Volver a Amar

CAPITULO 6

El primer día de grabación oficial llegó con el sol de Miami sin pedir permiso.

Mateo lo sabía antes de abrir los ojos porque la luz se colaba por la rendija de las cortinas con esa insistencia particular del trópico que no existía en ninguna otra ciudad donde había grabado, ni en Madrid ni en Ciudad de México ni en Buenos Aires, una luz blanca y directa que no tenía ningún interés en ser atmosférica.

Se levantó a las seis.

No por ningún pendiente en particular. Sino porque había dormido bien, lo cual seguía siendo suficientemente inusual para que su cuerpo lo celebrara despertándose antes de que la alarma tuviera oportunidad de opinar.

Se preparó despacio, con la calma de los días que todavía no han exigido nada. Café de la máquina del cuarto, que era inferior en todo al de la cafetería de la esquina pero cumplía su función. El guión repasado por tercera vez, no porque no se lo supiera sino porque repasar le daba la sensación de control sobre algo que en cuanto llegara al set dejaría de ser completamente suyo.

Antes de salir, tomó el teléfono.

Abrió la conversación con Madison y escribió: primer día. Te llamo esta noche. Pórtate bien con Horus.

La respuesta llegó en cuarenta segundos, lo cual significaba que su hija de doce años ya estaba despierta a las seis de la mañana en Roma, lo cual era o muy buena señal o muy mala señal dependiendo del contexto.

suerte papá. ya sé que vas a estar increíble. y dile hola a tu coprotagonista de mi parte Mateo guardó el teléfono sin responder al emoji.

La cafetería de la esquina a las seis y veinte tenía tres personas y olor a pan recién horneado que era considerablemente más convincente que el café de la máquina del hotel.

El hombre del mostrador de madera lo reconoció con ese gesto suyo de asentir levemente, como si dijera ah, tú otra vez, y Mateo pidió lo de siempre con la comodidad de quien ya lleva suficientes mañanas en un lugar para tener un lo de siempre.

—¿Primer día grande? —preguntó el hombre, preparando el café.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque ayer llegó a las seis cuarenta. Hoy llegó a las seis veinte. —Lo miró de reojo—. La gente llega más temprano cuando algo importa más.

Mateo recibió el café. —¿O cuando no puede dormir?

—Usted durmió bien. Se le nota en la cara. —El hombre dejó el pan dulce sobre la barra con la misma naturalidad de siempre—. Los que no duermen tienen otra cara.

Mateo pensó en Mila llegando aquí sola a las seis de la mañana con el peso de los pendientes del día ya organizado en la cabeza. Pensó en la marca del vidrio en su frente que ella se había tocado con esa expresión de alguien que acepta las consecuencias de las cosas sin quejarse de ellas.

—¿Vino hoy la mujer de ayer? —preguntó, antes de poder evaluar si era una pregunta que debía hacer.

El hombre lo miró un segundo. —¿La que llega antes que nadie y pide dos cafés?

—Esa.

—Todavía no. —Una pausa con algo de humor tranquilo—. Pero llegará. Esa no falla.

Mateo tomó su café y salió a la mañana de Miami que a esa hora todavía era casi manejable, con el calor apenas construyéndose, y caminó hacia el set pensando que había algo en esa respuesta, esa no falla, que era al mismo tiempo lo más justo y lo más triste que podían decir de una persona.

El set a las seis cuarenta tenía esa energía particular de los primeros días, mitad emoción y mitad nervio, con el equipo técnico moviéndose con propósito y los asistentes de producción verificando listas y el director, Andrés Vega, un hombre de cincuenta y tantos años con barba blanca y la economía de movimientos de quien ha dirigido suficientes proyectos para saber que la energía gastada antes de la primera toma es energía que no queda para lo que importa.

Vega lo recibió con un apretón de manos y directo al punto. —Primer bloque es la escena del reencuentro. Interior, luz controlada, pocas personas en el set. Quiero que llegues al personaje desde adentro, Mateo, no desde la técnica.

—Siempre.

—Lo sé. Por eso te lo digo como recordatorio, no como instrucción. —Vega le palmeó el hombro—. Calienta, repasa, tómate el tiempo que necesites. Empezamos en una hora.

Mateo se instaló en su camerino con el guión abierto y los audífonos puestos, con la playlist específica que usaba siempre para entrar en personaje, sin letra, solo instrumentos, algo que llenara el espacio sin distraer la concentración.

El personaje se llamaba Rafael. Cuarenta años, arquitecto, viudo. Había pasado tres años construyendo una vida funcional alrededor del vacío que dejó su esposa y había terminado por confundir la funcionalidad con la recuperación. La serie comenzaba cuando Rafael volvía al mar, a la ciudad costera donde había sido feliz, y se encontraba de frente con la posibilidad de algo que no había planeado sentir.

Mateo había leído el guión seis veces.

La séptima lo había leído sin buscarlo, sin el ojo técnico del actor que evalúa la escena, y había tenido que cerrar el guión a mitad del tercer capítulo porque algo en las palabras de Rafael era demasiado específico para ser solo ficción y demasiado verdadero para ser cómodo.

No es que no quiera volver a sentir algo, decía Rafael en una escena del cuarto capítulo. Es que ya no recuerdo cómo se hace sin que todo lo demás también vuelva.

Mateo había leído esa línea cuatro veces seguidas.

Luego la había subrayado con un lápiz y había escrito al margen, con la letra pequeña que usaba para las notas de trabajo: esto es verdad.

Salió del camerino veinte minutos antes de la primera toma.

El set principal estaba casi listo, con los técnicos haciendo los últimos ajustes de iluminación y el equipo de sonido verificando niveles, y Mateo hizo lo que siempre hacía antes de una primera toma: caminar el espacio. No para memorizar la escenografía sino para habitarla, para que su cuerpo aprendiera la geografía del lugar antes de que la cámara empezara a mirarlo.



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 29.04.2026

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