Volver a Amar

CAPITULO 9

Dos semanas. Mila había contado sin querer, igual que había contado cuatro minutos y diecisiete segundos.

Las grabaciones habían encontrado su ritmo. El set tenía esa lógica propia de los proyectos que ya superaron la etapa frágil del principio, donde todo el mundo sabe su lugar y las conversaciones se volvieron más cortas porque ya no necesitan explicarse.

Mateo saludaba a Mila cuando llegaba. No a Maya. A Mila. Maya lo había notado antes que nadie.

—Necesito que me ayudes con algo.

Mila estaba revisando su agenda del día siguiente cuando Maya se sentó frente a ella con esa postura suya de quien ya decidió y solo está siendo cortés al anunciarlo.

—¿Qué cosa?

—Necesito saber dónde come Mateo cuando no está en el set.

Mila levantó la vista despacio.

Maya tenía esa expresión. La que usaba cuando quería algo y había decidido que lo quería de verdad, no como capricho sino como objetivo.

—Maya—

—No me digas que no.

—No te estaba diciendo que no. Te iba a preguntar para qué.

Maya sonrió. —Para estar ahí.

Mila la miró un momento.

Luego bajó los ojos a su agenda.

Conocía esa sonrisa. Conocía ese tono. Conocía exactamente lo que su hermana estaba construyendo en su cabeza y con qué materiales lo estaba construyendo.

Mateo. Las cámaras. La pareja del momento.

Todo perfectamente calculado.

—Es su día de descanso —dijo Mila.

—Exactamente.

—Significa que no quiere que lo molesten.

—Significa que no está trabajando. —Maya hizo un gesto ligero con la mano—. Hay diferencia.

Mila no respondió.

Maya esperó con esa paciencia selectiva que tenía para las cosas que le importaban.

—¿Por qué yo. —dijo Mila finalmente. Ya sabía la respuesta.

—Porque tú sabes cómo hacerlo sin que parezca lo que es —dijo Maya, con una honestidad que era casi admirable—. Yo soy demasiado obvia.

Mila cerró el folder.

Pensó en la terraza. En los veinte minutos. En aprende a recibir las cosas sin reducirlas.

Pensó en lo que significaba aparecer en el lugar donde alguien está descansando porque alguien más lo mandó a buscar.

—Lo busco —dijo.

Las palabras salieron antes de que pudiera revisarlas, que era exactamente el problema de siempre con Maya, que hacía las peticiones de una manera que no dejaba espacio entre el momento de escucharlas y el momento de responder.

Maya sonrió con esa satisfacción tranquila de quien no dudó ni un momento.

—Sabía que podía contar contigo.

Mila no dijo nada.

Volvió a abrir el folder.

Y por primera vez en mucho tiempo deseó, sin ambigüedad y sin reducirlo, no hacer lo que acababa de decir que iba a hacer.

Esperó una hora. No porque necesitara una hora para mandar un mensaje. Sino porque necesitaba una hora para decidir exactamente qué clase de mensaje iba a mandar, que era una distinción que nadie más habría entendido pero que para Mila era la diferencia entre hacer algo y hacerlo de la manera correcta.

Estaba sentada en su habitación del hotel con el teléfono en la mano y la libreta abierta en la página de cosas que no eran pendientes, donde a veces escribía los pensamientos que no tenían otro lugar donde ir, cuando finalmente escribió:

Hola. Sé que mañana es tu día libre. ¿Tienes planes?

Lo miró durante treinta segundos.

Era una pregunta directa y sin contexto y completamente ambigua en cuanto a su propósito, lo cual era exactamente lo que necesitaba que fuera porque todavía no había decidido si iba a ser honesta sobre la razón por la que preguntaba o si iba a encontrar alguna manera de hacer lo que Maya le había pedido sin que se sintiera como lo que era.

Envió el mensaje.

Dejó el teléfono boca arriba sobre la cama y abrió la libreta, y escribió en la página de los pensamientos sin lugar:

Cosas que sé con certeza: — Esto es un recado. — Los recados no requieren deliberación de una hora. — La deliberación de una hora indica que no es solo un recado.

Lo miró.

Agregó: — Debería haber dicho que no.

El teléfono vibró.

Mañana iba a comprar algunas cosas para la casa. Y comer en algún lugar si encuentro algo decente. ¿Por?

Mila leyó el mensaje dos veces.

¿La casa? escribió.

La respuesta llegó rápido, con esa inmediatez que Mateo tenía a veces cuando respondía mensajes, como si tuviera el teléfono en la mano y no hubiera ninguna razón para fingir que no.

Compré una casa aquí hace tres semanas. Cerca del mar. Madi quería que tuviéramos un lugar fijo cuando viniera a vivir conmigo y Miami le pareció bien.

Todavía no tiene nada adentro, continuó él, como si hubiera anticipado la siguiente pregunta. Solo lo básico. Mañana iba a buscar algunas cosas. Lámparas, algo para la cocina. Ese tipo de cosas.

Mila miró el mensaje.

Luego miró la libreta.

Escribió: ¿Te importaría compañía?

Borró.

Escribió: Suena bien. ¿A qué hora sales?

Borró también.

Se quedó con el teléfono en la mano durante un momento que fue más largo de lo que habría admitido, y pensó en Maya esperando una respuesta que Mila no iba a darle, y pensó en la terraza y en los veinte minutos y en aprende a recibir las cosas sin reducirlas, y escribió, finalmente, sin borrar:

¿Cómo está Madi esta semana? —preguntó Mila.

Mateo tomó su vaso de agua con esa expresión que tenía siempre que alguien mencionaba a su hija, ese cambio pequeño y completamente involuntario que le suavizaba algo en la cara.

Bien. Me mandó ayer una lista de cosas que quiere que tenga la casa cuando llegue.

¿Una lista?

Tres páginas. —Lo dijo con algo que era mitad exasperación y mitad orgullo puro—. Organizada por categorías. Cocina, baño, su habitación. Con notas al margen explicando por qué cada cosa era necesaria.

Mila lo miró. —¿Tres páginas?

Portada incluida. Con título.

Mila sintió algo moverse en el pecho, pequeño y cálido. —¿Qué título?



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 29.04.2026

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