Madison estaba triste porque su tío Horus estaba por irse, su propia familia lo estaba esperando, y Madison lo entendía pero lo iba a extrañar. Horus le prometió que en tres semanas volvería y con toda la familia para pasar unas vacaciones con ella y Mateo.
—Tres semanas es mucho tiempo —dijo Madison.
—Tres semanas es nada —dijo Horus.
—Para ti.
Horus la miró con ternura, amaba a su sobrina como si fuera suya, en realidad él sentía que Madison era tan suya como de Mateo. la abrazó una vez más aunque el abrazo anterior ya había sido el de despedida.
—Llámame cuando quieras —dijo—. A cualquier hora. Ya sabes cómo soy con el teléfono.
—Siempre contestas.
—Siempre.
Horus le revolvió el cabello, que era el gesto que más la sacaba de quicio y que él usaba exactamente por eso, y se fue hacia el coche con la maleta y una mano levantada sin mirar atrás porque Horus también sabía que si miraba atrás el proceso se complicaba para los dos.
Madison se quedó en la entrada con los brazos todavía cruzados. Mateo se puso a su lado sin decir nada. Esperó.
—No me gusta cuando se va —dijo Madison finalmente, con esa voz más pequeña que la de siempre que solo aparecía cuando algo le importaba más de lo que iba a admitir fácilmente.
—Lo sé.
—Es como si el aire se fuera con él.
Mateo la miró de perfil. Esa frase. La simplicidad con que la dijo, sin dramatismo, solo como una observación verdadera sobre lo que sentía. Se preguntó desde cuándo su hija describía las cosas así, con esa precisión particular, y si siempre había sido así o si era algo que había ocurrido en el tiempo que él no había estado mirando.
—El fin de semana es tuyo —dijo Mateo—. Donde quieras ir. Lo que quieras hacer.
Madison giró la cabeza hacia él con una expresión evaluadora y que a veces lo desconcertaba porque era demasiado adulta para la cara que la contenía.
—¿Donde quiera?
—Dentro de lo razonable.
—¿Qué es razonable?
—Nada que requiera pasaporte o fianza.
Madison consideró esto con una seriedad que duró exactamente dos segundos antes de que la comisura de su boca cediera.
—De acuerdo —dijo.
Entraron a la casa y Madison subió las escaleras con esa energía de adolescente que podían pasar de la tristeza a la planeación en el tiempo que tardaba en subir un piso.
Mateo aprovechó para tomar el café, hoy tenía grabaciones por la noche, tenía la tarde libre, se sirvió café y se sentó en su sala, Pensó en Mila sin darse cuenta que lo estaba haciendo. En los últimos días donde los pasillos tenían a Mila pero de lejos, con esa distancia que no era de ella sino de algo que alguien había colocado entre los dos. La había visto tres veces en cuatro días y las tres veces iba con la libreta apretada contra el pecho y la lista del día en la cabeza y esa expresión de quien tiene demasiado que resolver para detenerse. Mateo estaba seguro que Maya estaba detrás de todo el trabajo extra que estaba haciendo Milá, no entiende bien la dinámica familiar de Mila pero lo que si miraba era que se aprovechaban de la buena voluntad de ella.
Escuchó a Madison bajar las escaleras dos horas después con el teléfono en la mano y con una energía renovada.
—Tengo el plan —dijo.
—Te escucho.
Madison se sentó a su lado.
—Quiero ir al mercado ese del que me contaste. El del puerto. —Una pausa—. Y quiero que venga Mila.
Mateo la miró.
—Me cae bien —dijo, como si eso fuera suficiente explicación, que en el vocabulario de Madison generalmente lo era—. Y estos días no la has visto casi nada. La he visto yo más que tú por los pasillos del set y eso no tiene ningún sentido.
—Madison.
—No te estoy preguntando si te gusta —dijo ella —. Te estoy diciendo que quiero que venga. Son cosas diferentes.
Mateo miró su café.
—Se lo pregunto —dijo.
Madison asintió con la satisfacción tranquila de quien no dudó del resultado.
—Bien —dijo, y recuperó el teléfono—. Y papá.
—¿Qué?
—El mercado tiene un puesto de plantas. Por si todavía no encontraste la que no se puede matar.
Le escribió a Mila esa noche, tarde,cuando las grabaciones terminaron.
Madison quiere que vengas al mercado del puerto el sábado. Yo también quiero que vengas. Pero si tienes planes o necesitas el día, lo entiendo.
Esperó.
La respuesta tardó más que de costumbre. Mateo imaginó a Mila con el teléfono, leyendo el mensaje dos veces con esa atención de cuando algo requería que lo procesara antes de responder. Imaginó la libreta cerca, aunque fuera tarde. Imaginó la habitación del departamento que compartía con Maya y el peso específico de ese espacio.
Luego llegó la respuesta.
¿A qué hora?
Mateo leyó eso y sintió algo soltarse en algún lugar del pecho que no supo nombrar con precisión pero que reconoció.
A las diez. Paso por ti si quieres.
La respuesta llegó casi de inmediato esta vez.
De acuerdo.
Y luego, después de un segundo:
Dile a Madison que sí.
Mateo ya no respondió, dejó el teléfono en la mesita, subió a la habitación de su hija le dio un beso de buenas noches y se fue a dormir.