Volver a Amar

CAPITULO 24

—¿Puedo proponerte algo?

Lo miró de reojo con esa atención tranquila de siempre. —Claro.

—¿Y si en lugar del mercado vamos a la casa?

Mateo no respondió de inmediato. Mila continuó antes de que el silencio pudiera interpretarse mal.

—Madison está sola. Y sé que me dijiste que está bien y que tiene la seguridad y que es su elección. —Hizo una pausa—. Pero tú querías pasar el día con ella. Y ella cambió los planes esta mañana, que no es lo mismo que haber querido que cambiasen desde el principio.

—Podemos ir al mercado otro día —dijo Mila—. El puerto no va a ningún lado. Pero hoy es sábado y Madison está en su habitación con helado y películas y su padre está en un coche yendo en otra dirección.

El silencio que siguió no era incómodo.

—No quiero que sientas que tienes que—

—No me siento obligada —dijo Mila—. Me apetece. Que es diferente.

Mateo la miró.

Entonces puso el intermitente.

Buscó un lugar para girar.

—¿Sabes hacer palomitas? —preguntó, con esa calma de quien retoma una conversación que todavía no había empezado.

Mila lo miró. —¿Perdona?

—Palomitas. Madison tiene una opinión muy específica sobre la proporción de mantequilla y sal y yo nunca la consigo bien. —. Es un talento que o se tiene o no se tiene.

—Yo las hago bien —dijo Mila, despacio, procesando el giro de la conversación.

—¿Sí?

—Sí.

—Entonces —dijo Mateo, girando hacia la dirección contraria con naturalidad de quien ha tomado una decisión y no necesita elaborarla más— el plan sigue igual. Solo es en otro lugar.

conduciendo hacia la casa, hacia su hija y las películas y el helado y ese sábado que había empezado siendo una cosa y estaba convirtiéndose en otra completamente distinta, con esa naturalidad de los planes que mejoran cuando alguien decide cambiarlos.

conduzco hacia la casa, hacia su hija y las películas y el helado y ese sábado que había empezado siendo una cosa y estaba convirtiéndose en otra completamente distinta, con esa naturalidad de los planes que mejoran cuando alguien decide cambiarlos.

Los paparazzi los detectaron antes de que el coche llegara a la verja.

Eran los mismos de siempre, o parecidos, con esa rotación de caras que Mila había aprendido a reconocer en bloque aunque no individualmente. Cuatro, cinco, uno con un teleobjetivo que no necesitaba estar cerca para conseguir lo que buscaba. Se movieron hacia el coche con esa coreografía conocida, los objetivos ya levantados, buscando el ángulo antes de que hubiera algo que fotografiar.

Lo encontraron rápido.

Mila lo supo porque sintió el momento exacto en que los objetivos la encontraron a ella, ese instante particular donde algo cambia en la dirección de las cámaras y uno pasa de ser el fondo a ser el contenido.

Pensó en las fotos de esta tarde.

En los titulares de esta noche. Mateo Marcel llega a casa con un acompañante. O algo peor. La hermana de Maya Moretti conquistó a Mateo Marcel. La prensa quiere vender y ella será una presa fácil.

Y luego decidió, con una calma que la sorprendió un poco a ella misma, no hacer nada con ese pensamiento.

No inclinarse hacia la ventana opuesta. No buscar el bolso para cubrirse. No calcular el ángulo donde era menos visible.

Miró al frente.

Mateo avanzó el coche hacia la verja con la velocidad de siempre, levantó la mano hacia el guardián. Los flashes siguieron, la verja se cerró detrás de ellos.

—Esta tarde va a haber fotos —dijo.

—Sí —dijo Mateo. Sin drama. Solo confirmando lo que los dos sabían.

—¿Te importa?

Mateo la miró un segundo. —¿A ti?

Mila pensó en eso durante el tiempo que tardaron en recorrer el acceso hacia la casa.

—Esta mañana me importaba —dijo finalmente—. Ahora mismo, no.

Mateo asintió.

No agregó nada más y Mila no necesitó que lo hiciera.

La casa estaba en silencio cuando entraron.

Mateo dejó las llaves en el cuenco de la entrada, se quitó los zapatos, Milá hizo lo mismo

—¿Sube tú primero? —dijo—. No quiero que se lleve un susto.

—Madison no se lleva sustos —dijo Mateo—. Pero sí.

Subió.

Mila no lograba escuchar lo que decían, pero esperó pacientemente que bajaran, y lo hicieron tres minutos después. Madison apareció en la escalera con el pijama de algún personaje que Mila no reconoció, el cabello en un moño que había sobrevivido la mañana de milagro, y apretado contra el pecho un peluche. Era un conejo.

Viejo, de ese tipo de viejo que solo consiguen los objetos que han sido queridos durante mucho tiempo, con una oreja levemente más caída que la otra y el pelaje de un gris que probablemente había sido blanco hace suficientes años. Tenía algo cosido en una pata, un remiendo pequeño con hilo de un color que no era exactamente el mismo que el resto, el tipo de reparación que hace alguien que quiere que algo dure más que su deterioro natural.

—Viniste —dijo.

—Vine —dijo Mila.

—¿Cambiaste los planes por mí? —preguntó.

—Cambié los planes porque me apeteció —dijo—. Que no es lo mismo.

Madison procesó eso durante un segundo.

Luego miró el conejo que sostenía contra el pecho, como si acabara de recordar que estaba ahí, y en lugar de soltarlo o esconderlo lo acomodó con gesto pequeño y completamente natural de quien ha decidido hace mucho tiempo que algunas cosas no necesitan explicación.

—Se llama Gris —dijo, mirando a Mila —. Me lo regaló mi mamá cuando cumplí tres años. Ya sé que soy grande para tener un peluche.

—No eres grande para tener un peluche —dijo Mila.

Madison la miró.

—Mi madre tenía uno hasta los veintidós —continuó Mila—. Lo llamaba trabajo de campo. Decía que era investigación sobre el apego emocional.

La comisura de Madison cedió.

—Eso es mentira.

—Completamente —admitió Mila.

Y Madison soltó la risa que había estado sosteniendo desde que había aparecido en la escalera



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 29.06.2026

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