Mateo llegó al set cuarenta minutos antes que nadie. Como hacía siempre cuando había una escena que le pesaba, no tenía miedo, tenía años en el medio, pero siempre había sentido incomodidad y más las escenas de cama, pero el guión la necesitaba.
Pero nunca las había disfrutado y nunca había fingido que sí.
Vega lo encontró repasando el guión en el set principal con ese silencio concentrado suyo de los días difíciles.
—¿Cómo estás con la escena? —preguntó el director, sin preámbulos.
—Listo.
—No te pregunté si estabas listo. Te pregunté cómo estabas con ella.
Mateo cerró el guión. —Quiero que salga a la primera.
Vega asintió despacio. —Vamos a tener el set reducido. Solo el equipo esencial. Nada de personas extras.
—Lo agradezco.
—La escena necesita verdad, Mateo, no incomodidad visible. Si en algún momento necesitas parar, paras. Sin discusión.
—No voy a necesitar parar.
—Lo sé. Pero lo dicho, dicho está.
Vega se fue hacia el equipo técnico y Mateo se quedó solo de nuevo con el guión cerrado sobre las rodillas y esa quietud interior suya de los momentos que requieren más de lo habitual.
Pensó en Rafael, en el personaje. En lo que significaba esa escena para él dentro de la historia, el primer contacto real después de años de distancia emocional, el momento donde el personaje dejaba de protegerse con la misma eficiencia de siempre.
Pensó que podía encontrar la verdad de eso.
Que de ahí iba a jalar.
Lo que no sabía todavía era lo que estaba ocurriendo al otro lado del set.
Maya había llegado treinta minutos después que Mateo.
Con el cabello perfectamente preparado por el equipo de peluquería y el maquillaje de escena que era más sutil de lo habitual porque la cámara en ese tipo de tomas leía todo con una claridad que no perdonaba el exceso, y con esa energía particular suya de los días en que algo le importaba más de lo que iba a admitir.
El primer contacto físico real con Mateo Marcel, una escena construida para la intimidad, con toda la atención del set concentrada en los dos.
Maya sabía exactamente lo que era capaz de hacer en una escena así.
Y tenía intención de hacerlo.
Pero antes de entrar al set buscó a su hermana entre el equipo de producción y la encontró donde siempre, un paso atrás y dos a la derecha, con la libreta bajo el brazo y el teléfono en la mano resolviendo algo que nadie le había pedido que resolviera en voz alta.
—Quiero que estés en el set hoy —le dijo Maya.
Mila levantó la vista. —Siempre estoy en el set.
—Quiero que estés cerca. Que veas la escena.
Mila la miró un momento con esa evaluación suya que procesaba más de lo que decía.
—Es una escena cerrada —dijo—. Vega pidió equipo reducido.
—Soy la protagonista. —Maya encogió un hombro—. Puedo pedir que mi asistente esté presente. Es completamente normal.
No era completamente normal y las dos lo sabían.
Mila miró la libreta. Luego a su hermana.
Maya no había dicho nada más pero no necesitaba hacerlo porque Mila llevaba suficientes años leyéndola para saber lo que no estaba diciendo, que no era una petición de compañía sino una declaración, que Maya había notado algo que Mila creía haber guardado con suficiente cuidado y que esta era su forma de decirle te vi sin usar esas palabras.
No era tonta, Maya, nunca lo había sido.
Veía las miradas de Mateo buscando a Mila en el set cuando creía que nadie miraba. Veía la forma en que su hermana dejaba de moverse un segundo cuando él entraba a una habitación. Veía los dos cafés de la cafetería de la esquina y el pan dulce compartido y esa conversación en voz baja que se cortaba cuando alguien se acercaba.
Lo había visto todo. y no estaba dispuesta a perder ante Mila.
No ante su hermana insípida que le debía todo, que existía en su vida como existían los muebles necesarios, útiles y sin protagonismo, que aguantaba porque le servía y porque había aprendido hace mucho tiempo que Mila nunca iba a reclamar nada que no le fuera dado primero.
Mateo era demasiado. Demasiado para dejárselo a alguien que ni siquiera sabía que lo quería.
—Estarás en el set —dijo Maya. No era una pregunta.
Mila la miró durante un segundo que fue más largo de lo que habría querido.
—Estaré en el set —dijo.
Maya sonrió.
Y entró al camerino a terminar de prepararse con esa determinación tranquila de quien ya ha decidido cómo va a terminar el día.
Milá se quedó donde estaba.
Con la libreta bajo el brazo y el teléfono en la mano y esa sensación conocida de haber cedido en algo que había decidido no ceder, qué era exactamente la misma sensación de siempre y que no se volvía más fácil con la repetición.
Milá se quedó donde estaba con la libreta bajo el brazo y el teléfono en la mano y esa sensación conocida de haber cedido en algo que había decidido no ceder, qué era exactamente la misma sensación de siempre y que no se volvía más fácil con la repetición.
Miró el set principal donde el equipo técnico estaba haciendo los últimos ajustes de iluminación para la escena. Las cámaras en posición, las luces calibradas para esa calidez específica que Vega usaba en las escenas de intimidad, el encuadre preparado con esa precisión que convertía algo incómodo en algo que en pantalla parecería completamente natural.
Mila conocía su trabajo.
Sabía leer un set como sabía leer todo lo demás, en capas, encontrando lo que estaba debajo de lo visible. Y lo que veía ahora era una escena preparada con cuidado profesional y una trampa personal que su hermana había construido con la misma eficiencia con que construía todo lo que quería.
Estar ahí.
Que Mila lo viera. Que Mateo supiera que Mila lo estaba viendo.
Era un movimiento simple y completamente efectivo y Mila lo había aceptado porque era Maya y porque con Maya siempre terminaba aceptando, y eso era una verdad sobre sí misma que esta mañana pesaba más de lo habitual.