Mila no durmió bien. No era la cama, que era considerablemente mejor que la del apartamento de Roma donde el somier llevaba dos años pidiendo ser reemplazado y nadie lo había reemplazado porque ese tipo de cosas no estaban en la lista de prioridades de nadie. Era la habitación en general, ese silencio particular de los hoteles que no es silencio real sino la ausencia del ruido específico al que uno está acostumbrado, y que el cerebro interpreta como algo que falta en lugar de algo que sobra.
O eso se dijo Mila a las dos de la mañana cuando seguía despierta mirando el techo con la libreta abierta sobre el pecho porque había intentado leer los pendientes del día siguiente con la esperanza de que el aburrimiento la durmiera y no había funcionado.
O a las tres, cuando se levantó a buscar agua y aprovechó para revisar el correo de producción y encontró dos actualizaciones del guión que tendría que imprimir antes de las siete.
O a las cuatro y cuarto, cuando finalmente se rindió, se sentó en el borde de la cama con los pies en el suelo frío y admitió, en la privacidad absoluta de una habitación de hotel a oscuras, que no era el silencio lo que la tenía despierta.
Era una frase.
Mañana, cuando llegues a las seis cuarenta y cinco. Yo también estaré aquí a esa hora. Por si hay algo que resolver.
Cinco años llevaba Mila Moretti siendo la persona que resolvía las cosas. Las de Maya, las de sus padres, las del set, las de cualquier espacio que ocupara. Y en cinco años, en diez, en todos los años que podía recordar con claridad, nadie había dicho esa frase. Nadie había ofrecido estar en el lugar difícil, el lugar temprano y sin glamour y sin cámaras, simplemente por si acaso.
Era probablemente un gesto sin importancia para él.
Era probablemente cortesía de alguien acostumbrado a ser amable porque tiene suficiente espacio en su vida para permitírselo.
Era probablemente exactamente eso y nada más, y Mila era perfectamente consciente de que su cerebro a las cuatro de la mañana no era el instrumento más confiable para evaluar la situación con objetividad.
Se levantó, se dio una ducha, se vistió con la ropa que había dejado preparada la noche anterior, un pantalón oscuro de tela gruesa y una blusa holgada color vino que le llegaba a la cadera y que había elegido porque era cómoda y porque en un set de producción la comodidad era más útil que cualquier otra cosa, y se dijo a sí misma, mientras se recogía el cabello oscuro en un moño bajo, que iba a llegar a las seis cuarenta y cinco porque siempre llegaba a las seis cuarenta y cinco y por ninguna otra razón en absoluto.
La cafetería de la esquina abría a las seis.
Mila llegó a las seis dos minutos, suficientemente temprano para ser la segunda persona en entrar después de un hombre con traje que claramente tenía una reunión importante y el café como única esperanza, y pidió lo de siempre: el de Maya con todas sus especificaciones y el suyo solo, sin azúcar.
El mismo hombre de los sesenta años estaba detrás de la barra.
La reconoció sin hacer de eso un evento. —La terca que no aprende el calor.
—La misma —confirmó Mila.
—Hoy llegó más temprano.
—Tengo cosas que resolver.
El hombre asintió con la sabiduría práctica de alguien que no necesita saber los detalles para entender la esencia. Preparó los cafés con esa lentitud suya que en otro contexto habría sido frustrante y en ese mostrador de madera oscura resultaba casi meditativa, y cuando los dejó frente a ella agregó, sin que nadie se lo pidiera, un pan dulce pequeño en una servilleta.
—Para la que resuelve las cosas —dijo.
Mila lo miró. —¿Cómo sabe que soy yo?
—Porque los que llegan a las seis de la mañana siempre son los que resuelven las cosas. Los otros llegan a las nueve.
Mila pagó, recogió los cafés y el pan dulce, y salió a la mañana de Miami que a esa hora todavía tenía algo de manejable, con el calor apenas insinuándose y la luz con esa calidad particular de las ciudades costeras antes de que el sol termine de decidirse.
Caminó hacia el set pensando en lo que había dicho el hombre de la cafetería.
Los que llegan a las seis de la mañana siempre son los que resuelven las cosas.
Se preguntó si alguna vez había elegido ser esa persona o si simplemente había ocupado ese lugar porque estaba vacío y alguien tenía que llenarlo y ella siempre había sido mejor llenando los espacios vacíos que reclamando los que ya estaban ocupados.
No llegó a una conclusión antes de llegar al set.
El set estaba casi vacío.
Casi.
Mateo estaba sentado en una silla de producción cerca de la entrada principal, con una taza de café en la mano y el guión abierto sobre las rodillas, leyendo con esa concentración inclinada que tenía cuando algo le importaba de verdad. Llevaba ropa casual, vaqueros oscuros y una sudadera gris con la capucha bajada, y había algo en esa versión sin producción de él que resultaba más difícil de ignorar que la versión de entrevistas, no menos.
Levantó la vista cuando escuchó sus pasos.
Mila se detuvo un segundo, solo uno, antes de seguir caminando con la misma cadencia de siempre.
—Seis cuarenta y tres —dijo Mateo, mirando su reloj.
—El café tardó más de lo calculado.
—¿Fuiste a la cafetería de la esquina?
—Sí.
—¿El del mostrador de madera?
Mila lo miró. —¿Lo conoces?
—Fui ayer después del set. —Mateo cerró el guión—. El hombre me dio un pan dulce sin que yo lo pidiera.
—A mí también.
—¿Es su sistema con todo el mundo o solo con los que tienen cara de necesitarlo?
Mila consideró la pregunta con seriedad. —Creo que distingue a la gente que llega temprano de la que llega tarde y trata a cada grupo de forma diferente.
—¿Y qué le toca al grupo de los que llegan temprano?
—Pan dulce y filosofía barata.
Mateo soltó algo que fue inequívocamente una risa, corta y real, y Mila sintió una cosa pequeña e involuntaria en algún lugar del pecho que decidió ignorar con la eficiencia con la que ignoraba la mayoría de las cosas que no tenían solución práctica.