Volando al Viento [ Genshin Impact ]

Capítulo 51. Ciudad en Caos

Capítulo 51.
Ciudad en Caos

Thoma no fue capaz de encontrar a Ayato por ningún lado. Había ido al Restaurante Uyuu y a la casa de seguridad en donde se había quedado a dormir esos días, pero en ninguno de los dos sitios habían sabido darle razón de él. Se había pasado también por las oficinas locales de la Comisión Yashiro, pero el resultado fue el mismo. Estando ahí, aprovechó para preguntar si acaso alguien tenía mayor información sobre la cancelación del festival, pero le terminaron informando lo mismo que ya le habían dicho: motivos de seguridad.

Comenzó a sentirse notablemente frustrado, y se cuestionó si acaso su señor había vuelto a la Hacienda Kamisato sin avisarle ni a su hermana, ni a él, ni a nadie. Parecía impropio, pero si bien había llegado a la ciudad sin avisar, no sería loco que se fuera del mismo modo. Además, ya era de por sí bastante en contra de su agenda haberse quedado todos esos días previos al festival ahí; solo los Arcontes sabían cuántos compromisos había tenido que reagendar o cancelar para poder lograr eso.

Pero qué pésima suerte sería que justo en ese momento, en que las cosas se complicaban de un momento a otro, decidiera haberse ido.

Resignado, Thoma decidió encaminarse de regreso a la casa de té, con la vaga esperanza de que quizás el Ayato hubiera ido para allá, o al menos quizás alguno de los miembros del Shuumatsuban podría apoyarlo a localizarlo con más rapidez. Se dirigía justo para allá, en el momento justo en que la ciudad se sumió en la confusión y en un súbito ajetreo.

Desde temprano fue evidente la presencia numerosa de la guardia Tenryou en las calles. No obstante, de un momento a otro esa presencia pareció duplicarse, o incluso triplicarse. Y Thoma notó cómo abruptamente comenzaron a moverse grandes grupos de soldados de un lado a otro, corriendo como si tuvieran mucha prisa, abriéndose paso de forma casi violenta entre la multitud. Y no solo eso, sino que el sirviente incluso notó cómo varios llamaban con insistencia en las casas y comercios para que les abrieran las puertas, para luego entrar en cada uno usando en ocasiones hasta la fuerza.

Todo eso lo desconcertó demasiado, e instintivamente lo hizo hacerse a un lado, lejos del camino de las tropas. Pero no era el único; la confusión, e incluso el miedo, eran tangibles en los rostros de las personas que alcanzó a ver en la calle, y en especial en aquellos que eran sacados casi a empujones de sus casas mientras los guardias esculcaban su propiedad, vigilados a punta de lanza casi como si de criminales se tratase.

—¿Pero qué rayos está pasando? —murmuró por lo bajo, atónito.

Eso no era normal, en lo absoluto. Y por supuesto, no obedecía a un simple “problema de seguridad”. Algo había ocurrido; algo muy malo.

Consumido por la ansiedad, comenzó a correr presuroso calle arriba hacia la casa de té. Solo avanzó un par de cuadras antes de que algo captara su atención, y lo hiciera detenerse de golpe:

—¡¿Oigan?! ¡¿Qué hacen?! —gritó con ímpetu una voz a un costado de la calle; una voz que él conocía muy bien.

Thoma se giró en dicha dirección. Se encontraba justo a unos metros de la Tienda de Pirotecnia Naganohara. Yoimiya y su padre estaban de pie a mitad de la calle, y dos guardias Tenryou oponían sus lanzas entre los Naganohara y la entrada de su propio negocio. Por las ventanas y la puerta abierta, Thoma notó movimiento desde el interior de al menos otros dos guardias que se movían de un lado a otro, muy posiblemente haciendo justo lo que estaban haciendo en las demás casas.

—¡Tengan cuidado! —espetó Yoimiya, molesta, intentando abrirse paso hacia la puerta, pero los dos soldados se lo impedían con firmeza—. ¡Esos son materiales muy delicados! Y con delicados me refiero a delicadamente explosivos. No creo que quieran volar en pedazos toda la manzana, ¿o sí?

—Manténganse atrás —insistió con severidad uno de los guardias, atreviéndose incluso a empujar a Yoimiya. Esta trastabilló hacia atrás, pero su padre se apresuró a tomarla para evitar que cayera.

La joven Naganohara alzó su mirada hacia los guardias, sus ojos chispeando de ira como dos flamas. Y presenciar toda aquella escena fue suficiente para que una buena parte de esa ira se le contagiara a Thoma.

—¡¿Qué creen que están haciendo?! —espetó el sirviente con ímpetu, cruzando la calle para dirigirse directo hacia ellos.

Yoimiya, aún en los brazos de su padre, se giró rápidamente hacia él al escuchar su voz.

—Thoma —susurró por lo bajo, con una mezcla de consternación y alivio.

Los dos guardias miraron hacia el muchacho rubio con un nada disimulado desdén.

—¿Tú quién eres? No te metas —le soltó uno de ellos con brusquedad.

Thoma se paró con fiera seguridad entre los guardias y los Naganohara, casi como si quisiera usar su propio cuerpo como algún tipo de escudo.

—¿Qué les da derecho a tratar a estas buenas personas de esa forma? —les cuestionó con reprimenda en su voz.

—Órdenes del Comisionado Kujou —le respondió el otro guardia sin titubeo—. Cada negocio y casa será revisada, sin excepción.

—¿Revisada? —susurró Thoma con confusión—. ¿En busca de qué?

—En busca de posibles rebeldes y traidores —respondió una voz, pero no era de ninguno de los dos guardias delante de ellos, sino de otra más que se aproximaba por su costado.




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