—¿Quieres ver el jardín? —preguntó Mateo.
No era una pregunta que necesitara mucha deliberación. Mila asintió y lo siguió por las escaleras de vuelta a la planta baja y por el pasillo hacia la puerta trasera que Mateo abrió con esa familiaridad nueva de quien todavía está aprendiendo los movimientos de su propia casa.
El jardín los recibió con el calor de Miami filtrado por las palmeras y una brisa que desde adentro de la casa no se sentía pero que afuera era lo suficientemente real para agradecer.
Mila se detuvo en el umbral.
Era más grande de lo que esperaba. Verde y ordenado que solo tienen los jardines que alguien cuida con atención genuina, el pasto recortado con una uniformidad que no era natural sino trabajada, las palmeras en el perímetro con sus troncos limpios, unas flores que Mila reconoció al momento eran del color exacto del atardecer creciendo junto a la barda del fondo.
—El jardinero lleva tres semanas —dijo Mateo, leyendo su expresión—. Lo encontró la inmobiliaria. Yo no tuve nada que ver con esto.
—Se nota que alguien lo quiere —dijo Mila.
—Don Aurelio. Sesenta y tantos años, llega los martes y los viernes a las siete de la mañana sin que nadie se lo pida y siempre deja algo diferente. La semana pasada fueron esas flores. —Señaló las del atardecer—. No sé cómo se llaman.
—Heliconias —dijo Mila.
Mateo la miró. —¿Cómo sabes eso?
—Mi madre las tenía en el balcón. —Lo dijo con naturalidad, sin el peso de otras veces—. Decía que eran las únicas flores que no pedían permiso para ser llamativas.
Mateo sonrió levemente. —Me gusta eso.
Caminaron por el jardín sin ningún destino particular, con ese paso lento de quien no tiene prisa y ha encontrado un espacio donde la prisa no encaja de todas forma de hombre que no necesita una silla para decidir quedarse en un lugar.
Mila lo miró un segundo. Luego se sentó a su lado.
El césped era suave y el sol llegaba filtrado y Miami sonaba a lo lejos con su ruido constante e indiferente, y durante un rato ninguno de los dos dijo nada. Hablaron de cosas pequeñas.
De Don Aurelio y su puntualidad de los martes y los viernes. De la planta dramática del baño de visita que según Mateo había llegado sola porque nadie recordaba haberla comprado. De la sección de mapas antiguos de la librería que todavía no había vuelto a visitar pero que tenía pendiente. De Roma en diciembre. Eran conversaciones sin peso.
Del tipo que uno tiene cuando está suficientemente cómodo con alguien para no necesitar que cada palabra justifique su existencia.
Mila estaba mirando las heliconias cuando Mateo dejó de hablar.
No fue un silencio de transición. Fue uno diferente, más denso, con ese peso específico que Mila ya sabía reconocer en él como el silencio de las cosas que estaban siendo pesadas antes de ser dichas.
Esperó.
—Hace cinco años —dijo Mateo, con una voz que era tranquila pero que tenía algo debajo que no lo era—. El día que perdí a Alaia.
Mila no se movió.
—Tenía problemas —continuó—. Psicológicos. Llevaba años con ellos, con altibajos, con períodos buenos y períodos que no lo eran. —Una pausa—. No era la primera vez que lo intentaba.
El jardín siguió igual. Las palmeras, el viento, las heliconias del color del atardecer. Todo exactamente igual que un momento antes.
—Ese día había estado bien —dijo Mateo. Y en esas cuatro palabras había algo que Mila reconoció como la parte más difícil, no el final sino el contraste—. Muy bien. Estuvo la mayor parte del día con Madi, jugando, riendo. Esa Alaia que aparecía en los días buenos era... —se detuvo un momento— era la persona que yo conocí. La que me enamoré.
Mila lo escuchaba sin moverse, sin intervenir.
—Me convenció de llevar a Madi al parque. —Su voz cambió levemente en los bordes, ese cambio mínimo que Mila ya sabía leer—. Dijo que necesitaba aire, que quería que Madi corriera un poco. Yo no quería irme, no sé si por instinto o por costumbre de estar alerta, pero Alaia estaba tan bien ese día que me convencí de que estaba leyendo mal la situación. Que estaba siendo paranoico.
Una pausa más larga.
Mila esperó.
—Cuando volvimos del parque —dijo Mateo, y su voz se quedó en ese punto donde las palabras existen pero cuestan—. La encontré en nuestra habitación.
Mila miró el pasto frente a ella. Pensó en Mateo llegando a esa habitación con Madi probablemente todavía de la mano, con la energía del parque todavía en el cuerpo de su hija, sin saber lo que iba a encontrar al otro lado de esa puerta.
—¿Madi estaba contigo? —preguntó finalmente, en voz muy baja.
—No, pase a dejarla con el abuelo quería ir a buscar a su tío pero él estaba en una gala.
Mila cerró los ojos un segundo.
—Me alegra que lo hicieras —dijo.
Mateo asintió despacio, mirando las heliconias sin verlas realmente, con esa mirada de quien está en dos lugares al mismo tiempo, en ese jardín de Miami y en una habitación de hace cinco años que probablemente nunca iba a dejar de existir en algún lugar de su memoria.
—A veces pienso en ese día —dijo—. En lo bien que estaba. En lo mucho que me alegré de verla así. —Una pausa—. Y no sé si eso lo hace más difícil o más soportable. Que el último día fue bueno.
Mila lo miró de perfil.
Vio lo que le costaba tenerlo en el cuerpo todavía, cinco años después, ese peso que no había desaparecido sino que había cambiado de forma como él mismo le había dicho una vez. Vio que la amaba. Que la extrañaba con esa clase de amor que no se cierra porque no está destinado a cerrarse sino a convivir con todo lo demás que uno es y llega a ser.
No dijo que el tiempo sanaba.
No dijo que Alaia estaría orgullosa ni ninguna de las frases que la gente usa para llenar el espacio del dolor ajeno porque no sabe qué otra cosa hacer con él.
Simplemente extendió la mano sobre el pasto, despacio, sin anunciarlo, y la dejó cerca de la de él sin llegar a tocarlo del todo. Una presencia. Una señal de que había alguien ahí que no se iba a ir.