Volver a amar

Capítulo dos

Hola de nuevo

 

Dos años después.

Terminé de abotonar mi blusa y arreglé la solapa, aburriéndome del procedimiento de todos los días por la mañana. Trabajo era trabajo y no había modo de rechistar, al igual que los nuevos reglamentos de los empleados en el hospital y mandatos del director a cargo. Mi cara reflejó el cansancio, las ojeras, la palidez de mi piel y el pequeño brillo en mis ojos que no quitaba por nada del mundo. Pensé por un tiempo en solicitar un traslado a una clínica y esa idea continuaba rondando por mi mente.

Bajé la vista por mi cuerpo hasta notar un pequeño brillo en mi mano izquierda. Observé el pequeño anillo de mi dedo anular y comencé a girarlo, ¿quién iba a pensar que me comprometería y me casaría dentro de seis meses más? Ni siquiera mis amigas lo imaginaron y mucho menos lo vieron venir. Alan era un chico encantador, tranquilo y, sobre todo, amante de su trabajo y dar todo de sí mismo. Creo que, desde el momento que pisó el hospital, nos miramos y comenzamos a trabajar, hicimos clic de inmediato.

Mi yo adolescente estaba bailando dentro de mí en ese momento.

Miré la hora en el despertador y me alteré, agarrando mi bolso junto a la larga bata blanca y corrí fuera de mi departamento, cerrando rápidamente y bajé las escaleras. Necesitaba un taxi y ninguno pasaba en estos momentos. Maldije al cielo.

Comencé a correr lo que mis piernas daban hasta hallar uno a lo lejos, me subí y le di la dirección, rogándole que fuera rápido. El tráfico estuvo a mi favor, no hubo tanto congestionamiento y me alivié al estar frente al hospital. Pagué torpemente y bajé del auto, volviendo a correr.

Inesperadamente la puerta del hospital fue abierta desde adentro, sin darme tiempo de detenerme y coloqué mis brazos para evitar golpear mi rostro. Me ayudó, pero caí sentada sobre la baldosa y chillé por el repentino dolor. Bajé los brazos para ponerme de pie, pero el hombre frente a mí me ayudó. —¡Lo lamento! No me fijé, no fue mi intención lastimarla.

Negué, sonriendo. Comprendía la situación al pasarme muchas veces, pero yo jalaba muy fuerte a comparación de él. Acepté su mano, poniéndome de pie y limpiando mi pantalón. —No se preocupe, no me lastimé de gravedad.

Alcé los ojos y me quedé tildada al reconocer su rostro. Él no lo dudó, comenzándome a reconocer y una sonrisa se instaló en su cara. Lo mismo sucedió conmigo, afianzando más su agarre. —Hola de nuevo. -murmuró y reí.

—Hola, Charles. -saludé, aun recordaba su nombre perfectamente. —¿Cómo así por aquí?

—Chequeos, nada grave. -asentí aliviada y ladeó su cabeza a aun lado, escaneándome fijamente. Sus ojos grises dieron con mis ojos azules, llenándome de dudas su examen visual. —No ha cambiado, se mantiene igual, Lía.

Aquello me sonrojó, ¿por qué? No lo sabía. —Y usted igual, aunque los años pasan, ¿no?

—Así es… Aprendiendo a vivir sin Carmen se volvió difícil, pero ella me obligó a acostumbrarme y le agradezco por no hacer esto más difícil.

—El amor de ustedes nunca se irá, ella debe estar encantada al verlo seguir su vida como ella deseó.

Sonrió, una sonrisa llena de agradecimiento y sus ojos llenos de melancolía. —Ella debe estar orgullosa de mí.

—¡Y feliz de este reencuentro! -exclamé contenta y se rió. Su mano seguía agarrando la mía y aclaré mi garganta moviendo mi mano y la soltó.

—Lo lamento. -negué sonriente.

Tras mis palabras, terminó por despedirse y lo imité. Entré al hospital más renovada, contenta de volver a ver al esposo de Carmen y pasé por el área de descanso, preparándome para el nuevo día de hoy. Vi de reojo a Alan, atendiendo a un par de heridos y guiñó un ojo antes de desaparecer de mi vista. La jefa no me dijo nada acerca de mi hora de entrada, el buen humor se reflejó en su rostro y no tenía intenciones de quitar su genio.

Un silbido me sacó de mi ensoñación, girando con la bata en mano. —Ustedes si que andan enamorados. -Sarah llegó al mismo tiempo que yo y comenzó a cambiarse. Rodé los ojos. —Pero no me cae bien ese doctorcito, hay mejores.

—Estamos comprometidos, no miro a nadie más. -mostré el anillo en mi dedo, exasperándola un poco.

—Eso es lo de menos, se puede cancelar y listo. -alzó los hombros y negué con la cabeza.

Estaba segura del amor que Alan sentía hacia a mí, era yo la que no podía demostrárselo todo el tiempo y me sentía mal por ello. Me esforzaba, pero simplemente no se daba como imaginaba. Aun así, yo lo quería y a mi modo. Mi forma de dar amor era tan… escaso.

En esta etapa de mi vida, lo único importante para mí era mi familia y mi trabajo. Alan llegó para convertirse en una prioridad más en mi vida, sin embargo, lo veía lejano todavía. ¿Cambiará una vez casados? Esperaba que sí, mis prioridades eran claras y añadirlo en ellos no iba a cambiar en nada. Siendo sincera, nada cambió desde su llegada.




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