Capítulo 46.
Fuegos Artificiales
Kazuha guio a Ayaka lejos de la multitud del escenario, internándose de nuevo en las calles de la ciudad. Pasaron de largo los puestos y las luces del festival, hasta llegar a un callejón solitario entre dos edificios en el que pudieran esconderse unos momentos. Ambos pegaron sus espaldas contra la pared, y Kazuha se asomó hacia el exterior, solo lo suficiente para poder cerciorarse de que nadie los seguía. Todo se veía despejado; ningún guardia Tenryou a la vista, ni tampoco parecía que Itto o alguno de sus amigos los hubiera seguido.
—Creo que estamos a salvo —le informó a su acompañante, mientras se levantaba su antifaz de mapache.
—Espero que eso no haya sido demasiado sospechoso —comentó Ayaka, aprovechando también para retirarse un momento su máscara.
—No había de otra, supongo —respondió Kazuha, encogiéndose de hombros.
Ambos se quedaron de pronto en silencio. Kazuha siguió mirando un poco hacia la calle, solo para estar un poco más seguro. De pronto, la quietud y el silencio del callejón se vieron interrumpidas por la repentina risa que brotó de los labios de Ayaka. Este cambio tan repentino desconcertó un poco a Kazuha, que de inmediato se giró a mirarla. La joven peliazul sonreía ampliamente, sus mejillas ligeramente sonrosadas.
—¿A qué se debe tu risa? —preguntó Kazuha, curioso.
—Esta noche ha sido grandiosa —declaró Ayaka con voz ferviente—. No creo haberme divertido tanto en… No sé qué tanto tiempo. Tal vez nunca.
—Me alegra escuchar eso —comentó Kazuha, sonriendo—. Pero aún no termina, ¿cierto?
—Bueno, casi —señaló Ayaka con algo de tristeza, alzando su mirada—. Creo que ya falta poco para que lancen los fuegos artificiales, y ese es el último espectáculo grande de esta noche. Luego de eso, la mayoría de los puestos cerrarán, y solo quedarán abiertos los bares y quizás algunos puestos de comidas, nada más.
Kazuha levantó igualmente la vista en la misma dirección que ella. Un cielo enteramente estrellado se cernía sobre sus cabezas.
—Si es así, me parece entonces que debemos buscar un lugar elevado para poder verlos mejor —propuso el espadachín.
—¿Los fuegos artificiales? Sí, eso sería lo mejor —secundó Ayaka—. ¿Qué tal ahí arriba?
Ayaka señaló hacia un edificio de tres pisos que había más abajo por la calle. Si Ayaka no estaba más, era una casa de huéspedes; muy costosa, de hecho, en especial por su increíble ubicación sobre la calle principal.
—Aunque quizás está demasiado alto, ¿verdad? —añadió Ayaka, dudosa.
Lo estaba, ciertamente. Los edificios de tres pisos, o incluso más que esos, eran muy raros por ahí. Pero por lo mismo, era el sitio perfecto en la opinión de Kazuha.
—Funcionará —indicó Kazuha con una sonrisa confiada.
De forma repentina, se acercó a Ayaka y la rodeó por los hombros con un brazo, atrayéndola de nuevo contra él. De nuevo el rostro de la Princesa Garza se tornó totalmente rojo, y en esa ocasión no tenía su máscara para protegerla.
—Sujétate —pronunció a continuación el espadachín vagabundo con seriedad. Y en su siguiente movimiento, su otro brazo bajó hasta la parte trasera de las piernas de Ayaka, y la jaló de tal forma que sus pies dejaron el suelo. Y en menos de un parpadeo, de la nada la joven de cabellos azules se encontraba ahora siendo cargada en los brazos del espadachín.
—¿Eh? —musitó Ayaka, desconcertada y confundida sobre qué había ocurrido con exactitud.
Al siguiente instante, una energía turquesa los envolvió a los dos, acompañada de una ráfaga de viento que los rodeó como un pequeño tornado. Kazuha flexionó las rodillas y dio un repentino salto, elevándose en el aire con todo y Ayaka varios metros, impulsado por la fuerza del viento.
Ayaka ahogó un quejido de sorpresa, pero no pudo evitar aferrarse con firmeza al cuello de Kazuha con sus brazos y mirar hacia abajo, notando cómo el suelo se alejaba.
Ambos se elevaron por encima hasta un metro por encima del edificio de tres pisos que había elegido, e inmediatamente después comenzaron a descender lentamente, como una hoja en el aire, hasta que los pies de Kazuha se posaron con delicadeza sobre las tejas del techo.
—Eso fue un poco arriesgado —le recriminó Ayaka con ligero puchero en su voz—. ¿Y si alguien te viera?
—Nadie lo hizo, por suerte —le respondió Kazuha con una sonrisita despreocupada, justo antes de bajarla con cuidado para que ella también pudiera pararse en el techo.
Ayaka se paró, sintiéndose aún algo molesta por el acto tan repentino e innecesariamente temerario. Echó un vistazo a la calle, y por suerte esta se encontraba relativamente vacía. La mayoría de la gente debía seguir cerca del escenario.
La Princesa Garza dejó escapar un largo y profundo suspiro de resignación. Lo hecho, hecho estaba, así que no valía la pena molestarse por ello. Además, mirando al cielo desde esa posición, dejaba totalmente en evidencia que habían tenido razón: la vista desde ahí sería espectacular.
Sin más que discutir, ambos se sentaron uno al lado del otro sobre aquel tejado, a aguardar que el espectáculo comenzara.