Volver a Amar

CAPITULO 11

Mateo llegó al Tropicana Grill con dos bolsas de la tienda en el maletero y el satisfactorio cansancio de quien ha resuelto algo concreto.

El restaurante tenía esa calidad de los lugares que no necesitan anunciarse porque los que saben, saben. Sin letrero exagerado, sin música demasiado alta, con el sonido del mar llegando desde afuera con la suficiente claridad para recordarte dónde estabas sin restregártelo en la cara.

Los meseros lo reconocieron antes de que cruzara la puerta.

No hicieron de eso un evento, que era exactamente la razón por la que Mateo había vuelto dos veces desde que lo descubrió la semana anterior. Lo condujeron a una mesa en el rincón interior, discreta, con vista a la terraza pero suficientemente alejada del tráfico principal para que nadie tuviera que hacer el esfuerzo de ignorarlo.

Lo agradecía.

Le gustaba su público, genuinamente, con esa gratitud que no era protocolo sino real, construida en años de entender que sin las personas que elegían verlo no había ninguna de las otras cosas. Pero comer era otra categoría. Comer solo y tranquilo era uno de los pocos territorios que todavía sentía completamente suyo y que protegía sin disculparse.

Tomó el menú aunque ya sabía lo que iba a pedir.

Era un hábito que tenía desde siempre, leer el menú completo antes de elegir lo que ya había decidido, como si el proceso de revisar las opciones fuera parte necesaria de llegar a la conclusión que ya conocía. Alaia se lo señaló una vez, con esa observación directa y sin malicia suya, y Mateo no había tenido ningún argumento porque era completamente verdad.

Estaba en la última página cuando escuchó su nombre.

—Hola, Mateo. Qué sorpresa encontrarte por aquí.

Levantó la vista.

Maya se acercaba a la mesa con esa seguridad suya de quien ocupa cualquier espacio como si hubiera sido diseñado para ella, con el vestido verde y una sonrisa que llegó antes que el resto. Se inclinó a saludarlo con un abrazo que Mateo recibió con la cortesía automática de quien no tuvo tiempo de preparar otra respuesta, y los flashes llegaron casi al mismo tiempo que el abrazo, desde dos ángulos distintos, con esa precisión que no era casualidad.

Maya se sentó a su lado.

No frente a él. A su lado.

Mateo miró los paparazzi desde el rincón de la mesa con esa calma suya que no era sorpresa sino reconocimiento. Conocía esta coreografía. La había visto suficientes veces para saber exactamente qué era y cómo funcionaba y quién había movido qué pieza para que todo estuviera en su lugar en el momento correcto.

Las cámaras seguían disparando desde diferentes ángulos.

Maya sonreía hacia adelante con esa naturalidad suya de quien ha aprendido a no mirar directamente al objetivo para que las fotos parezcan robadas.

Mateo dejó el menú sobre la mesa.

Y pensó, con una calma que era casi geográfica, en quién era la única persona que sabía que iba a estar aquí hoy.

—Hola Maya. Qué sorpresa —dijo Mateo.

Lo dijo con la misma entonación con que ella lo había dicho, ni un grado más arriba ni uno más abajo, y si Maya captó el eco no lo demostró porque Maya tenía esa capacidad de recibir exactamente lo que quería recibir de una conversación y dejar el resto sin recoger.

Se sentó sin esperar que la invitaran.

Con toda la naturalidad de quien no considera que sentarse requiera ningún tipo de permiso, acomodó el bolso sobre la silla, cruzó las piernas con esa elegancia suya de movimiento calculado que parecía espontáneo, y levantó la mano hacia el mesero con la autoridad tranquila de quien está acostumbrada a ser atendida antes de pedir.

El mesero llegó en diez segundos.

—Un agua con gas, sin hielo. Y la ensalada de la casa sin aderezo, con el pollo aparte. —Una pausa mínima, como si lo estuviera considerando—. Y trae otra carta para ver los postres.

El mesero asintió y desapareció.

Maya se giró hacia Mateo con esa sonrisa suya de portada.

—¿Llevas mucho tiempo aquí?

—Acabo de llegar —dijo Mateo.

—Qué casualidad. —Lo dijo con una ligereza que no dejaba espacio para la ironía aunque la ironía estuviera ahí, perfectamente visible para cualquiera que quisiera verla—. Yo pasaba por aquí y vi el letrero. Me pareció lindo.

Mateo la miró un momento.

Luego miró su teléfono sobre la mesa.

Luego volvió a mirarla a ella.

—Sí —dijo simplemente—. Lindo.

El mesero llegó con el agua con gas, la ensalada con el pollo aparte y una canasta de pan que nadie había pedido pero que el restaurante ofrecía por costumbre.

—El pollo tiene salsa —dijo Maya, mirando el plato con esa expresión de evaluación rápida que usaba cuando algo no cumplía sus especificaciones—. Dije sin aderezo.

—Es la cocción, señorita, no es un aderezo adicional, el pollo se prepara con—

—No me interesa cómo se prepara. Dije sin salsa y está con salsa. —Lo interrumpió con una voz que no subió de volumen pero que tenía esa dureza particular de quien está acostumbrado a que las cosas se corrijan sin discusión—. Llévalo y trae otro.

El mesero asintió con la paciencia específica de quien ha tenido esta conversación suficientes veces para haberle perdido el filo.

—Por supuesto, señorita. Enseguida.

—Y el agua está tibia —agregó Maya, antes de que el mesero terminara de girar—. La próxima vez que sirvas agua con gas asegúrate de que la botella esté fría desde antes.

El mesero recogió el plato y el vaso sin cambiar la expresión y se alejó con esa dignidad tranquila de quien decide que no vale la pena.

Mateo lo siguió con la vista hasta que desapareció hacia la cocina.

Luego miró la mesa.

Luego miró a Maya que ya había tomado el menú de postres con la misma ligereza de siempre, como si los últimos dos minutos hubieran sido una transacción menor sin ningún peso particular.

—No era necesario —dijo Mateo.

Maya levantó la vista del menú. —¿Perdón?



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 29.04.2026

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