El teléfono sonó a las siete de la mañana, Mila lo vio venir desde la noche anterior, con esa certeza que había desarrollando en años de conocer los patrones de Maya, que era predecible en todo excepto en el momento exacto en que decidía actuar. Contesto en el segundo tono.
—Buenos días, Maya.
—¿Dónde estabas ayer?
—Fui a comer —dijo Mila.
—Lo sé dónde fuiste. —hizo una pausa breve—. Tengo las fotos.
Mila miró el techo de su habitación.
—Era una cena de trabajo —dijo Mila.
—Era Mateo, su hija y su primo. Y tú. —La voz de Maya subió un grado, solo uno —. ¿Desde cuándo eres parte de la familia, Mila?
—No soy parte de la familia. Coincidimos al salir del set y—
—No me expliques lo que pasó. Estaba en las fotos.
Mila se sentó en el borde de la cama con el teléfono en la oreja y la mirada en el suelo, los pies en el suelo frío como ancla.
—¿Qué necesitas hoy? —preguntó, eligiendo el terreno práctico porque era el único donde tenía algún control.
—Necesito que recuerdes para qué estás aquí.
—Lo recuerdo.
—No lo parece. —Maya respiró—. Hoy tienes que estar en el set a las siete y media. Quiero el café antes de que llegue el equipo de maquillaje. El guión del cuarto bloque impreso en tres copias. Y llama a la coordinadora de vestuario porque el vestido del episodio ocho tiene un problema en la costura que nadie ha resuelto.
Mila tomó la libreta de la mesita y empezó a escribir.
—El stylist viene a las diez —continuó Maya—. Necesito que estés presente porque la última vez que lo dejé solo con el equipo de producción cambiaron tres accesorios sin consultarme. Y por la tarde hay una entrevista para una revista que no estaba en el calendario original así que reorganiza lo que tengas que reorganizar.
Mila escribía sin interrumpir.
—Y Mila.
—¿Qué?
—La niña de Mateo. —Una pausa calculada—. No es tu problema. No es tu familia. —. ¿Quedó claro?
—Quedó claro —dijo.
Maya colgó.
El set a las siete y media tenía ese ruido de siempre.
Mila dejó el café de Maya en el camerino, el guión impreso en tres copias sobre la mesa, y salió al pasillo con su propia libreta y su propio café y la lista del día organizada por urgencia en la primera página.
Mateo estaba hablando con Vega cerca de las cámaras, con el guión en la mano y esa concentración inclinada de las mañanas de trabajo. Madison no estaba, probablemente todavía en la casa con Horus, y el set tenía esa energía de los días normales, sin visitas ni variables inesperadas.
Mateo la vio.
Levantó la mano brevemente, ese saludo mínimo que ya era parte del vocabulario entre los dos, y Mila respondió con el mismo gesto y siguió caminando hacia el área de producción porque tenía catorce pendientes y Maya podía aparecer en cualquier momento y el stylist llegaba a las diez.
Mateo la miró un segundo. —¿Solo funcional?
—Es temprano todavía.
—Mila —dijo él, con esa voz tranquila de siempre.
—Tengo catorce pendientes antes de las diez —dijo ella.
— Anoche Madison me preguntó si ibas a volver a cenar con nosotros.
Mila levantó la vista.
—Le dije que no lo sabía —continuó Mateo—. Que dependía de ti. —Sus ojos eran directos y sin ningún muro—. Depende de ti.
—Lo pienso —dijo.
Mateo asintió. Sin presión. Sin el gesto de quien espera más de lo que le están dando.
—Catorce pendientes —dijo.
—Catorce.
—Entonces ve. —Hizo una pausa, y en la comisura de su boca había algo que Mila ya conocía—. Pero Mila.
Ella lo miró.
—Maya tiene una cara para las cámaras —dijo él, en voz baja y sin adorno—. Tú tienes una cara para todo. —Una pausa—. No las confundas.
Mila lo miró durante un segundo que fue más largo de lo que debería.
Luego asintió una vez, sin decir nada, y se fue hacia el área de producción con la libreta bajo el brazo y los catorce pendientes en la cabeza y esa frase instalada en algún lugar del pecho donde las cosas se quedaban cuando importaban demasiado para irse.
Mateo llegó a su camerino después del primer bloque de grabación, diez minutos de silencio, agua fría y el guión revisado antes de que Vega pidiera el siguiente encuadre.
Abrió la puerta.
Se detuvo.
Maya estaba sentada en el sillón del rincón con las piernas cruzadas y el teléfono en la mano. Levantó la vista cuando entró con una sonrisa que llegó demasiado rápido para ser espontánea.
—Hola —dijo.
Mateo miró el camerino. Luego a ella. Luego la puerta abierta detrás de él.
—Maya —dijo, con una calma que no era bienvenida pero tampoco era todavía otra cosa—. ¿Qué haces aquí?
—Te esperaba. —Lo dijo con ligereza —. Quería hablar contigo de algo antes de que llegara el equipo de Vega.
Mateo dejó el guión sobre la mesa. Se quedó de pie, sin sentarse, con esa postura de quien ha decidido que la conversación va a ser corta.
—¿De qué?
Maya guardó el teléfono. —El jueves hay una alfombra roja. La premiere del canal. Vega cree que sería perfecto para la promoción de la serie que los dos fuéramos juntos.
—¿Ya habló Vega con mi representante?
—Está en proceso. —. Quería hablarlo contigo primero.
Mateo la miró.
—Es una aparición de promoción. —Maya descruzó las piernas y se inclinó levemente hacia adelante—. Dos protagonistas en la premiere de su serie. Nada que la prensa no haya visto mil veces.
—La prensa lleva semanas construyendo una narrativa que yo no he alimentado. —Su voz era tranquila pero directa—. Aparecer juntos en una alfombra roja el jueves es alimentarla.
—O es simplemente hacer nuestro trabajo. —Maya sostuvo su mirada con calma —. Mateo, el director está de acuerdo. Es parte del contrato de promoción. Las apariciones públicas conjuntas están contempladas desde el principio.
—Las apariciones de trabajo —dijo él—. Hay una diferencia.
—Una alfombra roja es trabajo. —Maya se puso de pie con fluidez, reduciendo la distancia entre los dos con un paso que era suficientemente casual para no poder ser señalado—. Mira, no te pido nada que no sea completamente profesional. Veinte minutos. Tres preguntas sobre la serie. Una foto en la entrada.Eso es todo.