Volando al Viento [ Genshin Impact ]

Capítulo 48. Estamos en Guerra

Capítulo 48.
Estamos en Guerra

Sara y Kamaji arribaron de inmediato a los cuarteles de la Comisión Tenryou. Había una gran conmoción, significativa considerando la hora que era. Se encontraron con parte de los soldados recién llegados y sus caballos en el patio principal de los cuarteles, pero no había rastro aparente de Masahito. Sara preguntó con alarma por su hermano, y uno de los hombres les indicó que estaba adentro con el comisionado.

Si acaso a alguno de los dos le quedaba alguna duda de que algo había ocurrido, aquello terminó de confirmárselos. Su hermano mayor arribaba repentinamente y sin aviso, y lo primero que hacía era ir directo a hablar con su padre. Debía tratarse de algo grave.

Pero no había tiempo para sacar conjeturas, por lo que de inmediato los dos hijos Kujou se dirigieron al interior de los cuarteles, y luego hacia la oficina privada de su padre. Al ingresar a esta, ambos se encontraron a las dos personas que buscaban. Takayuki se encontraba sentado en el suelo con su espalda recta y su espada a un lado. Masahito estaba sentado ante él, dándole la espalda a la puerta. Cuando escuchó que esta se abría, el mayor de los hijos Kujou se giró a mirarlos. No llevaba su casco puesto, por lo que Sara y Kamaji pudieron notar que tenía gran parte de la cabeza rodeada por gruesos vendajes blancos, en los cuales se percibía un pequeño rastro de rojo que se filtraba desde abajo.

Aquello alteró aún más los nervios de ambos.

—Hermano, ¿qué ocurrió? —preguntó Kamaji, preocupado, y se aproximó presuroso hacia él.

—¿Qué otra cosa? —exclamó su padre con furia—. Esos alborotadores de Watatsumi; eso pasó.

—No tenemos claro si se trató de la gente de Sangonomiya —recalcó Masahito rápidamente con severidad, girándose hacia su padre. Sin embargo, casi de inmediato agachó la cabeza, abatido—. Pero… ocurrió un incidente en Yashiori —explicó en voz baja.

Kamaji y Sara tomaron de inmediato asiento a un lado de su hermano, y lo observaron atentos, expectantes por escucharlo. No había pasado mucho tiempo de su llegada, por lo que a su padre muy seguramente le había dado una versión resumida, quizás solo una introducción. Pero ahora que estaban los cuatro reunidos, le tocaba entrar más en detalle de cuál había sido ese “incidente” del que hablaba.

—Un grupo numeroso de pescadores y aldeanos se reunió en un pueblo al este de la isla. Estaban realizando una manifestación pública de inconformidad, supuestamente pacífica. Nosotros estábamos ahí presentes mayormente para mantener el orden, pero nos volvimos de un momento a otro en el blanco de sus gritos y quejas. Yo exhorté a mis hombres a mantener la calma y no dejarse provocar. Y por un buen rato así se mantuvo… pero…

Masahito guardó silencio, y su expresión se contrajo en una expresión que parecía casi dolorosa.

—¿Pero qué? —insistió Sara, inclinándose hacia él, acercando su rostro al suyo para intentar verlo a los ojos—. Hermano, ¿qué fue lo que pasó?

Masahito alzó levemente su mirada hacia ella, vacilante de cómo responder a su pregunta.

— — — —

Como prometió, Tomo guio a sus repentinos visitantes hacia el sitio en el que Kazuha y él habían estado acampando durante todos esos días. Era un pequeño claro en el bosque, oculto y lejos de los caminos principales. Kazuha no se encontraba ahí, y no había señales de que hubiera regresado en todo el día. Hasta hace un momento, el primer pensamiento de Tomo hubiera sido que aquello significaba que en verdad le había ido bien esa noche. Pero con todo ese giro inesperado de acontecimientos, ya no podía estar seguro de nada. Solo podía tener fe en que en efecto fuera lo primero.

Mientras el hombre de Sangonomiya al que había sorprendido siguiéndolo, cuyo nombre ahora sabía que era Kaida, encendía un fuego para alumbrarlos y mantenerlos calientes, Kokomi y Gorou le contaban a Tomo la situación. Los tres se sentaron sobre las raíces sobresalidas del gran árbol bajo el que se encontraban refugiados. Su historia, precisamente, era un reflejo del mismo incidente que Kujou Masahito se encontraba narrando a sus hermanos y padre, pero visto desde otra perspectiva.

—Parte de mi gente estaba ahí para vigilar y cuidar que las cosas no se salieran de control —declaró Kokomi con seriedad. Tama se había tomado el atrevimiento de reposar sobre las piernas de la sacerdotisa, y esta la acariciaba suavemente mientras hablaba—. Les recalcamos repetidas veces a los pobladores que no le convenía a nadie que las cosas escalaran a un conflicto físico. Que de ser así, el comisionado Kujou no dudaría en soltar sus fuerzas contra ellos. Pero mientras todo se mantuviera en el terreno de la desobediencia pacífica, no se atreverían a realizar cualquier acción agresiva en su contra, pues hacerlo les sería perjudicial.

Kokomi agachó la cabeza reflexiva hacia el fuego ya encendido de la fogata. Sus manos se deslizaban por el suave pelaje de la gatita en sus piernas que, a diferencia del resto, al parecer estaba lo suficientemente despreocupada como para tomar una siesta.

—Las cosas se fueron calentando un poco conforme la tarde avanzó, pero nada que no se pudiera controlar —prosiguió—. O eso pensábamos al menos. Pero el caos se desató cerca del ocaso. Alguien provocó que aquello explotara, literal y figurativamente. Hubo una pequeña explosión y varios heridos. Luego se suscitó un incendio que se propagó por los edificios del puerto. Y para cuando nos dimos cuenta, aldeanos y soldados Tenryou se encontraban peleando entre ellos. Fue horrible…




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