Los paparazzi estaban apostados desde antes de que el coche doblara la esquina. Mila los vio primero, ese grupo de ocho o diez hombres con las cámaras ya en posición contra la verja de entrada de la residencial, todos estaban atentos a la llegada de cualquier auto, sabían que todos eran artistas o deportistas.
—Mateo —dijo.
—Ya los vi.
Su voz era tranquila. No era la primera vez, no iba a ser la última, y Mateo había aprendido hace suficiente tiempo a no cambiar de velocidad cuando los veía porque cambiar de velocidad era también una información que las cámaras sabían leer.
Pero Mila sintió algo moverse en su interior, sabía lo que significaba estar aquí, en este coche, llegando a este lugar, en horario laboral.
Las cámaras los detectaron antes de llegar a la verja. Los flashes empezaron inmediatamente, ese estallido blanco y repetido que desde adentro del coche llegaba amortiguado pero presente, y Mila tuvo el impulso instintivo de inclinarse hacia la ventana opuesta, de reducirse, de ocupar menos espacio para que no le tomaran fotos. No lo hizo. No supo exactamente por qué no lo hizo.
Mateo redujo la velocidad lo justo para que el guardia de seguridad de la entrada pudiera identificarlo, levantó la mano en ese saludo breve y sin énfasis que usaba con el personal de los lugares donde era reconocido, y la verja empezó a abrirse con esa lentitud hidráulica de las cosas construidas para durar.
Los paparazzi se acercaron al coche.
Mateo avanzó el coche sin apuro. La verja terminó de abrirse. Cruzaron.
El ruido de las cámaras quedó del otro lado del metal, y luego la verja se cerró con ese sonido sólido y definitivo.
Mila soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—Es tranquilo —dijo Mila.
—Por eso lo elegí. —Mateo redujo la velocidad en una curva suave—. Madi va a necesitar un lugar donde pueda ser solo una chica de doce años. No la hija de alguien.
Mila lo miró de perfil.
La simplicidad con que la dijo, sin énfasis, sin el tono de quien espera que le reconozcan algo. Solo un padre que había pensado en lo que su hija necesitaba antes de pensar en lo que él prefería.
—¿Ya la conoces bien? —preguntó Milá—. ¿Su mundo, lo que le importa ahora?
Mateo guardó silencio un segundo antes de responder.
—La estoy conociendo de nuevo —dijo—. Que es diferente. La conocía cuando era una niña. Ahora es otra persona y esa persona también tiene que conocerme a mí. Es un proceso de los dos.
Mateo detuvo el coche frente a la entrada.
Se quedaron los dos un momento en el silencio del motor que se enfría, con la casa delante y el sol filtrándose por las palmeras en esa luz específica de media mañana que hacía que todo tuviera un contorno más nítido de lo habitual.
—Todavía está vacía —dijo Mateo—. Casi vacía. Llegaron algunas cosas pero Madi quiere elegir la mayoría en persona y eso no va a ocurrir hasta el mes que viene.
—¿Y las paredes?
Mateo la miró.
Había una sonrisa pequeña en su expresión, la que aparecía cuando algo lo tomaba levemente por sorpresa.
—Las paredes —confirmó— son el problema urgente.
Mila miró la casa.
Pensó en Madison que no conocía en persona pero ha visto más de una vez fotografías de ella, Mateo no comparte mucho de su vida íntima pero la esposa del primo de Mateo si que lo hacía, su perfil era público y podía ver las imágenes de la familia no es Mila la buscara pero solo aparecian. Madison era muy bonita, se parece tanto a su madre, la mayoría de fotos son con su tío un hombre muy atractivo pero no tanto como Mateo.
—Entonces entremos a ver las paredes —dijo.
La casa olía a pintura nueva y a ese silencio particular de los espacios que todavía no tienen historia.
Las ventanas eran enormes.
Eso fue lo primero que registró. Alguien había diseñado esta casa pensando en la luz, en traerla adentro desde todos los ángulos posibles, y aunque los cuartos estaban prácticamente vacíos y los pocos muebles que habían llegado todavía tenían ese aire provisional de las cosas que no saben dónde van a quedar, la luz hacía que todo tuviera una calidez que la decoración todavía no había ganado pero que ya estaba prometida en la arquitectura.
—Es preciosa —dijo Mila, y lo dijo sin el tono de cumplido sino con el de alguien que está diciendo algo que es simplemente verdad.
—Le falta todo —dijo Mateo.
—Le falta todo y es preciosa de todas formas. No se contradicen.
—¿El sofá es temporal? —preguntó Mila.
—Según Madi, todo es temporal hasta que ella pueda venir a decidir. —Mateo miró el sofá con una expresión entre la resignación y el afecto—. Incluido el sofá que yo compré y que ella ya descartó por mensaje de texto con tres emojis y sin más explicación.
—¿Qué emojis?
—Un pulgar abajo, una cara haciendo una mueca y algo que creo que era una berenjena pero todavía no entiendo por qué.
Mila soltó una risa corta y genuina, de las que llegaban antes de poder decidir si eran apropiadas, y Mateo la miró con esa atención suya de los momentos en que algo le gustaba sin que pudiera evitarlo.
Le enseño la cocina. Amplia y bien equipada, con la isla central que en Miami era casi una religión arquitectónica y los electrodomésticos todavía con los manuales encima porque nadie había tenido tiempo de leerlos. Mila pasó los dedos por la encimera de piedra, fría y sólida bajo las manos, y pensó sin querer en la cocina del departamento donde vivía con Maya que era funcional y sin ningún carácter propio porque Maya no cocinaba y Mila cocinaba tan poco que nunca había valido la pena hacer del espacio algo más que útil.
—¿Tú cocinas? —preguntó.
—Intento —dijo Mateo—. Horus dice que con intento no alcanza. Lily dice que lo que Madi come tampoco importa mucho porque mi hija vive de pasta y nuggets.
—¿Lily es...? — sabía quién era Lily pero no estaba dispuesta a rebelarse a Mateo que es una chismosa en sus redes sociales.