Volver a Amar

CAPITULO 19

El vuelo aterrizó a las dos de la tarde, Mateo llegó al aeropuerto cuarenta minutos, porque no había podido quedarse en la casa haciendo nada útil, se moría de ganas de ver a su hija.

Cuando las puertas finalmente se abrieron el flujo de pasajeros empezó a cruzar Mateo se puso de pie sin darse cuenta.

La vio antes de que ella lo viera a él.

Madison cruzó las puertas con la mochila al hombro y una maleta de mano que rozaba ligeramente torcida porque siempre había tenido esa rueda defectuosa y siempre había prometido cambiarla y nunca lo había hecho, con el cabello recogido en un moño alto. Mateo pensó en lo grande que esta, fueron dos meses sin verla.

Mateo la recibió con los brazos abiertos y el peso de ella contra su pecho fue exactamente lo que dos meses de videollamadas y mensajes y listas de tres páginas con portada no habían podido ser.

—Papá.

—Hola, mi amor.

Se quedaron así un momento, con el aeropuerto moviéndose a su alrededor con su ruido indiferente, y Mateo cerró los ojos un segundo y pensó que había cosas para las que no existía ningún sustituto.

Horus llegó detrás con dos maletas grandes y una expresión que ha sobrevivido un vuelo transatlántico con una adolescente de doce años y tiene opiniones al respecto.

—Está bien —le dijo Mateo, abrazándolo.

—Está perfecta —dijo Horus—. Yo en cambio necesito café y un silencio de aproximadamente cuatro horas.

Madison se separó de su padre con esa velocidad de los niños que pasan del abrazo a la siguiente cosa sin transición. —Tío Horus estuvo dormido la mitad del vuelo. No exageres.

—Estaba descansando los ojos.

—Roncabas.

—Eso es falso.

—Tengo video.

Mateo los miró a los dos con algo que era completamente felicidad, simple y sin adornos, del tipo que no necesita ser analizado para ser reconocido.

—Bienvenidos a Miami —dijo.

La casa los recibió con la luz de la tarde filtrándose por las ventanas enormes y ese olor nuevo que tenía ahora, ya no solo pintura sino algo más habitado, más parecido a un lugar que estaba aprendiendo a ser de alguien.

Madison entró primero.

Se detuvo en el centro de la sala y giró despacio, con esa evaluación que era completamente seria y completamente de doce años al mismo tiempo, mirando cada rincón con los ojos de quien ha estado imaginando un espacio durante semanas y ahora está verificando si la realidad cumple con las expectativas.

Mateo la observó desde la puerta.

—¿Y? —preguntó.

Madison siguió girando. —Las lámparas están bien.

—Gracias.

—El sofá temporal es peor de lo que imaginé.

—También gracias.

—Pero la luz es buena. —Se detuvo mirando las ventanas—. Es muy buena.

Mateo sonrió. —Elegí la habitación con la mejor para ti.

Madison lo miró. —¿La del este?

—La del este.

Algo en su expresión cambió, ese movimiento pequeño y completamente genuino que tenía cuando algo le importaba más de lo que iba a admitir en voz alta. —Voy a verla.

Subió las escaleras con la mochila todavía al hombro y Mateo escuchó sus pasos por el pasillo y luego el silencio de una puerta que se abre y una persona que se queda quieta dentro de un cuarto.

Horus se dejó caer en el sofá temporal con el alivio de alguien que lleva demasiadas horas vertical. —Le va a encantar.

—Eso espero.

—Ya le encantó. Lo del este fue el detalle correcto.

Mateo miró las escaleras. —Tuve ayuda para entenderlo.

Horus lo miró con esa atención que no preguntaba directamente pero que tampoco dejaba pasar las cosas. —¿Qué tipo de ayuda?

Mateo no respondió.

Desde arriba llegó la voz de Madison.

—¡Papá! ¡Las paredes son perfectas! ¿Quién te dijo el verde salvia?

Mateo miró a Horus.

Horus lo miró a él.

—Ese tipo de ayuda —dijo Mateo simplemente, y fue a la cocina a preparar el café que Horus necesitaba antes de que la conversación pudiera continuar.

Al día siguiente Mateo llevó a Madison al set.

No era el plan original. El plan original era que Madison descansara del viaje y conociera la casa con calma y que Horus recuperara el sueño que le había robado el vuelo transatlántico.

Pero Madison se había despertado a las siete de la mañana con mucha energía y ganas de salir. A si que apareció en la cocina con el cabello suelto, un vestido celeste que Lily la esposa de su tío Horus le regaló hace días antes de venir a Miami. Madi le preguntó a su padre si podía acompañarlo a las grabaciones. Mateo no encontró ningún argumento convincente para decirle que no, aunque no le gustaba exponer mucho a su hija con los medios.

El set estaba ya iluminado, las personas entraban y salían, cables y voces y el sonido de equipo siendo movido de un lugar a otro. Todo tenía que estar listo para las nueve.

Madison caminaba a su lado, observando todo, no era algo nuevo para ella, pero le gustaba ir al trabajo de su padre, estaba orgullosa de lo que su padre hacía.

— Es más grande de lo que pensaba — digo.

—¿En serio? Yo siempre los encuentro más pequeños de lo que recuerdo.

—Tú eres más alto que yo. Todo te parece más pequeño.

Mateo la miró. —Eso no tiene ningún sentido lógico.

—Tiene todo el sentido. —Madison señaló hacia las cámaras—. ¿Esas son las del primer plano o las de seguimiento?

—¿Dónde aprendiste eso?

—Tío Horus me explica las cosas cuando tú no estás.

Mateo sonrió, amaba la relación de Horus con su hija, alguna vez llegó a sentir celos por la relación de su esposa con su primo y cuando nació Madi, pero Horus amaba a su esposa tanto como ama a su hija sin condiciones.

Estaban en el área de producción, cuando Maya los encontró. O más bien cuando Maya los vio desde el otro lado del set y fue caminando a toda prisa para encontrarlos.

—¡Mateo! No sabía que ibas a traer visita hoy. —Su voz tenía esa calidez calculada que usaba para las primeras impresiones, la que sonaba completamente genuina si uno no sabía leer lo que había debajo—. ¿Es esta tu hija? Es preciosa.



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 13.06.2026

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