polémica de pecados veniales con un trozo de madera y colchón usado?— Creo que me excedí en mi comentario, a lo que la silla replicó:
--Si así es como me ves, ¿para qué me tienes y luego invitas a tus amigotes a que se sienten encima de mí haciéndote el gran humano que crees que eres?
Y así, mientras el día se iba desvaneciendo y el sol comenzaba a ocultarse tras el horizonte marino, me encontraba yo, atrapado en una inesperada y profunda disquisición moral con mi silla del balcón, una silla que hasta ese momento había sido sólo un objeto, un simple utensilio de mi cotidianidad, y que ahora, de repente, parecía haber cobrado una vida propia, una voz propia, una conciencia propia, y con ella, un cúmulo de quejas y descontentos que nunca habría imaginado que pudieran existir en el corazón, si es que tenía corazón esa silla.
De modo que si el sofá y la silla habían decidido tomarse unas vacaciones de las labores para las cuales estaban destinadas, como quien dice, me vi obligado a buscar otra forma de pasar el tiempo, así que me puse un pantalón corto y decidí darme un paseo por la costa, contemplando el horizonte que se extendía vasto e indiferente ante mis pequeñas tribulaciones domésticas. Tan pronto como me calcé las zapatillas de caminar, no hice más que dar unos pasos cuando sentí que algo protestaba bajo mis pies, y en una voz algo sofocada por el esfuerzo de hacerse oír a través de la tela y el caucho, me llegó el comentario:
--No te pusiste desodorante en los pies, de esa forma no puedo bregar con ese impenetrable olor tan fuerte a sicote, ¿qué es lo que te crees?—
Resulta que ahora también las zapatillas habían cobrado voz y se mostraban rebeldes porque se me había olvidado aplicar el desodorante para pies, esa necesidad surgida no por vanidad sino por una condición crónica que me aquejaba desde niño, un olor a sicote árido y penetrante que podría ser detectado a media milla de distancia en un día ventoso. Normalmente, me aplico un desodorante en aerosol en los pies antes de enfundarlos en medias y zapatillas, pero en esta ocasión, las prisas o la distracción me habían traicionado. Las medias, atrapadas como estaban entre los pies y los zapatos, no parecían importarles demasiado o quizás, como prisioneras sin posibilidad de escape, no tenían cómo alzar su voz de protesta. Pero ahí estaba yo de nuevo, escuchando cómo mis propios zapatos me daban instrucciones, recordándome hacer algo que habitualmente hago pero que en esta ocasión había olvidado. Ni corto ni perezoso, me quité las zapatillas junto con las medias, me apliqué el contrallado desodorante y me calcé de nuevo la ropa de los pies para ver si así lograba emprender la caminata sin más interrupciones. Me preguntaba si acaso las palmeras decidirían hablarme también, pero las zapatillas, después de agradecerme por haber atendido a su reclamo, me aseguraron que las palmas, al no vivir conmigo, no tenían problemas y no necesitaban dirigirme la palabra. Eso me causa cierta paz interna, no quería sostener una conversación con cuanta cosa me topara en la vida.
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vida despues de la muerte, objetos que cobran vida, soledad y vejez
Editado: 12.08.2026