Volver a Amar

CAPITULO 2

El problema con los vuelos nocturnos era que dejaban demasiado tiempo para pensar.

Mila Moretti lo sabía desde hacía años. Había aprendido a combatirlo con listas: pendientes del día siguiente, cosas que confirmar con producción, preferencias de Maya que había que comunicar al equipo de Miami antes de aterrizar. La libreta era su ancla. Mientras hubiera algo que organizar, no había espacio para todo lo demás.

Anotó: confirmar suite — piso alto, sin vista a la calle — Maya no duerme con ruido de tráfico.

Anotó: café descafeinado para el camerino — el normal le da taquicardia pero nunca lo admite.

Anotó: revisar agenda de entrevistas — Maya odia las preguntas sobre su vida amorosa antes del mediodía.

Cerró la libreta.

La abrió de nuevo.

Escribió: comprar plantillas para los zapatos nuevos — los de tacón le aprietan el talón izquierdo y va a quejarse en el tercer bloque de entrevistas.

Guardó el bolígrafo.

Afuera, a través de la ventanilla pequeña que le había tocado porque Maya necesitaba el asiento del pasillo para no sentirse encerrada, no había nada que ver. Solo oscuridad y el ala del avión y las luces intermitentes parpadeando en la nada.

Mila apoyó la frente en el vidrio frío y cerró los ojos.

Treinta y cinco años. Miami. Una nueva producción, un nuevo set, nuevas caras que aprenderían su nombre solo cuando necesitaran algo y lo olvidarían en cuanto se lo dieran. Así funcionaba este mundo, y Mila llevaba suficiente tiempo en él para haber dejado de sorprenderse.

Lo que sí la sorprendió fue quedarse dormida.

Maya la despertó cuarenta minutos antes de aterrizar con un toque en el hombro que era más sacudida que caricia.

—Mila. Mila, despierta. ¿Confirmaste el traslado del aeropuerto?

Mila abrió los ojos. Tardó dos segundos en recordar dónde estaba.

—Sí —dijo, con la voz todavía ronca—. Chofer privado, letrero con tu nombre, traslado directo al hotel.

—¿Y el hotel confirmó el check-in anticipado?

—Desde las siete de la mañana.

Maya se recostó en su asiento con el gesto de quien acaba de resolver un problema que en realidad ya estaba resuelto. Llevaba un antifaz de seda sobre la frente, el cuello cubierto con una bufanda suave a pesar del calor artificial del avión, y tenía esa apariencia de haber dormido perfectamente que resultaba casi ofensiva después de un vuelo nocturno.

—¿Tú dormiste? —preguntó Maya, mirando a Mila de reojo.

—Un poco.

—Tienes marca del vidrio en la frente.

Mila se tocó la frente. Efectivamente. —Se me quita.

—Ponte la crema que está en mi bolso. La hidratante, no la de color.

—Estoy bien, Maya.

—Vas a conocer al equipo de producción hoy. No puedes llegar con cara de que dormiste en un avión.

—Dormí en un avión.

—Exactamente. Por eso ponte la crema.

Mila abrió el bolso de Maya, encontró la crema hidratante en el bolsillo lateral exactamente donde ella misma la había puesto antes de embarcar, y se la aplicó en silencio mientras el avión empezaba su descenso y las luces de Miami aparecían abajo como un circuito eléctrico extendido sobre el oscuro.

Era una ciudad que nunca había visitado. Lo único que sabía de ella era lo que había investigado para Maya: el clima, los restaurantes cercanos al hotel, los horarios de los estudios de grabación, el nombre del director de producción y sus tres asistentes, las alergias documentadas del equipo técnico que producción había compartido por protocolo.

De Mila nadie había preguntado nada.

Nunca preguntaban.

El set de producción olía a café recién hecho y a pintura fresca y a ese olor particular de los espacios grandes que todavía no han sido habitados del todo.

Mila llegó quince minutos antes que nadie, como siempre, porque quince minutos antes era el único momento del día en que podía moverse por un espacio sin tener que esquivar a nadie. Recorrió el área de camerinos, ubicó el de Maya, verificó que la lista de requerimientos enviada la semana anterior se hubiera cumplido, anotó las dos cosas que faltaban, las consiguió ella misma antes de que su hermana llegara y lo notara.

Cuando Maya entró al set veinte minutos después, todo estaba en orden.

—El café está en el termo azul —dijo Mila—. Descafeinado, con la leche de avena que pediste. El guión actualizado está sobre la silla. Tienes treinta minutos antes de que llegue el equipo de entrevistas.

Maya miró alrededor con esa evaluación rápida que hacía siempre, buscando algo que no estuviera perfecto.

No encontró nada.

—Bien —dijo, y tomó el termo.

Era la forma en que Maya decía gracias cuando no quería decirlo, y Mila llevaba suficientes años traduciéndola para entenderlo.

Se instaló en su lugar habitual: un paso atrás y dos a la derecha de donde estuviera Maya, con el bolso de su hermana, su propia libreta y el termo de agua que nadie le había pedido que trajera pero que siempre traía porque Maya nunca se acordaba de hidratarse durante las entrevistas y luego le dolía la cabeza y le echaba la culpa al aire acondicionado.

El equipo de prensa llegó. Luego los fotógrafos. Luego los técnicos de iluminación que tardaron veinte minutos en ajustar los reflectores mientras Maya practicaba ángulos en el monitor de referencia con una concentración que la mayoría de la gente confundía con vanidad y que Mila sabía que era otra cosa: miedo, perfectamente disfrazado de seguridad.

Y entonces llegó él.

Mila no lo estaba mirando cuando entró. Estaba revisando su teléfono, confirmando el horario del siguiente bloque de entrevistas, cuando el tono del set cambió de una forma que no tenía explicación lógica pero que fue completamente perceptible, como cuando la presión del aire se modifica antes de una tormenta.

Levantó la vista.

Mateo Marcel cruzaba el set con esa clase de presencia que no se aprende ni se ensaya. No era solo el físico, aunque Mila registró sin querer que las fotografías no le hacían justicia. Era algo más difícil de nombrar, algo que tenía que ver con la forma en que ocupaba el espacio sin necesitar reclamarlo, con la manera en que sus ojos recorrían el lugar sin el hambre de quien busca ser visto.



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 29.04.2026

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