Volver a amar

Capítulo ocho

Capítulo ocho: Engaño.

El amor suele ser tan complejo a medida que creces. Cuando avanzas a una etapa de adultez, la realidad te golpea como un saco de boxeo. Nuevas responsabilidades, nuevos retos, nuevos anhelos y una nueva vida. Tocaba madurar y conocer nuevas personas. Sin embargo, el amor prevalece como si fueras un puberto de quince años experimentándolo. Éste no mejora, es tú cuestión para cambiarlo y es algo confuso de procesar.

La adultez estaba presente en mi vida y poseía miedos, todos los tenían. Miedo de equivocarme. ¿Por qué simplemente no podía dejarlo ir? Aferrarme a una persona sonaba absurdo y ahora estaba haciendo eso. Una parte de mí quería renunciar y otra parte no, deseaba prevalecer y creer que cambiaría. ¿Una persona podía cambiar? Por supuesto que podía, sin embargo, ¿a costa de qué o quién? Alan cambió por mí, por mi amor.

Quizás no estaba siendo él mismo.

Papá chasqueó sus dedos frente a mí, reaccionando de forma brusca y dirigí mi vista hacia a él. La preocupación se vio reflejada en su rostro. —¿Estás bien, pequeña?

Sonreí con ternura, nunca iba a dejar de llamar así. —Si papá, estoy bien. Solo pensaba.

Cargó una silla a mi lado, esto solo dijo que iba a resolver mis dudas o aconsejarme. Suspiré, esta plática aseguraba ser larga. —¿Y en qué piensas? Díselo a tu viejo padre.

—No estás viejo.

—Verte toda una adulta responsable y que vivas en otra ciudad me hace sentirme así. -declaró e hice un mojín. —Pero dime, ¿qué pasa por tu mente?

—Es Alan… estaba pensando en la pequeña discusión y recordando el pasado.

—¿Y qué es lo que te perturba? ¿Qué vuelva a hacer lo mismo?

Asentí, bajando la cabeza y observé mis manos sobre mi regazo. —Tengo miedo de estar equivocándome. Que vuelva a ser ese hombre que me lastimó. Se supone que cambió y me lo demostró, sin embargo, su actitud ahora me devuelve a esa época que no deseaba recordar.

—¿Qué te ha dicho tu madre? -inquirió y giré a mirarlo confusa.

—Me ha regañado, diciendo que Alan no me merecía y que así empezó cuando me lastimó. Y ya no sé qué pensar. -crucé mis piernas, volviendo mi vista al frente con pesar. —Tenía todo definido junto a Alan, ¿por qué me siento tan confundida ahora? ¿Por esa absurda pelea?

—Esa mujer… -susurró, restándole importancia. Una sonrisa llena de ternura se hizo presente en su rostro, tomándome de las manos de forma cariñosa. —Hija, nuestras opiniones no deben de importarte cuando vas a dar un gran paso en tu vida. Es tú decisión. Piensa adecuadamente y reflexiona. Si lo amas y deseas estar a su lado por el resto de tu vida, acéptalo. Sin embargo, si sientes dudas, dialoga con él y busquen una solución, no lo guardes para ti misma. Si no te escucha como desearías o el amor ya no es el mismo, entonces será momento de dejarlo ir.

—Pero yo lo quiero y siento que lo voy a amar con el tiempo.

—¿Estás segura de ello? -inquirió, mirándome con incredulidad. —Los sentimientos cambian. El amor se desvanece por los años si no hay cariño por parte de los dos hasta llegar a romper un bonito matrimonio. Estás dudando, pequeña. -afirmó papá, soltando mis manos e inevitablemente me quedé estática. Sus palabras calaron hondo. —¿Lo amas?

La respuesta nunca llegó, porque realmente no sabía si lo amaba verdaderamente.

¿En qué demonios estaba pensando?

El sentirme bien junto a él, los besos, los encuentros, se suponía que lo amaba. ¿Por qué dudaba? ¿Estaba mintiendo sobre mis sentimientos?

Todo se estaba derrumbando en estos momentos. Mis padres quitaron la venda de mis ojos por mí.

Y la maldita realidad me golpeó sin piedad. Una duda se alojaba en mi mente ahora y que no podía contestar.

¿Lo amaba? ¿Después de todo lo que hizo seguía amándolo?

[•••]

Terminé de ayudar a mamá, yendo a mi habitación a pasar tiempo a solas. Mi celular estaba vibrando desde el medio día y evité tomarlo, por más tentador que sonara. Aquí no era el hospital como para olvidar ese aparato, sin embargo, en casa era muy distinto. Lo agarré, respondiendo algunos mensajes de mis amigos. Sarah pedía comunicarse conmigo urgentemente y fijé si estaba desocupada.

Sarah: ¡Solo marca! 20:25

Timbré rápidamente, extrañada por su desesperación.

“¡Lía, ¿por qué demonios no contestabas antes?”

“Hola, estoy bien aquí, no te preocupes.”

Una risa resonó al otro lado. Sonreí. “Eres la peor… pero llamaba para darte noticias de Alan.”

Hice una mueca, la conversación con papá rondaba por mi cabeza ahora. “¿Qué pasó con él?”




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