Capítulo 54.
Saldar mi Deuda
Entrar a la ciudad resultó más sencillo para Tomo que lo que resultó intentar salir de ella. Con la intensificación de la seguridad y los cateos ocurriendo en cada esquina, le tocó tener que moverse a paso de tortuga. Si estaban buscando posibles asesinos, como era su principal predicción, que alguien extraño como él ande rondando por ahí con una espada y una actitud desenfadada bastante sospechosa, solo haría que lo voltearan a ver más fácil.
Si algo le habían enseñado sus años viajando, y huyendo de paso, era que la mejor forma de pasar desapercibido no era escondiéndose, sino mezclándose.
Optó entonces por un disfraz. Tomó una manta vieja y polvorienta de un callejón y se envolvió con ella. Se manchó la cara con barro, y anduvo entre los callejones renqueando como si una pierna le pesara. Su apariencia improvisada de indigente le ayudó a pasar desapercibido, al menos en un inicio. La mayoría de los guardias le sacaron la vuelta, y solo un par le ordenaron a gritos que se apartara y no estorbara. Pero Tomo sabía que solo necesitaba que uno tuviera la suficiente iniciativa, o buen ojo, para notar que su presencia era de hecho lo suficientemente sospechosa como para solicitar una revisión.
Y justo cuando parecía que la suerte le sonreía y veía cerca la salida de la ciudad, ese soldado con iniciativa y buen ojo se cruzó en su camino. Y, para peor de males, no fue cualquier soldado.
—Revisen aquel sitio, ahora —escuchó Tomo que una voz resonaba con ímpetu entre todo el barullo. Era una voz firme y segura que retumbaba como un trueno.
Tomo miró sutilmente hacia un lado, ocultando el giro de su cabeza como si solo se estuviera rascando el cuello. Por el rabillo del ojo logró ver la silueta de una persona que salía de una casa contigua, seguida de dos guardias. Esta persona se giró hacia otro grupo de soldados más, señalando y gritando órdenes que estos obedecían sin chistar.
Un superior, pero no parecía ser un capitán, sino algo más.
Era una mujer de cabellos negros cortos y ojos dorados, luciendo un uniforme blanco diferente al de los demás. A Tomo le resultó extrañamente familiar, aunque no supo identificar de dónde o por qué.
Esa incertidumbre lo hizo quedarse más de la cuenta parado en el mismo sitio, y con su rostro girado hacia aquella persona más de lo que se disponía. Y eso resultó bastante contraproducente para su disfraz de indigente, pues terminó irremediablemente captando la atención justo de aquella mujer de la Comisión Tenryou. Tras recorrer su mirada en los alrededores, sus ojos dorados se fijaron justo en él.
Tomo se giró de forma disimulada al frente, y del mismo modo comenzó a avanzar por la calle, volviendo a su paso raquítico y gimiendo palabras sin sentido. Por un segundo pensó que había logrado zafarse, pero entonces escuchó a sus espaldas fuerte y claro:
—Oiga, usted.
Tomo se detuvo en seco. Al girarse lentamente, miró a la mujer soldado y a otros dos guardias aproximándosele con paso firme.
—¿Me habla a mí, señora? —exclamó Tomo, arrastrando las palabras, como si fuera víctima de un fuerte caso de alcoholismo que entorpecía sus reflejos y su habla. Y considerando todo lo que había bebido la noche anterior, podría no ser del todo mentira.
La mujer soldado de ojos dorados se paró ante él, y los dos soldados permanecieron a sus espaldas. Tomo bajó la mirada con sumisión, buscando más bien que su rostro no quedara tan a la vista.
—¿Vive por aquí, señor? —le preguntó la mujer soldado con brusquedad.
—No, señora —respondió Tomo con el mismo tipo de voz que había usado antes—. Solo viene a la ciudad por el festival, como muchos. Pero ya me iba, porque este sitio resultó no ser tan amistoso como me lo esperaba.
Y dada aquella explicación, comenzó a avanzar de vuelta por la calle. La esperanza de que aquello fuera suficiente para que lo dejaran ir por las buenas era mínima, pero no podían culparlo por intentarlo. Así que, en realidad, no le sorprendió cuando la misma voz de la mujer soldado lo volvió a detener.
—Aguarde un minuto, por favor. Necesitamos hacerle una revisión.
Tomo se detuvo, suspiró con pesadez y miró fijamente hacia delante.
—¿Por qué motivo? —preguntó en voz baja, aunque en ese momento ya no se esforzó demasiado en fingir la voz.
—Por favor, coopere y no se resista —respondió la mujer con voz tajante. Con un movimiento de su cabeza les indicó a los dos guardias que la acompañaban que se encargaran de la tarea. Ambos avanzaron hacia Tomo, más que dispuestos a obedecer.
Por las malas sería, entonces.
—Lo que usted diga, señora —masculló el indigente Tomo con voz risueña—. Me gusta cooperar. Solamente…
En cuanto los dos guardias estuvieron lo suficientemente cerca, Tomo se movió con velocidad, desenvainando su arma de un movimiento rápido y circular que dibujó una circunferencia completa a su alrededor, cortando en dos las lanzas que los soldados traían consigo, y de paso también sus cascos, que se desplomaron al suelo con un corte perfecto. Los dos guardias se quedaron un segundo pasmados, tiempo suficiente para que Tomo saltara hacia uno de ellos, pegara su pie derecho contra su rostro y se impulsara contra este de un salto hacia el tejado más cercano. La manta vieja quedó atrás, revelando por completo su apariencia.