Capítulo 50.
Atentado
Los cuarteles de la Comisión Tenryou estaban en alerta desde muy temprano. Siguiendo las instrucciones de su padre, Sara estuvo movilizando desde la noche anterior a sus hombres, tanto la guardia de la ciudad como los pelotones de reserva, para preparar las unidades cuya misión sería viajar lo antes posible a Yashiori y recobrar el orden.
Kamaji, por su parte, había mandado comunicados urgentes a todos sus detectives e investigadores en Yashiori para que llevaran a cabo una investigación a fondo de los hechos ocurridos en la isla y transmitieran a la brevedad reportes detallados con sus averiguaciones. Sería complicado coordinar toda la investigación desde la capital, pero no podía darse el lujo de dejar la ciudad en esos momentos. Debía confiar en sus investigadores, y en que encontrarían algo, cualquier cosa, que diera una luz en tan desastrosos sucesos.
Por último, Masahito tenía el privilegio de poder descansar, tras toda su labor en Yashiori, el largo viaje que tuvo que hacer en solo unos pocos días y la herida que tenía en la cabeza que, con todo el ajetreo, no había logrado curarse todavía. Él había dicho que quería apoyar a sus hermanos, preparar las tropas que irían a Yashiori e incluso volver con ellos a la isla. Sin embargo, su padre había insistido en que reposara; que había hecho bastante, y que lo necesitaba fuerte y de pie pronto, para dirigir la guerra que estaba por comenzar.
Aunque no le agradaba mucho que su padre hablara así de “la guerra que estaba por comenzar”, Masahito le tomó la palabra y decidió quedarse y descansar. Pasara lo que pasara a continuación, con guerra o sin ella, tenía que estar listo.
Y con respecto a Takayuki, bueno, él ya había hecho sus propios planes.
—¿Usted mismo irá a Yashiori, padre? —preguntó Sara con desconcierto, mientras tanto ella como el comisionado caminaban juntos por los patios del cuartel, donde un grupo de nuevos cadetes entrenaban con sus lanzas. Las presencias de la general y el comisionado mismos obligaron a los cadetes e instructores a redoblar los esfuerzos del entrenamiento con el fin de no quedar mal parados ante sus ojos.
Takayuki asintió afirmativo a la pregunta de su hija adoptiva. Caminaba con paso seguro, su postura recta y sus manos juntas detrás de su espalda. Y claro, su leal espada bien sujeta a su cintura, lista para cuando requiriera sacarla.
—Con Masahito recuperándose de su herida, alguien tiene que encargarse de guiar a nuestros hombres en el campo de batalla —explicó el comisionado—. Partiré mañana mismo con un regimiento para reforzar a los hombres que tenemos allá, y aplastaremos a esa rebelión con un golpe certero.
—Permítame ir con usted, padre —solicitó Sara con solemnidad, con una mano sobre su corazón como si de un juramento se tratase—. Le seré de gran ayuda en el campo de combate, usted lo sabe.
—Por supuesto que lo sé. Pero tu deber está aquí, protegiendo la ciudad y a la Shogun. En especial en los días por venir, en los que la situación se pondrá cada vez más peligrosa. Cuento contigo para que cumplas con este deber, Sara. Y que dirijas a nuestros hombres en mi ausencia.
—Sí, padre —asintió Sara, aceptando de buena gana la encomienda—. Puede contar conmigo.
—No lo pongo en duda. Ahora, debo ir a hablar con la Shogun. Tú encárgate de preparar el regimiento que me acompañará mañana.
—Sí.
Takayuki se giró en dirección al edificio con la intención de después dirigirse al palacio, justo como había indicado que haría. Muy temprano había pedido una audiencia con la Todopoderosa Shogun para informarle de todos los sucesos recientes, y se la habían concedido para esa tarde. Pensaba además aprovechar el momento para hacer mención a un hecho más: sus sospechas hacia Kamisato Ayaka. Sabía que era un poco arriesgado hacer acusaciones sin tener aún pruebas suficientes, pero tenía confianza en que la situación tan apremiante hiciera ver a Su Excelencia que necesitaban reaccionar lo antes posible para limpiar la casa de cualquier posible traidor.
Tenía fe en la sabiduría de la Shogun y en que sabría ver las cosas de su mismo modo.
Sin embargo, como si hubiera sido invocada por su sola intención, a medio camino de regreso al interior del cuartel, Takayuki se detuvo en seco al ver a alguien que salía de este, escoltada por dos soldados. Una visitante inesperada, y no cualquiera: Kamisato Ayaka en persona, con rostro estoico y paso firme, avanzaba hacia él.
Takayuki se sobresaltó ligeramente por tan repentina visión, pero se forzó a recuperar al instante su compostura y actitud tranquila. No podía permitirse parecer nervioso en presencia de nadie, en especial ante un potencial enemigo.
La Srta. Kamisato avanzó por el patio, hasta llegar justo delante de él. Se paró derecha, juntando sus dos manos al frente, y alzó su mirada hacia su rostro. Los dos soldados que la habían escoltado se quedaron de pie detrás de ella.
—Comisionado Kujou —saludó Ayaka, acompañada de un discreto asentimiento de su cabeza.
—Srta. Kamisato —le respondió Takayuki del mismo modo—. ¿Qué la trae aquí? No es en realidad un buen momento.
—Justo de eso quería hablarle —puntualizó Ayaka con voz severa—. La presencia de tantos guardias en las calles ha puesto a toda la gente muy nerviosa. Y la cancelación repentina del festival resulta igualmente muy irregular y alarmante.