Volver a Amar

CAPITULO 7

Mila tenía un sistema para las noches de hotel.

No era un sistema elaborado ni particularmente sofisticado. Era simplemente el orden en que hacía las cosas: primero revisaba los pendientes del día siguiente y los organizaba por urgencia, luego respondía los correos que no podían esperar hasta la mañana, luego preparaba la ropa, luego se lavaba la cara con el desmaquillante que siempre llevaba en el bolsillo lateral del neceser porque Maya usaba el suyo sin pedirlo y Mila había aprendido a tener el propio en un lugar que su hermana no revisara, y finalmente, si quedaba tiempo y energía, leía.

Esa noche el libro llevaba veinte minutos abierto en la misma página.

Mila lo cerró.

Se quedó sentada en el borde de la cama con los pies en el suelo frío y la libreta sobre las rodillas, mirando los pendientes del día siguiente sin realmente verlos, porque su cabeza estaba haciendo esa cosa que hacía a veces cuando algo se instalaba sin pedir permiso y no había lista lo suficientemente larga para desalojarlo.

Entonces mañana piensa en Alaia.

Lo había dicho con naturalidad, con esa honestidad directa que Mila usaba cuando no había tiempo ni energía para envolver las cosas, y en el momento había parecido lo correcto porque lo era. Pero ahora, en el silencio de la habitación con el ruido amortiguado de Miami afuera, se preguntaba si había sido demasiado.

Nadie le había dado permiso de decir ese nombre.

Nadie se lo había prohibido tampoco, pero eso era diferente.

Abrió la libreta en una página en blanco, que era lo que hacía cuando necesitaba ordenar algo que no cabía en las listas de pendientes, y escribió con la letra pequeña y ordenada de siempre:

Cosas que no son asunto mío: — El trabajo de Mateo Marcel — Su forma de procesar el duelo — El nombre de su esposa — La escena de la terraza de mañana — Si el director va a ver la diferencia

Lo miró un momento.

Agregó: — Si él va a estar bien.

Cerró la libreta.

El problema, pensó, no era haber dicho lo que dijo. El problema era que lo había dicho porque lo sentía y porque en algún momento de los últimos cuatro días había cruzado sin darse cuenta la línea entre observar a alguien con la distancia profesional de quien comparte un set y observar a alguien con la atención de quien ha empezado a importarle cómo le va.

Y eso era un problema considerablemente más difícil de resolver que las servilletas que faltaban o el catering sin opción vegetariana.

Se levantó a buscar agua.

El minibar del hotel tenía una botella pequeña que costaba el doble de lo razonable y Mila la tomó de todas formas porque eran las once de la noche y no tenía energía para buscar alternativas más económicas, y se quedó de pie junto a la ventana mirando Miami desde el séptimo piso con la botella en la mano y el cabello suelto por primera vez en todo el día.

Era una ciudad que no terminaba.

Mila lo pensó con algo parecido a la admiración, esa clase de admiración que se tiene por las cosas que son completamente opuestas a uno. Roma también era una ciudad que no terminaba pero era diferente, Roma terminaba y empezaba en capas, en siglos superpuestos que uno podía leer en las paredes si sabía mirar. Miami no tenía capas. Miami era todo superficie y todo presente y todo luz, sin disculpas, sin el peso de lo que fue antes.

Pensó en lo que había dicho Mateo sobre la ciudad desde el piso catorce.

Pensó en que él también estaba mirando esta misma ciudad desde más arriba, probablemente, en este momento o en uno parecido.

Luego pensó que pensar en lo que estaba haciendo Mateo Marcel a las once de la noche era exactamente el tipo de cosa que había escrito en la lista de cosas que no eran asunto suyo, y bebió un sorbo de agua y se alejó de la ventana con la determinación práctica de alguien que ha tomado una decisión.

El teléfono vibró.

Lo miró desde la cama con la cautela que tenía siempre hacia los mensajes nocturnos porque los mensajes nocturnos en su experiencia eran invariablemente de Maya necesitando algo o de sus padres recordándole algo que no quería que le recordaran.

No era ninguno de los dos.

Era un número que no tenía guardado, pero el mensaje era suficientemente claro:

Gracias por lo de esta tarde. — M

Mila se quedó mirando la pantalla durante un momento que fue más largo de lo que habría admitido en voz alta.

Escribió, borró, volvió a escribir con la misma eficiencia con que hacía todo cuando decidía que la parálisis era menos útil que la acción:

No fue nada. Buenas noches.

Lo envió antes de poder editarlo más.

La respuesta llegó en menos de un minuto.

Fue algo.

Dos palabras. Sin punto final. Con la misma economía directa con que Mateo decía todo lo que decía de verdad.

Mila dejó el teléfono boca abajo sobre la mesita y se metió bajo las sábanas con la determinación de alguien que ha decidido oficialmente que ya es suficiente para un día.

Tardó cuarenta minutos en dormirse.

La mañana llegó con el sol sin pedir permiso y Mila llegó a la cafetería a las seis menos diez porque había calculado mal el tiempo de la ducha o porque había salido antes de lo necesario o porque ambas cosas eran ciertas y la segunda era la razón real.

El hombre del mostrador de madera la recibió con el gesto de siempre.

—Hoy más temprano —observó.

—El café de la máquina del hotel es insufrible.

—Ayer también lo era y llegó a las seis.

Mila no respondió a eso. Pidió los dos cafés con los movimientos automáticos de siempre y se sentó en el taburete de la barra mientras esperaba, con la libreta abierta en los pendientes del día aunque los pendientes del día no eran lo que tenía en la cabeza.

La puerta de la cafetería se abrió.

Mila no levantó la vista de la libreta.



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 29.04.2026

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