Hacía cinco años que Mateo Marcel sabía exactamente lo que se siente cuando el tiempo miente.
La gente decía que sanaba. Que cada aniversario dolía un poco menos que el anterior, que en algún punto el peso se volvía manejable, que la vida encontraba la manera de seguir. Y Mateo había aprendido a asentir cuando alguien le decía esas cosas, porque era más fácil que explicar la verdad: que algunos dolores no se encogen con el tiempo, solo aprenden a vivir contigo. Se instalan. Reorganizan los muebles. Se vuelven parte de la arquitectura.
Se arrodilló frente a la lápida con la misma flores blancas de siempre, gardenias, las que alaia odiaba recibir en ramo pero amaba ver crecer en el jardín, y las acomodó despacio, sin prisa, con el cuidado de alguien que sabe que ese gesto es lo único que todavía puede darle.
—No puedo creer que hayan pasado cinco años —dijo Horus, a su lado.
—La extraño todos los días.
Mateo tocó el hombro de Horus, el primo de Alaia, el único hombre en el mundo que podía estar parado en ese mismo cementerio y entender el peso exacto de esa frase sin necesitar que se le explicara. Horus había perdido a su hermana. Mateo había perdido a su esposa. Era un dolor compartido que nunca habían necesitado comparar porque los dos sabían que el dolor no funciona así, que no hay una jerarquía, que la ausencia de Alaia llenaba el espacio de formas distintas en cada uno de ellos.
Horus se secó una lágrima con el dorso de la mano, con ese gesto brusco y masculino de quien no está acostumbrado a llorar en público pero tampoco puede evitarlo.
—Ella estaría muy orgullosa de Madison —dijo, con la voz quebrada—. Mírala. Tiene su misma chispa.
Mateo buscó a su hija con la vista. Madison estaba a unos metros, sentada en un banco de piedra con las rodillas juntas y la mirada en algún punto del suelo, con ese silencio nuevo que había adquirido en el último año y que a veces lo inquietaba más que cualquier llanto. Doce años. Ya no era la niña pequeña que se distraía con cualquier mariposa. Ahora su silencio era más consciente, más pesado. Demasiado parecido al suyo.
Horus se puso de pie lentamente, sacudiendo un poco de tierra del pantalón, pero sus ojos permanecieron en la lápida un segundo más, como si le costara cortar el hilo invisible que lo unía a su hermana en ese lugar.
—A veces siento que el tiempo es un mentiroso —dijo en voz baja—. Dicen que todo pasa. Pero hay ausencias que se vuelven más pesadas con los años. —Hizo una pausa—. Gracias por no dejar que se olvide, Mateo. Aunque sé que a ti es a quien más le cuesta recordarla.
Mateo apretó su hombro sin responder. En ese cementerio no era el actor más respetado del momento ni el nombre en los carteles ni la voz que millones de personas reconocían sin haberlo visto jamás en persona. Era solo un hombre intentando sostener los pedazos de una vida que se rompió cinco años atrás y que nunca había vuelto a tener exactamente la misma forma.
Caminaron hacia la salida en silencio, dejando atrás las flores y el eco de una vida que se fue demasiado pronto. El sol de la tarde empezaba a caer, alargando sus sombras sobre el césped.
—¿Cuándo te vas? —preguntó Horus.
—Mañana. —Mateo metió las manos en los bolsillos—. Empiezo grabaciones en una semana, pero hay toda una semana de promoción antes. Entrevistas, fotos, apariciones. Ya sabes cómo funciona esto.
Horus asintió. —¿Y Madi?
—Se queda contigo hasta que termine el trimestre. —Mateo miró hacia donde su hija seguía sentada, sin moverse—. Gracias por eso, Horus. En serio. Necesita la estabilidad ahora.
—Es mi sobrina. No me agradezcas.
Se detuvieron antes de llegar al banco donde Madison esperaba. Horus le apretó el brazo brevemente a Mateo, uno de esos gestos que los hombres usan cuando las palabras no alcanzan, y luego se alejó despacio hacia el coche, dándole espacio.
Mateo se acercó a su hija y se sentó a su lado. El frío del atardecer los rodeó un momento antes de que ninguno de los dos hablara.
—Madi —dijo él, en voz baja.
—Extraño mucho a mamá.
—Yo también.
Madison no levantó la vista de sus manos, pero sus hombros se tensaron con ese movimiento pequeño que Mateo había aprendido a leer como el equivalente adolescente de un nudo en la garganta.
—Prometiste que pasaríamos la tarde juntos —dijo ella—. Solo quería un día normal, papá. Sin guiones. Sin cámaras. Sin que te fueras.
Mateo sintió el nudo instalarse en su propia garganta. La fama le había dado todo lo que un hombre podía querer en términos materiales y profesionales, y aun así había momentos, como ese, en que sentía que le robaba los minutos más valiosos con la única persona que le quedaba.
—Y lo vamos a tener. Tenemos toda la tarde —dijo, rodeándola con el brazo—. Solo nosotros dos.
Madison finalmente lo miró, con los ojos cristalinos pero con esa determinación suya de no llorar, tan parecida a la de su madre que a Mateo le costó un segundo sostenerle la mirada.
—Cinco años —dijo ella—. Y cada vez que te vas, la casa se siente el doble de vacía.
—Nunca vas a estar sola, Madi. Horus está aquí. La familia está aquí. Y yo estoy a una llamada de distancia, siempre. —Le tocó la barbilla con suavidad—. Dos meses. Eso es todo. Y cuando termines el trimestre, vengo por ti y los dos nos quedamos frente al mar el tiempo que necesitemos.
Madison no respondió de inmediato. Miró hacia la lápida de su madre desde la distancia, con esa mirada de doce años que ya cargaba demasiado para su edad.
—¿Tú crees que ella sabe que vinimos? —preguntó en voz muy baja.
Mateo tardó un momento. —Sí —dijo—. Creo que sí.
No era una respuesta que pudiera probar ni que pudiera sostener con ninguna lógica, pero era la verdad de la única manera en que le importaba serlo: como lo único que quería creer.
Madison apoyó la cabeza en su hombro.
Y Mateo Marcel, el hombre al que los titulares describían como el actor más importante del momento, cerró los ojos un segundo y simplemente se quedó ahí, en ese banco de piedra frío, con su hija apoyada en él y el sol cayendo sobre el cementerio, sin guión, sin cámara, sin nada que interpretar.