Volver a Amar

CAPITULO 10

Mateo salió a primera hora era su dia libre y aunque quería descansar quería que su hija se sintiera que casa cuando viniera a vivir con él, la extraña tanto que piensa perder todo el dia para complacerla, Madison es una niña encantadora pero esta en la adolescencia y no ha sido tan fácil por suerte tenía a Horus y a Lily para ayudarlo, sin ellos seria aun mas todo mas dificil.

Abrió el coche.

Antes de arrancar tomó el teléfono y escribió a Madison:

Hoy compro las cosas de la lista. ¿Algo urgente que deba priorizar?

La respuesta llegó en cuarenta segundos.

TODO es urgente papá. Pero si tienes que elegir empieza por mi habitación. Y no olvides que el color de las paredes importa mucho.

No voy a pintar hoy, Madi.

Todavía.

Mateo sonrió solo en el coche.

Sin pensarlo. Sin cuestionarse el por qué, abrió la conversación de Mila.

Buenos días.

Dejó el teléfono en el asiento del copiloto y siguió conduciendo.

La respuesta llegó antes de lo que esperaba.

Buenos días. ¿Ya saliste?

Hace veinte minutos.

Maya apareció en el umbral de su habitación con el cabello revuelto y el teléfono en la mano y esa expresión de quien acaba de encontrar exactamente lo que buscaba.

—¿Sabes adónde va?

Mila bebió su café. —A hacer cosas para la casa.

—¿Qué tienda?

—No me dijo.

Su hermana la miró con esa evaluación rápida suya. —Pero sabes algo.

—Maya...

—Mila. —Se sentó en el borde de la cama con esa postura suya de quien ya decidió—. Solo dime si va a comer a algún lugar. Eso es todo. Un restaurante, un lugar, algo.

Mila miró su café.

Pensó en… fue un día escrito en la libreta con la letra pequeña de siempre.

Pensó en que no quería decirlo.

Pensó en los veinte años de Maya encontrando siempre la manera de convencerla, con esa habilidad suya de moverse entre la petición y la presión con tanta gracia que el límite entre las dos nunca quedaba del todo claro.

—Mencionó un restaurante cerca de la casa nueva —dijo finalmente. Las palabras salieron antes de que pudiera retenerlas, como siempre, como llevaba toda la vida pasándole con Maya—. No sé cuál.

Maya sonrió con esa satisfacción tranquila de quien no dudó ni un momento de que iba a conseguir lo que quería.

—No me basta con eso hermanita, quiero un nombre.

Mila la miró. —No sé el nombre, Maya. Te dije todo lo que sé.

—Mila.

—Te dije todo lo que sé —repitió, con una firmeza que sabía que no iba a durar suficiente pero que necesitaba intentar de todas formas.

Maya la estudió durante un momento con esa mirada evaluadora suya, calculando, midiendo, buscando el punto exacto donde Mila cedía siempre. Y lo encontró, como lo encontraba siempre, porque llevaba veinte años buscándolo y conociéndolo mejor que nadie.

Se apoyó en el marco de la puerta con una calma que era la versión más peligrosa de Maya, la que no gritaba ni presionaba con urgencia sino que simplemente esperaba con la seguridad de quien ya sabe cómo termina esto.

—¿Quieres que llame a mis padres? —dijo, con una voz completamente tranquila—. Puedo hacerlo ahora. Contarles que gracias a ti casi pierden a su hija. Que por tu culpa ellos se iban a quedar sin mí.

El aire de la habitación cambió.

Mila sintió el frío conocido instalarse en el centro del pecho, ese frío específico que solo producía una cosa, una sola, y que no había aprendido a no sentir aunque llevara años esperándolo.

—Fue un accidente —dijo Mila, con una voz que salió más baja de lo que quería—. Éramos unas niñas.

Maya encogió un hombro con una ligereza que era la parte más cruel de todo esto, esa facilidad suya para sostener algo tan pesado como si no pesara nada.

—Da igual, hermanita. —Una pausa—. Cállate y me la debes.

Silencio.

Mila miró sus manos sobre la cama. Las cutículas descuidadas. La mancha de tinta en el índice derecho que seguía sin irse del todo. Las manos de alguien que resuelve las cosas de los demás desde hace tanto tiempo que ya no recuerda cómo se resuelven las propias.

—Se llama Tropicana Grill —dijo Mila, en voz baja—. Está cerca de la bahía.

Maya sonrió.

No era una sonrisa de triunfo exactamente. Era algo más complicado, algo que Mila llevaba años intentando descifrar sin éxito, como si debajo de todo lo que Maya usaba como arma hubiera algo más viejo y más roto que ninguna de las dos nombraba nunca.

—Gracias, hermanita —dijo Maya, y salió de la habitación con esa gracia suya de siempre, como si la conversación hubiera sido sobre cualquier otra cosa.

Mila se quedó sola, no abrió la libreta, no tomó el teléfono.

Se quedó sentada en el borde de la cama con el café completamente frío en la mano y la mirada en ningún lugar concreto, y pensó en Mateo que en este momento estaba conduciendo por Miami sin saber nada. Sin saber que se encontrara a Maya.

Maya tardó exactamente veinticinco minutos en arreglarse.

Se puso un minivestido verde que le quedaba perfecto, las zapatillas a juego, un poco más de rubor del habitual. Se miró en el espejo con esa evaluación final suya que nunca dejaba nada al azar.

Mila estaba en su habitación cuando escuchó el pequeño clic del labial y supo, antes de verlo, cuál era.

Lo supo porque Maya lo había comprado tres semanas atrás. Porque Mila la había visto buscarlo en tres tiendas diferentes hasta encontrar el tono exacto, ese rosa viejo particular que no era fácil de encontrar y que Maya había localizado después de dos horas con una determinación que en ese momento Mila no había entendido del todo.

Lo había entendido después, cuando había visto la foto.

Maya revisaba el perfil de Mateo con la misma regularidad con que Mila lo hacía, pero por motivos completamente diferentes. Mila buscaba entender a la persona. Maya buscaba entender qué quería la persona, que no era lo mismo, que nunca había sido lo mismo aunque usaran los mismos ojos para mirar.



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 29.04.2026

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