Volver a Amar

CAPITULO 23

Mila estaba frente al espejo con el sexto vestido o el séptimo. Había perdido la cuenta en algún punto entre el azul que le apretaba mal en los hombros y el verde que era el color correcto pero la tela incorrecta y ese otro, el estampado, que sobre la percha parecía una buena idea y sobre su cuerpo había resultado en algo que prefería no analizar demasiado.

El problema no eran los vestidos.

Si no que se sentía mal con su propio cuerpo se la vivía comparando con su hermana adoptiva, Maya tenía belleza, cuerpo, los hombres estaban a sus pies y a ella rara vez la volteaban a ver, en el set solo Mateo la miraba. Se probó una vez más el vestidos estampado, Tiene algo de sobrepeso, su estatura no le ayuda mucho tampoco

La puerta de su habitación se abrió sin que nadie tocara.

Maya entró con el cabello recogido y el teléfono en la mano, no llevaba maquillaje, era hermosa, iba con un vestido que costaba el triple del vestido sencillo que tiene puesto Mila que lo compro en rebajas.

—¿A dónde vas?

—Voy a salir.

—¿A dónde?

—A ningún lugar en específico —dijo Mila—. Es mi día libre, Maya.

—No hay días libres cuando eres mi asistente —dijo. La voz completamente tranquila, que era siempre la versión más efectiva—. Siempre hay cosas que hacer.

Sacó una hoja doblada del bolso y se la extendió.

Mila la tomó.

La desdobló.

Era una lista escrita a mano con esa letra perfecta de Maya que hasta en los encargos cotidianos tenía algo de caligrafía. Veinte puntos. Mila los recorrió con la vista sin detenerse en ninguno porque su cerebro ya había hecho el cálculo automático de siempre, cuántas horas, qué orden, qué requería salir y qué podía hacerse desde el teléfono, y el resultado era que si empezaba ahora y no se detenía podía terminar para las seis de la tarde si todo salía bien.

Las diez de la mañana quedaban en otro universo.

Mila miró la lista.

Luego miró a Maya.

Y pensó en Mateo que en este momento estaría arrancando el coche. En Madison que habría desayunado ya y estaría con la energía para pasear. En el mercado del puerto con el ruido y la luz y las plantas imposibles de matar.

Dobló la lista.

Se la devolvió a Maya.

El silencio que siguió fue de los que ocupan espacio físico y Mila lo sostuvo sin llenarlo porque llenarlo habría sido la salida fácil y hoy no quería la salida fácil.

—Hoy no —dijo.

Maya no se movió. —¿Perdón?

—Que hoy no. —La voz de Mila salió más tranquila de lo que esperaba, con calma que a veces aparecía cuando algo había sido decidido antes de que las palabras llegaran—. Son mis horas libres, Maya. Las que están en el contrato. Las que existen aunque tú prefieras que no existan.

Maya la miró durante un momento que Mila no supo cuánto duró porque había dejado de contar.

—¿Desde cuándo tienes contrato? —dijo Maya.

—Desde el principio. —Mila tomó el bolso de la cama—. Siempre lo tuve. Los dos lo sabemos.

—Mila.

—La lista puede esperar hasta el lunes. —Se puso las sandalias sin sentarse, ese equilibrio incómodo sobre un pie que no era elegante pero era rápido—. O puedes hacerla tú. Tienes manos y brazos, Maya. Ya me lo dijeron una vez.

Eso último llegó antes de que pudiera retenerlo.

Y en cuanto lo dijo supo que era demasiado específico para ser accidental, que tenía una procedencia clara que Maya iba a identificar sin dificultad porque Maya identificaba todo sin dificultad cuando se trataba de rastrear de dónde venían las cosas.

La expresión de su hermana cambió.

Solo un grado. Solo lo suficiente.

—Qué interesante —dijo Maya, en voz baja—. Esa frase.

Mila no respondió.

—¿Vas con él?

—Voy a salir —dijo Mila—. Eso es todo lo que es.

—Mila.

Pero Mila ya estaba en la puerta con el bolso en el hombro y las sandalias puestas y esa sensación en el pecho de algo que se había sostenido durante demasiado tiempo desde adentro y que hoy, por razones que no había planeado del todo, había decidido sostenerse desde otro lugar.

Se detuvo en el umbral.

No se giró.

—Llámame si hay una emergencia real.

Mila caminó hacia el ascensor con el corazón en un sitio que no era exactamente su lugar habitual y los dedos levemente fríos a pesar del calor, y pensó que había hecho algo que no había planeado hacer y que sin embargo se sentía, de una forma que todavía no sabía nombrar del todo, como algo que llevaba mucho tiempo sin hacer.

Elegir.

El teléfono vibró.

Estoy abajo.

Mila miró la pantalla.

Y por primera vez en mucho tiempo sonrió en un sábado por la mañana sin que nadie se lo hubiera pedido.

Mateo estaba apoyado en el coche cuando Mila salió del edificio.

—Buenos días —dijo Mateo.

—Buenos días.

Abrió la puerta del copiloto, y Mila subió al coche y se acomodó y entonces lo vio.

El asiento trasero estaba vacío.

Miró hacia atrás una vez, como si Madison pudiera estar en algún lugar que había pasado por alto. Luego miró a Mateo que estaba rodeando el coche hacia el lado del conductor con las llaves en la mano.

—Madison no está —dijo Mila.

—No.

—¿Está bien?

—Perfectamente. —Arrancó el coche con calma —. Hoy son sus días.Empezó esta mañana.

—Entonces cancelamos

—. No hay ningún problema, puedes quedarte con ella, yo—

—Le dije que me quedaba.

Mila lo miró.

—Me dijo que no.

—. Me dijo que ya tenía sus planes, que eran películas y helado, y que la seguridad está en casa, y que si me quedaba iba a arruinar la vibra.

—¿La vibra?

—Sus palabras exactas. Con el énfasis y todo.

Mila miró al frente.

—¿Estará bien sola? —preguntó.

—Si, los guardaespaldas están a su disposición, estará más que bien.

—¿Y tú? —dijo.

—¿Yo qué?

—¿Estás bien con quedarte sin el plan que tenías?

—El plan sigue igual —dijo—. Solo somos dos en lugar de tres. Pero si quieres hacer algo más por mí no hay ningún problema.



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 29.06.2026

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