Volver a Amar

CAPITULO 8

La escena de la terraza duró cuatro minutos y diecisiete segundos.

Mila lo supo porque sin darse cuenta había empezado a contar desde el momento en que Mateo entró al set principal con esa quietud suya que no era la quietud del actor preparándose sino algo más interno, más real, y había seguido contando sin proponérselo durante todo el tiempo que duró la toma porque era lo único que su cabeza encontró para hacer mientras el resto de ella estaba completamente quieto.

Cuatro minutos y diecisiete segundos de Rafael de pie en una terraza frente al mar, con las manos apoyadas en la barandilla y la vista en el horizonte, sin decir nada durante los primeros cuarenta segundos, solo respirando, solo estando ahí con el peso de todo lo que el personaje cargaba sin que ninguna de esas cosas tuviera que ser explicada porque estaban todas en el cuerpo, en la línea de los hombros y en la mandíbula levemente apretada y en la forma en que sus manos se cerraron despacio sobre la barandilla como si necesitaran sujetarse a algo concreto.

Y entonces Rafael habló.

Y lo que dijo era del guión pero lo que había detrás no lo era, o sí lo era pero de un guión diferente, el que uno escribe sin querer con los años y el dolor y las cosas que se pierden y que no se recuperan pero que tampoco desaparecen del todo.

Mila no recordaría después las palabras exactas.

Recordaría el tono. Esa voz grave y sin bordes que Mateo tenía cuando no estaba actuando para nadie.

Recordaría que Vega no dijo corten durante cuatro minutos y diecisiete segundos.

Y recordaría que cuando la toma terminó el set estuvo en silencio durante un momento que nadie interrumpió, no porque hubiera una instrucción de no hacerlo sino porque el silencio llegó solo, de la misma forma en que llega cuando algo verdadero acaba de ocurrir en un espacio y el aire necesita un momento para acomodarlo.

Fue el asistente de cámara quien lo rompió primero, con un aplauso corto y sin afectación, el tipo de aplauso que no es protocolo sino reacción, y el resto del equipo lo siguió con esa espontaneidad que Mila reconoció como genuina porque llevaba suficiente tiempo en sets de producción para saber distinguirla de la cortesía.

Vega se acercó a Mateo con las manos en los bolsillos y le dijo algo en voz baja que Mila no alcanzó a escuchar desde donde estaba, y Mateo asintió una vez con esa economía de gestos suya, y eso fue todo.

Nada dramático.

Solo la verdad, reconocida en voz baja entre dos personas que sabían lo que acababa de pasar.

Mila se fue antes de que terminara el bloque.

No porque tuviera un pendiente urgente, aunque siempre había algún pendiente, sino porque había algo en lo que acababa de ver que necesitaba espacio para asentarse antes de que tuviera que volver a ser la persona que organizaba los cafés y los horarios y las listas interminables de cosas que resolver.

Caminó hasta el área de producción, se sentó en una silla alejada del tráfico principal, y abrió la libreta.

No escribió nada.

La tuvo abierta en la página en blanco durante varios minutos, con el bolígrafo en la mano y la vista en algún punto del suelo, y pensó en su madre.

No en los padres que la habían criado. En su madre biológica, de quien no sabía casi nada excepto lo que un documento oficial decía en términos clínicos y breves: que la había entregado en adopción a los tres meses, que no había dejado ningún mensaje, que el proceso había sido completo y sin complicaciones.

Pensó en ella con la misma frecuencia con que pensaba en el accidente, con la misma frecuencia con que pensaba en todas las cosas que vivían en ese territorio sin nombre que estaba entre el pasado y el presente y que no era exactamente ninguno de los dos.

No era tristeza lo que sentía cuando pensaba en ella.

Era una pregunta sin respuesta que ya había dejado de esperar que se respondiera, que simplemente existía como existen algunas preguntas, no para ser resueltas sino para ser cargadas.

Lo que sí era tristeza, o algo suficientemente parecido para que la diferencia no importara mucho, era pensar en lo que Mateo había hecho en esa terraza con el nombre de Alaia guardado en algún lugar del pecho y la cámara mirándolo y el director sin decir corten.

Había encontrado la manera de convertir el dolor en algo que otros podían reconocer.

Mila no sabía si ella podría hacer eso.

Nunca había intentado averiguarlo.

Maya la encontró a las doce menos cuarto con la expresión de quien viene de una prueba de vestuario exitosa y quiere compartir el entusiasmo con alguien.

—El vestido del tercer capítulo es perfecto —anunció, dejándose caer en la silla de al lado con esa gracia suya de ocupar el espacio como si siempre hubiera sido para ella—. Exactamente lo que pedí. Por una vez en la vida el equipo de vestuario escuchó.

—Me alegra —dijo Mila.

Maya la miró. —¿Estás bien?

—Sí.

—Tienes la cara de cuando estás pensando demasiado.

—Siempre estoy pensando.

—Demasiado, dije. —Maya tomó el termo de agua que Mila tenía sobre la mesa y bebió un sorbo con la familiaridad de quien no considera necesario pedir permiso para las cosas pequeñas—. ¿Viste la escena?

—Parte.

—¿Y?

Mila cerró la libreta. —Fue extraordinaria.

Maya estuvo en silencio un momento, lo cual era en sí mismo inusual porque Maya llenaba los silencios con la misma naturalidad con que respiraba.

—Lo sé —dijo finalmente, con una voz que era más tranquila que su tono habitual—. Lo vi en el monitor desde el área de vestuario. Vega no cortó en cuatro minutos.

—Cuatro y diecisiete.

Maya la miró. —¿Lo contaste?

Mila no respondió a eso.

Su hermana la observó durante un momento con esa expresión evaluadora que usaba cuando estaba juntando información que nadie le había dado directamente, y Mila reconoció el proceso porque lo había visto suficientes veces para saber a dónde llevaba.



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 29.04.2026

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