Capítulo 45.
Baile de Alabanza
Justo como habían descrito, un gran escenario había sido construido en la explanada frente al Tenshukaku, a un lado de la Estatua del Dios Omnipresente. En este se presentaría una serie de espectáculos artísticos, siendo el principal y más sonado el que realizarían las Sacerdotisas del Santuario Narukami. Tan sonado y esperado que, para cuando Kazuha, Ayaka y sus acompañantes llegaron a la explanada, se encontraron con la no tan agradable sorpresa de que ya estaba bastante concurrida. Tanto así que desde los últimos puestos a los que habían llegado, apenas se apreciaba el escenario.
—Hay más gente de la que me esperaba —masculló Ayaka con algo de pesar—. No alcanzaremos a ver mucho desde aquí.
Intentó mantener una actitud serena, pero su desasosiego fue más que evidente, a pesar de su máscara; en especial para Kazuha. Pero no podía quejarse demasiado. Quizás siendo una Kamisato estaba un poco más acostumbrada a tener lugares de honor, pero esa noche no era una Kamisato. Así que si quería ser una asistente normal del festival, tendría que aceptar las limitaciones que esto conllevaba.
O, quizás, no…
—No hay problema, amiga Aya —declaró de pronto Itto con bastante, y sospechosa, convicción—. Déjanoslo a nosotros.
—¿Eh? —musitó Ayaka, confundida.
Itto entrelazó sus manos, tronó sus dedos estirando sus brazos hacia el frente y, de pronto, para asombro de Sara, Ayaka y Kazuha, comenzó a hacer a un lado a las personas usando sus fuertes brazos, abriendo un camino para todos mientras avanzaba.
—¡A un lado! ¡Abran paso! —exclamaba Itto en alto mientras avanzaba—. ¡La Banda Arataki está pasando! ¡No se queden ahí parados y ayúdenme ustedes tres!
Akira, Genta y Mamoru soltaron al unísono un largo suspiro de resignación. Y sin detenerse a objetar ni un segundo, hicieron justo lo que su líder les decía, siguiéndolo y abriéndose paso de una forma un tanto más agresiva de lo debido.
—¡Oigan! —exclamó Sara, sorprendida y molesta por lo que veían sus ojos—. ¡No hagan eso! —Se adelantó rápidamente para intentar detenerlos, pero se entretuvo mucho más en irse disculpando solemnemente con cada persona empujada—. Disculpen, por favor. Disculpen…
Ayaka y Kazuha se quedaron atrás unos momentos, un tanto vacilantes sobre qué debían hacer. Ayaka miró a su acompañante en busca de alguna respuesta a su silenciosa pregunta. Kazuha simplemente sonrió divertido y se encogió de hombros. Tomó a Ayaka por la mano, y ambos comenzaron a avanzar por el hueco entre la multitud que los demás abrían.
Se podían criticar los métodos de Itto, pero no sus resultados. Al final lograron colocarse en un puesto más adelante, bastante cerca del escenario en realidad.
—Mucho mejor, ¿verdad? —exclamó Itto con orgullo, cruzándose de brazos y alzando la barbilla.
—Esa conducta fue inaceptable —le recriminó Sara a su lado.
—Ya, ni que hubieras golpeado a alguien —se defendió Itto con indiferencia—. ¿Cierto, amigo Kazuha?
Itto se giró en ese momento hacia el espadachín a su otro lado, en busca de su apoyo. No tuvo suerte, sin embargo. Pero no tanto porque Kazuha no quisiera hacerlo, sino porque su atención se encontraba completamente fija en otra cosa…
Al haber avanzado tanto hacia el frente, no solo quedaron lo bastante cerca del escenario, sino también de la estatua del Dios Omnipresente, iluminada esa noche por varias hogueras a su alrededor, cuya luz anaranjada bañaba la estructura del gran monumento. Y quizás eran imaginaciones de Kazuha, o un efecto de la luz, pero le pareció ver que algunas de las visiones, que tan grotescamente adornaban la estatua, brillaban de vez en cuando como pequeñas estrellas.
A la mente de Kazuha vino su primer día de regreso a la ciudad de Inazuma, y cómo el ir a ver ese sitio fue lo primero que Tomo había querido hacer al llegar. Su amigo no fue nada discreto con el descontento que aquella estatua le generaba. Y para esos momentos, Kazuha mentiría si dijera que no compartía gran parte de ese mismo sentimiento.
Ayaka, de pie a su lado y aún sujeta a su mano, por supuesto notó lo que Kazuha veía, y la expresión seria que se asomaba desde debajo del antifaz de mapache. Estaba por preguntarle qué pasaba, pero Itto se le adelantó, hablando primero.
—A ti también te molesta esa maldita estatua, ¿eh? —masculló el Oni con dureza, inclinando un poco su cuerpo para acercar más el rostro a su altura—. Ver todas esas visiones robadas, exhibidas como premios, es desagradable. ¿No te parece?
Antes de responder cualquier cosa, Kazuha miró discretamente de reojo en dirección a donde la General Kujou se encontraba. Por suerte, ella igual parecía haberse distraído con otra cosa, disculpándose con algunas de las otras personas entre la multitud por el comportamiento de Itto. No parecía haber escuchado lo que este acababa de decir, por suerte.
Kazuha volvió de nuevo su atención hacia Itto.
—Será mejor que no digas eso en voz alta —le susurró discretamente—. En especial cuando estés cerca de esa mujer.
—¿Quién? ¿Sara-chan? —preguntó curioso, mirando sobre su hombro de forma nada disimulada hacia la mujer de cabellos oscuros—. ¿Por qué lo dices?