Mateo Marcel tenía una regla con los hoteles.
No importaba la ciudad, no importaba el proyecto, no importaba si la habitación tenía vista al mar o a un estacionamiento o a la pared de otro edificio: siempre pedía el piso más alto disponible. No por vanidad ni por ninguna preferencia estética particular. Sino porque a esa altura el ruido de la calle llegaba amortiguado, convertido en algo más parecido al rumor de fondo que al caos, y Mateo necesitaba eso. Necesitaba poder pensar sin que la ciudad se le metiera dentro antes de que él estuviera listo para recibirla.
Miami desde el piso catorce era otra cosa.
Era casi las siete de la noche y él estaba de pie frente al ventanal con los brazos cruzados y el teléfono en la mano, mirando la línea del océano en el horizonte donde el agua y el cielo se volvían casi del mismo color anaranjado profundo, y pensó que Alaia habría sacado el teléfono para fotografiarlo. Habría dicho algo sobre la luz, sobre cómo ese tono específico de naranja solo existía en las ciudades costeras a esta hora exacta, y él habría respondido algo distraído sin levantar la vista y ella le habría tirado un cojín con esa puntería suya que nunca fallaba.
Sonrió sin querer.
Luego el peso llegó, como siempre llegaba detrás de la sonrisa, puntual e inevitable.
Desbloqueó el teléfono y marcó.
Tres tonos. Cuatro.
—¡Papá!
La voz de Madison tenía esa calidad particular de las voces de los hijos que uno puede leer completa en una sola sílaba. Hoy había energía. Hoy había algo que contar.
Mateo soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. —Hola, mi amor. ¿Cómo estuvo el día?
—Bien, pero espera, primero cuéntame tú. ¿Ya empezaron a grabar?
—Todavía no. Esta semana es promoción y preparación. La semana que viene empezamos el primer bloque.
—¿Y cómo es el set? ¿Es grande? ¿Tiene esa luz buena que siempre dices que necesitas para las escenas de día?
Mateo sonrió. Madison llevaba toda su vida escuchando conversaciones de producción y había absorbido el vocabulario con la misma naturalidad con que había absorbido todo lo demás, sin proponérselo, simplemente por ósmosis. —La luz es buena. El set es grande. Y el director sabe lo que hace, que es lo más importante.
—¿Y tu coprotagonista?
Mateo consideró la pregunta un segundo más de lo estrictamente necesario. —Profesional.
—Eso no dice nada, papá.
—Dice lo suficiente.
Madison soltó un sonido que era mitad risa y mitad exasperación, perfectamente heredado de su madre. —Eres imposible. ¿Es guapa?
—Madison.
—Es una pregunta legítima.
—Es una pregunta que no viene al caso.
—Viene completamente al caso. Llevas cinco años sin salir con nadie y yo llevo cinco años esperando que te des cuenta de que eso no es sano, así que sí, si tu coprotagonista es guapa y simpática y...
—Madison Aitana.
—¿Qué?
—¿Cómo estuvo tu día?
Una pausa. El sonido de alguien que sabe que la han redirigido y está evaluando si vale la pena insistir. —Bien —dijo finalmente, y Mateo escuchó en esa palabra el mismo eco de la mañana, la misma respuesta automática que él mismo usaba, y sintió algo parecido a la incomodidad de reconocerse en alguien a quien no quiere pasarle sus propios hábitos.
—¿Solo bien? —preguntó.
—Tuve un examen de historia que creo que me fue bien. Y tío Horus hizo pasta para cenar porque sabe que me gusta y porque creo que está tratando de compensar que me dejaste aquí.
—No te dejé. Te quedaste.
—La diferencia es filosófica, papá.
Mateo cerró los ojos un segundo. Doce años y ya argumentaba así. Alaiahabría estado completamente orgullosa y completamente responsable. —¿Cómo está Horus?
—Pregúntale tú, está aquí. —Una pausa breve, el sonido de pasos, voces al fondo—. Te lo paso.
—Espera, Madi, no hace falta que...
Pero ya había pasado el teléfono.
—Mateo. —La voz de Horus era más grave que la de su prima pero tenía esa misma cadencia, ese mismo ritmo particular que Mateo llevaba quince años aprendiendo a reconocer como el sonido de su familia no biológica pero real—. ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Madi te está dando trabajo?
Horus soltó una risa corta. —Ninguno. Es un placer tenerla aquí, ya te lo dije. Esta mañana me ayudó a ordenar la biblioteca y me explicó durante cuarenta minutos por qué el sistema que yo tenía era ineficiente.
—¿Y tenía razón?
—Completamente. Lo cual es irritante y admirable en partes iguales. —Una pausa—. ¿Cómo va el proyecto?
—Empieza bien. —Mateo se alejó del ventanal y se sentó en el borde de la cama—. Es una historia diferente a lo que he hecho antes. Más quieta. Más interna.
—¿Te asusta?
Era la pregunta que solo Horus podía hacer sin que sonara como una trampa. Con cualquier otra persona de su entorno, esa pregunta habría sido una evaluación disfrazada de conversación. Con Horus era solo lo que era: una pregunta honesta de alguien que quería una respuesta honesta.
—Un poco —admitió Mateo—. El personaje vuelve a sentir algo después de mucho tiempo. —Hizo una pausa—. No es el tipo de cosa que uno puede fingir si no tiene de dónde jalar.
Horus estuvo en silencio un momento. —¿Y tienes de dónde?
Mateo pensó en el set vacío a las seis cuarenta y cinco de la mañana. En una conversación sin guión sobre cafés y días decentes y el cansancio de funcionar sin saber si eso era suficiente.
—Puede ser —dijo.
Horus no preguntó más. Tenía esa cualidad rara de saber exactamente cuándo había suficiente información en una respuesta y cuándo empujar solo rompería algo.
—Mañana es el aniversario de bodas —dijo Horus, despacio.
Mateo lo sabía. Lo había sabido desde que se despertó esa mañana con esa sensación particular que tenían las fechas importantes, ese peso específico que no necesitaba que el calendario lo recordara porque ya vivía en el cuerpo.
—Lo sé.