Alina cerró la pastelería antes de lo habitual, tal como Ezra le había pedido. Pero lo que no le había dicho era que no iría directamente a casa.
Asegurándose de que él no estuviera merodeando, tomó su mochila, metió dentro un pequeño cuaderno, su celular y un spray de defensa personal que había comprado días antes sin contárselo a nadie.
No pensaba quedarse esperando.
No pensaba tener miedo.
Caminó por las calles del centro, sus pasos ágiles, la mirada alerta. Había algo en las notas del acosador que no dejaba de darle vueltas… no por el contenido, sino por los detalles.
La caligrafía.
La tinta.
El olor.
Uno de los sobres tenía un sello con forma de hoja de laurel. Lo había visto antes. En una pequeña librería de artículos de papel artesanal, a dos cuadras de su negocio.
Entró, sonriendo con educación al dependiente.
—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó el joven detrás del mostrador.
Ella sacó una nota de su cuaderno:
“Estoy buscando este tipo de papel.”
Y le mostró uno de los mensajes.
El dependiente lo tomó, lo examinó.
—Ah, sí. Este lo vendemos solo en sets de lujo. Papel italiano, perfumado, viene con sobres a juego. No es barato. Solo unas pocas personas lo compran.
Ella escribió:
“¿Puedo ver quiénes lo compraron recientemente?”
Él dudó, pero luego bajó la voz:
—Podría… si prometés no decir que te lo dije. Es información delicada.
Ella asintió con una sonrisa cómplice.
Él sacó un cuaderno viejo, revisó unas páginas.
—Tres nombres en las últimas semanas: una profesora de literatura, un hombre que hace caligrafía artística… y este otro.
Le mostró un nombre.
"Raúl Méndez."
Ella lo anotó en su libreta.
—¿Te suena? —preguntó él.
Ella negó… pero el nombre no le era del todo desconocido. Algo vibró en su memoria. ¿Lo había escuchado en la panadería? ¿O era uno de los que venía seguido… y se quedaba más tiempo del necesario?
Apretó la libreta contra su pecho y se despidió.
Esa noche, Alina no durmió. Se sentó en su sofá, rodeada de papeles, cruzando nombres, fechas, pequeños recuerdos. Alguien la estaba observando. Pero ella también estaba mirando.
Desde otra parte de la ciudad, Ezra hacía lo mismo. Estaba en su oficina, solo, revisando grabaciones de las cámaras de seguridad cercanas a la pastelería. Había notado un rostro repetido en varios días.
—Te voy a encontrar, hijo de puta —murmuró entre dientes, los ojos fijos en la pantalla.
Dos caminos.
Dos formas de buscar la verdad.
Sin saber que, muy pronto, ambos se cruzarían.