Mateo salió de la cama en cuanto escuchó el corte del director, no quiso esperar más tiempo para alejarse de Maya.
Dio las gracias al equipo y salió, no sin antes mirar a Mila que estaba en una esquina como siempre. Mila salió detrás de él, con su libreta apretada a su pecho y esa urgencia física de alejarse, de poner espacio entre ella y lo que acababa de ver.
y había llegado al pasillo lateral donde los equipos de iluminación guardaban el material sobrante, que era el rincón más discreto que conocía en ese edificio, y había estado ahí exactamente cuarenta segundos cuando escuchó sus pasos.
Mateo apareció con la camisa abrochada hasta arriba aun en su rostro estabban los besos dejado por su hermana, usó el mismo labial.
Se detuvo.
—¿Por qué lo hiciste?
No era la misma pregunta de la llamada. En la llamada había sido directa y sin preámbulo. Esta tenía otro peso, el de alguien que ya conoce la respuesta parcial y necesita la completa.
—Tú sabías dónde iba a estar —dijo Mateo. Sin dureza pero tampoco sin bordes—. Se lo dijiste.
—Mateo...
—Pensé que éramos amigos. —Lo dijo con esa voz baja de cuando algo le importaba más de lo que iba a admitir—. No que le estabas pasando información a tu hermana sobre mis días libres.
Mila sintió el peso de esas palabras instalarse en algún lugar del pecho sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Pensé que éramos amigos.
—No le estaba pasando información —dijo.
—¿Cómo lo llamas tú?
—Lo llamo un error —dijo—. No volvera a pasar.
Mateo se apoyó contra la pared del pasillo y la miró con atención.
—En el restaurante —dijo— hubo una chica que se acercó a pedirme una foto. Dijo que las buenas personas merecen alguien que también lo sea. —Una pausa—. Lo pensé en el coche después. Lo seguí pensando.
Mila no dijo nada.
—Maya te pidió dónde iba a estar y tú se lo dijiste. —No era una pregunta—. Pero hay algo que todavía no entiendo. En la llamada me dijiste es mi hermana como si eso lo explicara todo. Y no lo explicaba todo, Mila. Explicaba una parte.
—Explicaba la parte más honesta —dijo ella.
—¿Y el resto?
Mila pensó en Maya en el umbral de la habitación con el teléfono en la mano. En la voz completamente tranquila diciendo ¿quieres que llame a mis padres? como si fuera una pregunta sobre el tiempo. En el frío conocido instalándose en el centro del pecho, ese frío específico que solo producía una cosa.
Pensó en que había cosas que no se contaban en un pasillo a alguien que llevaba pocas semanas en tu vida aunque esas semanas hubieran construido algo que se sentía más largo.
—El resto —dijo finalmente— es que hay formas de que alguien te pida algo que no se parecen a una petición. Y cuando alguien lleva suficiente tiempo sabiendo exactamente cuál es tu punto débil, deja de necesitar insistir mucho.
Mateo la miró.
Mila sostuvo ese contacto visual sin desviar la mirada porque esta vez no iba a mirar la libreta, no iba a encontrar una salida lateral, no iba a hacer lo que llevaba la vida entera haciendo que era desaparecer justo cuando la conversación requería que se quedara.
—No te lo estoy contando para que me lo perdones —dijo—. Te lo cuento porque me lo preguntaste y porque creo que te lo mereces. La respuesta completa, no solo la parte que es más fácil de decir.
Mateo no dijo nada durante un momento.
—¿Pasa seguido?
Mila supo exactamente a qué se refería.
—Sí —dijo.
Mateo la miró durante un segundo más largo que los anteriores.
No con lástima. Eso era lo primero que Mila había aprendido a detectar en las personas cuando decía verdades sobre Maya, esa mirada de quien siente pena y no sabe dónde ponerla. Mateo no tenía eso.
Tenía algo más parecido a entender.
—De acuerdo —dijo finalmente.
Y luego hizo algo que Mila no anticipó.
Le tomó la mano.
No con urgencia ni con el gesto dramático. Los dedos de Mateo alrededor de los suyos, cálidos y sin apuro, y Mila se quedó completamente inmóvil durante el segundo en que su cerebro procesó lo que estaba ocurriendo.
—¿Qué haces? —preguntó.
Mateo no respondió.
Tampoco la soltó.
Empezó a caminar hacia el estacionamiento con calma, como si llevar a Mila de la mano por el pasillo lateral del set fuera algo que hacía todos los días, y Mila fue con él porque sus pies tomaron esa decisión antes de que el resto de ella pudiera opinar.
Pasaron junto a dos técnicos que no levantaron la vista de los cables que estaban enrollando. Pasaron la puerta lateral. El sol de Miami les cayó encima de golpe, ese calor específico de media mañana que no preguntaba si uno estaba listo para recibirlo.
Mila miró sus manos unidas.
Luego miró hacia atrás, hacia la puerta del set que ya habían dejado atrás.
—Estoy en horario laboral —dijo.
—Lo sé.
—Mateo. —Su voz tenía ese tono de quien intenta recuperar terreno práctico porque el terreno práctico es el único donde sabe moverse con seguridad—. ¿A dónde vamos?
Él no respondió hasta que llegaron al coche. Abrió el copiloto primero.
—Sube —dijo.
—No me has dicho adónde.
—No, no te lo he dicho.
—Tengo cosas que hacer —dijo Mila—. Maya va a necesitar—
—Maya tiene manos —dijo Mateo. Sin dureza. Con esa calma tranquila de las cosas que son simplemente verdad—. Y brazos. Puede hacer sus cosas por sus propios méritos durante unas horas. Por una vez que faltes al trabajo no se va a morir.
Miró el coche. Miró a Mateo. Miró el teléfono en su bolsillo donde en este momento no había ninguna notificación de Maya pero donde en cualquier momento podía haberla, donde siempre podía haberla porque Maya era esa clase de gravedad constante que no necesitaba recordarte que existía para que sintieras su peso.
—¿A dónde vamos? —repitió. Más suave esta vez. Menos defensa y más pregunta real.