Volando al Viento [ Genshin Impact ]

Capítulo 53. Nada que hacer

Capítulo 53.
Nada que hacer

A pesar de verse muy seguro cuando les dijo a Kokomi y los otros que podría infiltrarse él solo a la ciudad, Tomo se encontró de pronto con varios obstáculos. Aunque logró librar con relativa facilidad a los guardias que custodiaban la entrada de la ciudad, encontró más resistencia estando ya dentro, por lo que tuvo que tener mayor cuidado al momento de moverse. A su favor tenía sus muchos años de experiencia infiltrándose y pasando desapercibido, que le sirvieron para poder evitar a los guardias en la mayoría del camino. Parecía que lograría llegar hasta la Casa de Té Komore, que era su destino final, sin mayor complicación.

Sin embargo, ya iba a mitad del camino cuando el despliegue de guardias por la ciudad aumentó exponencialmente. Y no solo eso, pues fue testigo desde su escondite de cómo los guardias de armaduras moradas comenzaban a entrar a las casas, casi a la fuerza, y a sacar a la gente de estas para inspeccionar su interior.

Aquello lo hizo retroceder unos pasos e intentar tomar alguna ruta alterna. Pero por cualquier calle que intentó avanzar, se encontraba con la misma situación. Lo que fuera todo aquello, parecía en realidad estar ocurriendo en toda la ciudad.

—Maldición —masculló con frustración, observando desde su escondite en un callejón como un grupo de al menos diez guardias peinaban la calle e iban de casa en casa. Cuando se acercaron demasiado a su ubicación, se adentró rápidamente más en las sombras y se escondió detrás de unas cajas. Los guardias pasaron de largo sin reparar en su presencia.

Tomo se asomó de nuevo por encima de la caja. Se tomó un momento para intentar analizar toda aquella situación e intentar entender qué había ocurrido como para que la seguridad completa de la ciudad hubiera escalado tan rápidamente.

«Algo debió haber pasado», concluyó. Y aunque no tenía cómo comprobarlo, tenía una teoría clara de qué podría haber sido con exactitud. «Quizás lo que Kokomi tanto temía…»

Si aquello se debía justo al intento de asesinato que Kokomi tanto quería detener, entonces ya no había mucho que hacer. Ese caos que se había desatado en la ciudad sería solo la primera de muchas otras consecuencias que se vendrían.

Pero no podía darse el lujo de perder el tiempo preocupándose por lo que pasaría en días o semanas, cuando había cosas ocurriendo en esos mismos segundos. Sus propósitos a corto plazo debían ser contactar a Kazuha, y que ambos salieran a salvo de la ciudad. Pero quizás las cosas no podrían ocurrir precisamente en ese orden.

—A este ritmo será imposible acercarme hasta la casa de té sin llamar la atención —musitó Tomo por lo bajo. Introdujo su mano en el interior de su kimono, extrayendo de este a la adormilada Tama—. Parece que al final sí tendré que usar tus servicios de mensajería, pequeña.

Tomo colocó a la gatita sobre la caja, y esta se estiró intentando desperezarse. Tomo sacó además un pedazo de papel y un lápiz de carboncillo, y se apresuró a escribir un mensaje rápido. No podía ser muy largo, ni tampoco muy revelador si es que alguien más lo encontraba. Así que tuvo que pensarlo bien.

—Listo —masculló una vez lo tuvo listo. Lo enrolló, y con un pedazo de cuero lo ató a la cola de Tama. La gatita alargó el cuello hacia el papel, olfateándolo con curiosidad—. Entrégale este mensaje a Kazuha en la casa de té. ¿Me entendiste?

Tama se giró a mirarlo, le maulló una sola vez, y luego saltó de la caja hacia el suelo y se alejó corriendo hacia la entrada del callejón, y luego hacia la calle.

—Buena chica —exclamó Tomo, sonriente. En realidad, no tenía cómo estar seguro de que lo había entendido, pero no le quedaba de otra más que tener fe en que así había sido.

Confiaba en que, una vez viera el mensaje, Kazuha se las arreglara para salir por su cuenta de la ciudad. Por lo pronto, Tomo tenía que enfocarse en ver cómo él lograba lo mismo.

— — — —

Los cateos de la guardia Tenryou no perdonaron a nadie; ninguna casa o local estaba exento. Y eso, al parecer, incluía la casa de una familia tan importante y respetada como eran los Kuki. Hace apenas unos minutos, los guardias se habían presentado en la puerta de la casa y exigido a todos sus ocupantes que salieran de inmediato para realizar una inspección en la residencia. Solo se encontraban Shinobu y su madre en ese momento, y aunque obedecieron, no fue sin su respectiva dosis de comprensible molestia.

—Esto es un total atropello —exclamó la Sra. Kuki, indignada, de pie en la puerta abierta de la casa mientras veía cómo los guardias esculcaban sus cosas como si fuera una vulgar criminal—. ¿Tienen idea de quién soy yo? ¿De qué familia pertenezco? Hemos servido a la Suma Sacerdotisa del Gran Santuario Narukami por generaciones. Somos de las familias más leales a la Shogun.

—Si es así, entonces no tendrá problema en cooperar, señora —le indicó con marcada indiferencia el capitán de la guardia, mirándola sobre su hombro—. Terminaremos rápido.

La Sra. Kuki, que no estaba en lo absoluto acostumbrada a que nadie le hablara así, y menos un pelmazo cualquiera de la Comisión Tenryou, no escondió ni un poco lo mucho que aquello la hacía rabiar. Sus ojos centellearon, y su rostro se puso rojo. Intercambió un par de palabras más con el capitán, con unos cuantos niveles menos de amabilidad, pero no surtieron efecto. Incluso amenazó con quejarse de esto directamente con la Shogun en persona, pero el capitán prácticamente la tomó por loca y no le hizo caso.




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