Mila llegó a las seis cuarenta y cinco. Como siempre.
Con los dos cafés, la agenda impresa, el suplemento de magnesio en el bolsillo del delantal y esa capacidad suya de aparecer puntual en los lugares difíciles aunque supiera de antemano que iban a ser difíciles.
Lo sabía desde las once de la noche anterior cuando había abierto el teléfono y encontrado las primeras fotos ya circulando en tres portales distintos. Las había visto con esa calma forzada de quien revisa el daño antes de que llegue la tormenta para al menos saber de qué tamaño es.
Las fotografías eran buenas, en el sentido técnico y cruel de la palabra. Maya llegó al restaurante con el vestido verde y la sonrisa calculada, los dos juntos en la mesa, Mila sintió algo extraño en el estómago pero lo ignoró. Los flashes desde diferentes ángulos capturando una proximidad que las cámaras siempre sabían exagerar sin mentir del todo.
Y luego vio las otras, Mateo saliendo solo, sin Maya.
Con esa calma suya del hombre que ha tomado una decisión y no necesita explicar, caminando entre los paparazzis con la vista al frente y el paso regular de siempre mientras Maya, según los tres portales, había salido del baño para encontrar la mesa vacía y la cuenta pagada.
Los tatuajes no habían sido amables.
¿Desplante o malentendido? Mateo Marcel abandona a Maya Moretti en plena comida.
Maya Moretti ¿otro intento fallido?
Mila los había leído todos, nunca imaginó que esa sería la narrativa, nunca estuvo de acuerdo con su hermana pero tampoco le gustaba que hablaran de esa forma de ella.
Llegó al set con los cafés y la agenda y el peso silencioso de saber que el día iba a cobrarselo todo junto.
Maya estaba en el camerino cuando Milá entró.
No hacía falta leer su expresión porque su expresión era completamente legible desde la puerta, con esa energía particular de Maya cuando algo no había salido como planeaba y necesitaba que alguien estuviera cerca para recibir lo que no podía devolverle al origen real del problema.
Mila dejó el café sobre la mesa, Maya ni volteo a verla.
Tenía el teléfono en la mano y lo dejó caer sobre el tocador con un golpe que no era suficiente para romperlo pero era suficiente para decir todo lo que no había dicho todavía.
—¿Lo viste?—dijo.
—Si.
—Todo el mundo lo vio.— Maya se giró en la silla con esa lentitud de quien está controlando algo que quiere moverse más rápido —. Fui yo quien los llamo, Mila. Yo los cité ahí, y las fotos que subieron son las de él yéndose.
Mila estaba sorprendida, Maya jamás hace nada más que darle órdenes directas a ella.
—Me dejó sentada—dijo molesta—. Se fue sin decirme nada. Sin avisarme. Pago y se fue como si yo no estuviera ahi.
—Maya…
—Y encima los titulares.— Tomó el teléfono de nuevo y leyó en voz alta con esa precisión de quien necesita que el daño sea escuchado por alguien ,más para que sea real.
Maya tomó el café finalmente. Bebió un sorbo. Hizo un gesto con la mano que era su forma de cerrar un tema cuando no tenía más energía para sostenerlo abierto.
—Hoy va a ser un día horrible —dijo.
—Sí —admitió Mila.
Un silencio corto. Luego Maya se giró hacia el espejo y empezó a retocarse el maquillaje con esa concentración suya de quien convierte la rutina en armadura, capa por capa, hasta que la persona del espejo es la versión que el mundo va a ver y no la que se despertó esta mañana con los titulares en el teléfono.
—Todo esto es una ridiculez —dijo, con una calma nueva que era más peligrosa que la rabia—. Un hombre que se va de una mesa como si fuera una gran declaración. —Soltó una risa corta y sin humor—. Qué dramático.
Mila no respondió.
—Lo que pasa —continuó Maya, aplicando el rubor con movimientos precisos— es que todavía está atascado. En el pasado. En ella. —Una pausa—. Los hombres así son predecibles, Mila. Creen que el duelo los hace profundos cuando en realidad solo los hace lentos.
—Maya.
—No estoy siendo cruel. Estoy siendo honesta. —Se miró en el espejo con esa evaluación final suya—. Todavía no ha soltado a su esposa muerta y eso lo convierte en alguien que toma decisiones desde el miedo. Salirse de un restaurante, no contestar mensajes, mantener distancia. —Encogió un hombro—. Todo miedo.
Mila tenía la libreta en las manos y no había escrito nada en los últimos tres minutos.
—Pero eso tiene solución —dijo Maya, y en su voz había algo que Mila reconoció, esa tonalidad específica de cuando su hermana había decidido algo y solo estaba en el proceso de anunciarlo—. Todos sueltan cuando encuentran algo mejor que sostener.
—No es un proyecto, Maya.
Maya la miró a través del espejo. —No dije que lo fuera.
—Lo estás pensando como si lo fuera.
—Estoy pensando —dijo Maya, girándose en la silla para mirarla de frente— que me gusta. Que a mi carrera le haría muy bien. Y que no hay ninguna razón real por la que esto no pueda funcionar excepto una mujer que lleva cinco años muerta y un hombre que no ha aprendido todavía que el luto no es una personalidad.
El silencio que cayó fue de otro tipo.
Mila la miró.
Maya sostuvo la mirada con esa calma suya que no pedía permiso.
—Es la madre de su hija —dijo Mila, en voz baja.
—Lo sé.
—Maya…
—Lo sé, Mila. —Su voz perdió un grado de dureza, solo uno, suficiente para que se notara—. No voy a hablar mal de ella. No soy esa persona. Pero tampoco voy a competir con un fantasma cuando el hombre que lo carga todavía está aquí y todavía está vivo y todavía puede elegir.
Mila no dijo nada.
Porque había cosas que no tenían respuesta en esa habitación. Porque Maya no estaba completamente equivocada en algunas cosas y eso hacía todo más difícil de rebatir. Porque debajo de todo lo calculado y todo lo estratégico había algo en su hermana que era genuino, pequeño y real, y Mila lo conocía aunque no supiera qué hacer con él.