Volver a amar

Capítulo diez

Capítulo diez: Lo tomas o lo dejas.

Existía una sensación palpitante en el pecho, doloroso y algo sofocante cuando algo malo venía. Nunca esperé que ese dolor se hiciera presente una vez frente a ellos dos, de pie y con un semblante confuso en ella y el otro sorprendido. Tragué saliva, recordando perfectamente las palabras de Sarah y la decepción de su voz al comunicármelo.

Nunca mintió, ella decía la verdad y mis ojos ya lo comprobaron. Lo primero que me dirían era que no sacara conclusiones precipitadas, ¿y después qué? Estar en casa junto a él, en pijamas como su fueran una pareja normal en un momento de intimidad malinterpretaba cualquier situación en la que se encontraran. Mi pregunta seguía sin responderse y comenzaba a desesperarme más con la voz de la mujer frente a mí, insistiendo una explicación que debía darme primero a mí.

No aguantaría más vergüenza ajena y este vil engaño. Debía irme y calmarme.

Giré sobre mis talones, regresando hacia la acera y empezando a caminar hasta conseguir un taxi en el camino. Alan gritaba mi nombre detrás y me negué a detenerme, los ánimos cayeron al piso de inmediato y necesitaba a alguien que me llevara lejos de él. Maldita sea, ni Charles podía ayudarme al estar ebrio en casa. Ahora lo necesitaba más que nadie.

Las sospechas nunca estuvieron frente a mí, nunca dudé de él ni un solo segundo y claro de debí haberlo hecho, aunque esa no sería ser yo. Algunas lágrimas aparecieron y deslizándose por mis mejillas. Dejé que salieran, debía desahogarme de cierta forma y ésta era más sensata que la que quería hacer.

—¡Lía! -escuché su voz llamarme.

Llámenlo masoquismo, poca dignidad, pero me detuve y decidí encararlo. Una explicación era lo que buscaba que saliera de sus labios. —Alan, te doy una oportunidad. Solo una de decirme qué hacías con ella.

Mis palabras lo habían abatido, dejándolo sin habla. Mi paciencia tenía un límite ahora. Ahogué un sollozo y volví a hablar. —Dime que no es cierto, que ella no es…

—Mi amante. -terminó por mí, afirmando lo que tanto me estaba negando a aceptar. Retrocedí un paso hacia atrás, firmemente sin dejar de negar con la cabeza. Él dio un paso más a mí. —Pero todo tiene una explicación, Lía.

Su mano ardía bajo mi piel y lo aparté de un manotazo. —No me toques.

—Por favor.

—Ya no más, Alan. Ya no más oportunidades. -finalicé y giré sobre mis talones. Insistía en explicarme y comencé a caminar más rápido antes de agarrar un taxi a lo lejos. Troté hasta llegar a él y subirme lo más rápido que pude, indicándole la dirección de mi departamento. Ahora que caía en cuenta, pude haberme quedado donde Sarah, sin embargo, sería un atajo fácil para Alan y no iba a permitírselo.

Cuánto me gustaría decir que me dejara sola, por hoy o mañana, después volvería a ser yo y explicarme su engaño antes de que arrojara su anillo por la ventana del auto. Debía tranquilizarme. El taxista me observaba preocupado, sin embargo, era lo que menos me importaba que solo necesitaba llegar a mi departamento.

Marqué el número de Sarah, contestándome al instante y diciendo que escuchó el bullicio que hizo Alan fuera. Comprendió mi situación y prometió estar en mi departamento en pocos minutos. Agradecía que ella estuviera conmigo. Alan comenzó a llamarme y sus mensajes desesperados pidiendo que dejara explicarse, suspiré antes de leer todos y responder.

Yo: Vete al infierno. 23:15

[•••]

Y un día pasó. Un día tan agonizante como aquella noche, donde mis pensamientos atacaron mi mente sin parar y piedad. Me cuestioné, me bajé tanto por él que me di pena. ¿Por qué debía pensar tanto cuando él debería estar así? ¿No sería justo eso? Aunque, conociendo a Alan, debe estar aguantando no venir a buscarme en el hospital. Ni un solo rastro de él o rumor, parecía haberse esfumado de aquí.

Sarah me acompañó en aquella noche y me consoló, admití estar avergonzada por verme tan miserable en esos momentos. Es increíble que la historia se repitiera y al menos era menor que la primera vez, no era tan doloroso físicamente. Apreté mis manos, estrujando los guantes que cargaba listos para usar. Debía tranquilizarme si no quería cometer un error aquí trabajando.

Por el rabillo del ojo visualicé una cabellera pelinegra pasar por mi lado, en busca de ayuda de un doctor y giré por mera curiosidad. Nuestros ojos hicieron contacto visual y sonreímos al reconocernos. Iris caminó con confianza hacia donde estaba, dirigiéndome una sonrisa tímida y algo avergonzada. —Hola Lía.




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