Capítulo 47.
Una Desgracia
Mientras Kazuha y Ayaka terminaban la noche sumidos en su intimidad, afuera el festival también estaba terminando, y las calles se iban vaciando. Para la mayoría de los asistentes, la noche había sido maravillosa; quizás no al nivel de cómo había sido para la Princesa Garza y su espadachín vagabundo, pero lo suficiente para que todos tuvieran una opinión positiva del evento.
En el caso del samurái errante, Tomo, su noche había sido un poco más convencional. Sin mucho interés real en los espectáculos y la comida, y sorprendentemente tampoco por visitar el distrito rojo, decidió pasar esa noche en la primera cantina que se cruzó, bebiendo y riendo con algunos desconocidos que ahí se encontraban y que al parecer compartían su interés por tener el mismo tipo de velada.
Al final terminó sentado en una mesa con seis de estos amistosos comensales. Y, contagiados por el espíritu festivo, entre todos se bebieron botella tras botella de sake, y estuvieron contándose historias de aventuras o viajes pasados; la mayoría de seguro falsas, pero al menos en el caso de Tomo iban sazonadas con bastante dosis de verdad.
No era la forma más glamurosa de pasar la noche, pero para Tomo y sus seis desconocidos acompañantes, resultó bastante agradable.
Ya cuando era algo tarde, y se notaba que las festividades de afuera se habían apagado, Tomo decidió que era momento de retirarse. Después de que uno de aquellos hombres terminara su historia sobre cómo había derrotado a un Sabueso Acechador con sus propias manos, todos rieron, se empinaron sus copas de sake hasta el fondo, y entonces Tomo se puso de pie y acomodó su espada en su cinturón.
—Bueno, fue un placer haber pasado esta noche con ustedes, agradables caballeros —aclamó con entusiasmo, girándose una última vez hacia sus compañeros de bebida—. Pero me temo que es hora de que me retire. Mañana me espera un largo viaje.
—A tu salud, Tomo —pronunció alegre uno de los hombres en la mesa, alzando su copa hacia él.
—Oye, solo mis amigos me llaman Tomo —le respondió con repentina seriedad, señalándolo—. Así que… ¡Por supuesto que ustedes pueden hacerlo! —exclamó con fuerza, provocando que los demás se soltaran riendo.
Tomo se tomó el atrevimiento de tomar otra de las copas ya servidas de la mesa, y la alzó hacia los demás.
—¡A su salud! Que la sigan pasando bien.
Los hombres le respondieron su gesto, y todos bebieron de nuevo.
Una vez se terminó ese último trago, Tomo se dirigió ahora sí a la salida, y de ahí a andar con paso relajado por las calles de la ciudad, mientras tarareaba en voz baja una alegre canción que solo él conocía.
Las calles ya se encontraban casi vacías para esos momentos. Algunos de los puestos ya habían cerrado, pero algunos aún seguían atendiendo a los últimos transeúntes que aún rondaban por ahí; la mayoría bastante pasados de copas como él mismo, de seguro.
—Qué agradable noche —musitó Tomo, mirando con una sonrisa hacia el cielo estrellado sobre él—. Espero que a Kazuha le haya ido tan bien como a mí. No, más bien espero que a él le haya ido mucho mejor que a mí.
Lamentablemente, esa "agradable" noche estaba a punto de tornarse un poco menos acogedora.
Mientras avanzaba, no pasó desapercibida para Tomo la presencia de alguien observándolo y siguiéndolo entre los callejones adyacentes a la calle por la que avanzaba. Una sensación que, para su desgracia, ya era bastante familiar para él.
Tomo suspiró con ligero fastidio. «La noche iba tan bien, ¿por qué tenían que arruinármela de esa forma?»
Más le valía a su acosador ser un simple ladrón, porque si era otro de los espías de Kamisato Ayato importunándolo, haría cumplir sin chistar su promesa de ya no contenerse ni un poco.
Aceleró abruptamente el paso, tomando desprevenido a su perseguidor, que vaciló por más segundos de los esperados antes de poder reaccionar y comenzar a moverse también. Ese corto tiempo fue lo que a Tomo le bastó para adelantarse, meterse en el interior de un estrecho callejón y perderse entre sus sombras.
No tuvo que esperar mucho antes de que su no tan hábil acosador, cabía mencionar, se adentrara en el mismo callejón detrás de él y frenara de golpe al no verlo por ningún lado, sin notar que estaba prácticamente oculto a su costado.
Si era un espía, definitivamente no era de los mejores. Pero estaba bien, pues Tomo no estaba de humor para dificultades innecesarias.
En cuanto aquella persona, cubierta con una larga capa opaca de viaje, ingresó lo debido en el callejón, Tomo salió de entre las sombras justo detrás de él, acorralándolo. Y antes de que pudiera reaccionar y girarse hacia él, Tomo se lanzó hacia esa persona, lo tomó con un fuerte agarre y lo sometió con violencia contra uno de los muros, torciéndole la muñeca sin ningún miramiento y presionando además su cabeza con la otra mano contra la pared. Su perseguidor gimió de dolor, con su mejilla aplanada contra el muro.
—Podré estar un poco ebrio, pero no lo suficiente para entorpecer mis instintos —masculló Tomo con voz amenazante, cerca del oído de su acosador—. Así que dime, ¿quién te envió? ¿De nuevo ese obstinado de Kamisato Ayato? Eres bastante descuidado, así que dudo que seas un ninja.