Volver a Amar

CAPITULO 20

Llegaron al Tropicana Grill, por la tarde estaba más tranquilo que por las mañanas, el sonido del mar llegando desde la terraza, Madison entró primero y se sentó antes que nadie le indicará donde, el mesero llegó rápidamente y le ofreció el menú.

—Tienen ceviche —anunció Madison, como si fuera información de interés público.

—¿Te gusta el ceviche? —preguntó Horus, sentándose a su lado.

— Me gusta todo.

— ¿Desde cuándo? —. le pregunta su tío con una sonrisa.

— Desde hace mucho tio.

— Voy hacer como que te creo.

Mila estaba sentada entre Horus y el espacio que quedaba libre frente a Madison, y había llegado a esa silla con el impulso conocido de ocupar el lugar más discreto disponible, el que menos protagonismo reclamaba, el que le permitía estar presente sin ser el centro de nada.

Pero la mesa era redonda.

—¿Qué vas a pedir? —preguntó Madison.

Mila levantó la vista. Madison la miraba con curiosidad, sin el protocolo de fingir que no había estado observando.

—Estoy viendo —dijo Mila.}—El ceviche es muy bueno —dijo Mateo, desde el otro lado de la mesa—. Y el arroz con mariscos.

—¿Lo has pedido antes?

—Vengo seguido.

—Es su segundo hogar —dijo Madison, sin levantar la vista de su propio menú—. Cuando no está trabajando está aquí. Lo sé porque revisa el menú en el teléfono aunque ya sabe lo que va a pedir.

Horus miró a Mateo. —¿Eso es verdad?

—Es una exageración.

—Es completamente verdad —dijo Madison—. También lo hace en otros restaurantes. Revisa el menú y pide siempre lo mismo. Mamá decía que era su forma de sentirse en control de algo.

El nombre de Alaia cayó en la mesa, sin el peso de otras veces, como parte de una conversación y no como una interrupción de ella, y Mila vio que Mateo recibió eso con calma.

—Era muy observadora tu mamá —dijo Horus, con esa ternura particular que tenía para el nombre de su prima.

—Sí. —Madison dejó el menú—. Yo también soy observadora. Lo heredé.

—Eso está claro —dijo Mila, antes de poder decidir si era el momento correcto para hablar.

Madison la miró. —¿Tú también eres observadora?

—Demasiado, según algunas personas.

—Según las personas a las que no les gusta ser observadas —dijo Madison —. Que no es lo mismo que ser demasiado observadora.

Mila la miró durante un segundo.

—No —dijo—. No es lo mismo.

Madison eligió el ceviche y algo llamado tostadas de atún que el mesero recomendó con un entusiasmo que ella recibió con escepticismo educado y luego confirmó que estaba justificado en el primer bocado.

Horus pidió lo que Mateo le señaló porque dijo que en ciudades nuevas siempre pedía lo que pedía alguien que conocía el lugar, que era una filosofía de vida que le había funcionado razonablemente bien en cuatro continentes.

Mila pidió arroz con mariscos.

Mateo la miró cuando lo dijo y no dijo nada pero había algo en la comisura de su boca que Mila archivó sin comentar.

La conversación fluyó. Horus preguntó sobre el set y Mateo explicó el estado de las grabaciones con más detalles del que usaba en las entrevistas, el detalle real, el de los problemas técnicos del tercer bloque y la escena que Vega había pedido repetir cuatro veces no porque estuviera mal sino porque quería algo más de esas escenas.

Después de un rato todos estaban en la conversación, por un momento corto Milá se sintió incómoda pero luego todos la incluyeron, Horus habló de sus hijos y de su esposa, que aunque Milla no los conocía personalmente, los había visto en redes sociales. Horus le preguntó de dónde era . Le preguntó si Miami le había parecido lo que esperaba o algo diferente, y Mila respondió que era más ruidosa y más honesta de lo que esperaba, que no pedía permiso para ser lo que era, y Horus dijo que eso era exactamente la descripción correcta y que él llevaba quince años intentando encontrar las palabras para decirlo y Mila lo había resuelto en una frase.

Madison la escuchaba.

— ¿Y cómo es trabajar con Maya? Se ve que es un higadito — Horus no pudo evitar sonreír.

— Madi — la reprendió su padre.

— Es mi hermana — responde Mila.

Madison frunció el ceño levemente. No con hostilidad sino con la expresión de quien está recibiendo información que no encaja del todo con el mapa que tiene.

—¿Maya Moretti es tu hermana?

—Sí.

—¿La misma Maya que trabaja con mi papá?

—La misma.

Madison miró a su padre. Luego a Mila. Luego de nuevo a su padre.

—Son muy diferentes —dijo Madison finalmente.

—Sí —dijo Mila—. Lo somos.

—Maya es muy... —Madison buscó la palabra con esa honestidad suya de quien no quiere ser injusta pero tampoco va a ser imprecisa— muy de estar en el centro de todo.

—Sí.

—Y tú no.

—No.

Madison asintió —¿Son cercanas?

Mila consideró la pregunta con más cuidado

—Somos hermanas —dijo finalmente.

Era la respuesta más honesta que podía dar sin abrir una conversación que una mesa de restaurante con una niña de doce años no era el lugar correcto para tener, y Madison, que era observadora como su madre y procesaba rápido como su padre, entendió en dos segundos que había algo detrás de esa respuesta que no estaba siendo dicho.

Salieron del restaurante cuando la noche ya había reemplazado completamente a la tarde.

Madison caminaba entre Mateo y Horus con esa energía de los doce años que sobrevive a los vuelos largos y las cenas tardías sin perder volumen, hablando de algo sobre las tostadas de atún y si era posible conseguir la receta.

Madison se rezagó un momento, dejando que Horus y Mateo avanzaran, y se puso a caminar junto a Mila.

—El verde salvia quedó perfecto —dijo Madison—. En serio. Me desperté esta mañana y lo primero que pensé fue que el cuarto ya se sentía mío.

Mila la miró. —Me alegra.

—¿Cómo supiste que era eso lo que necesitaba?



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 13.06.2026

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